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“Discúlpame pero esto ha sido un poco de locos”, se excusa Zurita desde Barcelona por atrasar la hora de la entrevista. Lleva casi un mes en España haciendo frente a homenajes, entrevistas y encuentros de poesía. El jueves 5 de marzo, de toga y birrete, fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Alicante, donde además plantó una araucaria y pronunció un discurso muy reproducido a ambos lados del Atlántico (no así el discurso que hizo llegar la presidenta Bachelet, pues el embajador de Chile en España, nadie supo por qué, no estuvo ahí para leerlo).

Madrid, Valencia, Salamanca, fueron otros de sus destinos antes de viajar a EE.UU. y Canadá para encarar compromisos parecidos. De todas esas actividades, destaca las dos lecturas de poesía que pudo compartir con el viejo poeta español Antonio Gamoneda, al que admira sin reservas: “Para mí es el poeta vivo más importante de la lengua castellana. No, un poeta impresionante. Es premio Cervantes y como Parra, puede ser Nobel en cualquier momento. Las lecturas con él fueron tremendas”, asegura, aunque omitiendo un tremendo detalle. La primera de esas lecturas fue en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y desde la última fila, para pasar inadvertida, los escuchaba una trigueña de jeans, chaleco de cuello subido, anteojos oscuros y pelo tomado. La acompañaban dos guardaespaldas no menos discretos. “Alguien quiere saludarte”, le dijeron a Raúl Zurita cuando terminaron los aplausos. “Alguien” era Letizia Ortiz, la reina de España. El autor de Anteparaíso y académico de la Escuela de Literatura Creativa de la UDP no quiere aparecer presumiendo de reinas en su corte, pero ante la insistencia se suelta:

–Bueno, sí, eso ocurrió. Cuando me di cuenta que era ella no lo podía creer. Y no dejó de impresionarme, es cultísima, gran lectora y encantadora.

¿Es cierto que la propia Letizia le había sugerido a Gamoneda que organizara una lectura contigo?
No sé si tengamos que contar esas cosas, y mucho menos exagerarlas. A lo más creo que en una comida de protocolo hubo un diálogo casual, alguien escuchó y se hizo cargo de la idea.

Quieras o no, te han hecho pasar por ritos bastante consagratorios. ¿Algún temor de empezar a autojubilarte?
No. Estas ceremonias son cosas que empiezan a pasar en la tercera edad, pero la autojubilación no depende de esto. Yo todavía espero que el buen dios que no existe tenga la amabilidad de dejarme escribir un par de cosas hermosas, que valgan la pena, en eso se me va la vida. Toda mi vida ha sido esa apuesta por poner un par de mínimas cosas en el mundo, y así va a ser hasta el último momento. No puedo hacer otra cosa.

En general los poetas, a partir de cierta edad o etapa de madurez, hacen una poesía más tranquila, ya no necesitan jugarse el pellejo. ¿Te llegará ese día, o tu necesidad de ir hasta el fondo no tiene fin?
Yo diría que la necesidad me cuece el estómago, me aprieta las entrañas. Nunca he podido concebir mi vida desde una idea plácida, siempre es un vértigo. Mi vida humana concreta, particular, es una vida feliz y calma, he encontrado cosas que ya creía que no iba a encontrar, he encontrado el amor, la paz. Pero la vida me cuece por dentro, me estruja el corazón. Entonces necesito todavía decir un par de cosas… Lo que pasa es que yo he tenido muy pocas ideas en mi vida, he tenido dos o tres, y las he perseguido por años. Creo que primero retraté los momentos más oscuros de mi vida, que fueron también los más oscuros de la vida de Chile. Después hice proyectos luminosos, visuales, como escribir poemas en el cielo o en el desierto. Y creo que ahora me corresponde hacer los proyectos del atardecer, del crepúsculo, del fin. A mi edad la muerte ya es un dato, un hecho inminente. Entonces si yo he trabajado con mi vida, también debería trabajar con los retratos de mi muerte. Tengo que hacerlo. Hacer una obra que sea como el atardecer, y la noche. Una vida que finalmente… Es tan simple lo que te voy a decir, pero un día es toda la vida de un ser humano: sale, emerge de las tinieblas, ve un rato el mediodía, y de pronto anochece. Lo dice el poeta Salvatore Quasimodo: “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra suspendido en un rayo de sol: y de pronto anochece”, ed è subito sera. En eso estoy.

Concretamente, ¿qué estás planeando?
Estoy planeando proyectar 22 frases sobre los acantilados de la costa norte de Chile, entre Arica y Pisagua. Proyectarlas con luz, y de tal forma que puedan verse sólo cuando empiece el atardecer, con la luz del día no se van a ver. Llegarían a su máxima intensidad en la noche, sólo se verían las proyecciones de las frases recortándose contra el negro total, sólo quedarían esas frases y el ruido del mar. Y comenzarían a desvanecerse con el amanecer, hasta desaparecer por completo en la luz de la mañana, o en la neblina de la mañana. Me lo imagino como lo que verá un ser humano en su paso sobre la tierra. “Y llorarás”. Así termina, esa es la frase final.

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¿Prefieres pensar en tu poesía como esa luz que se apaga contigo, más que como el intento de haber creado algo que te sobreviva?
Mira, lo que me sobreviva… Onetti ahí lo dijo todo, dejó un libro póstumo que se llama Cuando ya no importe. No pienso en la posteridad, lo cual es lamentable porque el pensamiento en la posteridad produjo obras increíbles. “No todo yo moriré”, pensaba Horacio. Ese es un poema tremendo. “No todo yo moriré”, dice, después de haber creado una obra imperecedera. Pero éstos no son tiempos para la posteridad. La posteridad ya fue usada en el mundo y yo creo que los poemas quisieran algún día morir del todo. Morir de cuerpo y alma.

¿Por qué?
Porque el sueño final es que la vida misma sea una obra de arte. Es decir, la tarea no era escribir poemas ni pintar cuadros, sino hacer una obra de arte de la vida misma. Y esa tarea ha sido una derrota permanente. Entonces los poemas quisieran dejar de existir porque eso significaría que cada segundo de la existencia se ha transformado en un acto creativo. Ese ha sido mi norte, mi sueño. Escribir obras no para que perduren, sino para que un día desaparezcan porque finalmente hemos logrado dar un paso más: entender a la vida como la obra de arte de la cual somos deudores y que merece la pena ser construida.

En ese sentido, se suele hablar de tus poemas en el cielo o el desierto como un intento de liberar a la poesía de su supuesto encierro en los libros. ¿Hay algo de eso?
¡Para nada! O sea, yo leo un poema de Ungaretti, leo un poema de Maquieira, o de Parra, o de Gamoneda, que me tiene alucinado, y por supuesto que no está encerrada en los libros. Lo que pasa es que yo no le pongo límites a lo que quiero hacer, pero para mí estos poemas en el cielo o en los acantilados son tan ortodoxos como un soneto de Quevedo. La mala poesía sí está enclaustrada en los libros y qué bueno que lo esté, pero Walt Whitman rebalsa los libros. No, no, con esto no pretendo ni ampliar los límites de la poesía ni llegar a más gente. Simplemente es lo que necesito hacer. Lo que me parece bello.

Y para concretar esa belleza, ¿vas a necesitar ver la proyección de ese poema sobre los acantilados, o sólo saber que el poema estuvo ahí?
No es tan importante que yo lo vea. Incluso si no se hace, porque no es seguro todavía que pueda hacerse, no va a dejar de haber sido impresionante lo que me imaginaba.

DERROTADOS PERO INVENCIBLES
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Has dicho varias veces que sin el desgarro que significó el Golpe no hubieras escrito una línea, y que como el lenguaje estaba arrasado y manipulado por los militares, tuviste que usarlo desde ese arrasamiento. ¿Hoy las palabras están más libres o hay que seguir cargando ese peso?
Yo creo que hoy es más feroz todavía.

¿Por qué?
Porque es demasiado impresionante el predominio del lenguaje del lucro, del capital. “Metrogas, calor humano, calor natural”. ¡Ninguna palabra dice lo que dice! Ésa es la perversión del lenguaje, no esa idiotez de que los jóvenes estén hablando con menos palabras. La gran enfermedad, la agonía, es la victoria absoluta de la lengua del capital, de las campañas de marketing, de los grandes medios de comunicación. Entonces creo que es más necesario que nunca dar esa lucha. Seguramente se va a perder, como tantas otras, pero persistir en el poema, persistir en el arte, es la única esperanza de que algún día esto se revierta y volvamos a encontrarnos con los grandes significados, con las grandes pasiones, con los grandes amores. Yo he dicho, y perdona que hable en primera persona singular, que la poesía es la esperanza de lo que no tiene esperanza, es el amor de lo que carece de amor. O sea, es el amor a una apuesta, donde la posibilidad de ganar es una contra casi infinitas posibilidades en contra. Pero si te resignas, si eres funcional a ese lenguaje que lo está invadiendo todo, quizás nunca vuelva a existir esa posibilidad.

Hace ya un siglo los dadaístas pegaron el mismo grito: se murió el lenguaje, el uso mercantil y utilitario lo pervirtió. Pero durante los siguientes cien años hubo gran poesía. ¿Es tan inminente esa agonía, o es un presentimiento que se repite nomás?
Yo creo que es un presentimiento que se viene repitiendo al menos desde el Renacimiento. No sé quién dijo, pero filo, que somos los soldados derrotados de una causa invencible. Creo que esta lucha va a continuar librándose, repitiéndose, y a lo mejor lo humano no es sino dar esa lucha. La gran poesía del siglo XX, sobre todo de su primera mitad, no es una poesía para el siglo XX: puede ser para el siglo XXII, XXIII o XXIV, si esta especie continúa. Sin embargo, creo que la destrucción de la poesía ha sido una cosa feroz y no alcanzamos a dimensionar las consecuencias que eso ha tenido. Lo que leemos, por lo general, son ruinas: la ruina de la poesía francesa, de la española, las ruinas de la gran poesía italiana, y por lo mismo esos grandes poetas son figuras casi tan heroicas como fueron los clásicos. O sea, un Antonio Gamoneda es como Virgilio, es inmenso, precisamente porque estamos en la época del arrasamiento, de la poesía sustituida por el eslogan.

Cuando hablas de esa lucha que la poesía siempre está perdiendo pero cuya causa es invencible, ¿ves en los mismos términos la lucha política, con la utopía del comunismo derrotada en los hechos?
Yo creo que la utopía comunista fue sangrientamente vendida por los hechos, pero su horizonte, el que dice “de cada uno según sus capacidades, y a cada uno según sus necesidades”, es una fórmula sagrada. Y precisamente porque imponer ideas a la fuerza nos llevó a los horrores más grandes, creo que la libertad es el gran modelo, y ése es el modelo de la creación. En el nombre de la poesía tú no puedes castigar. El origen de la poesía es totalmente distinto al de las religiones. Las religiones monoteístas son obras dictadas por Dios, por lo tanto hablan desde la verdad y si alguien no está en la verdad, hay que castigarlo y borrarlo. Mientras que la poesía nace dictada por las musas, y las musas le dicen al poeta: “Hesíodo, nosotras podemos decir muchas mentiras con apariencias de verdad, y decir la verdad cuando nos plazca, así que tú anota lo que te vamos a dictar”, y el poeta nunca sabrá si lo que le están dictando las musas es verdad o mentira. Por eso tú no vas a poder castigar a nadie en nombre de la poesía y por eso la poesía es un gran modelo, es un gran maestro donde están las claves de una convivencia más generosa y más apasionante.

¿Podrías profundizar en esas claves?
Lo que pasa es que la poesía siempre ha tenido que dar cuenta, por un lado, de la inconcebible violencia humana, del daño que el hombre le hace a otros hombres, y al mismo tiempo es el gran registro de la compasión. Yo decía que para que nunca más dos jóvenes tuvieran que morir por causas de las que no eran responsables, se escribió Romeo y Julieta, pero permanentemente están muriendo jóvenes por conflictos que ellos no generaron. Entonces la poesía siempre está sobrepasada en su intento descomunal por preservar a los humanos de toda esa violencia, de todo ese daño, pero persiste en la apuesta por la fraternidad. Una fraternidad con todos: con el asesino, con el suicida, con lo que ha nacido, con lo que no ha nacido, con lo que nunca nacerá. Es una fraternidad con cada detalle del mundo y una compasión por cada dolor del mundo.

La figura del poeta que simboliza esa fraternidad en su propia voz está desprestigiada hace tiempo, pero tú nunca le has tenido miedo a la autorreferencia. ¿Sigues creyendo que un poeta puede representar esa voz de todos?
Es que para mí todos los seres humanos somos intérpretes, hablar es dejar hablar a los muertos. Al ocupar un idioma, una lengua, uno está ocupando los sonidos, las pausas, de todos los que han hablado antes. Se dice que Neruda tiene un tremendo ego cuando dice “Sube a nacer conmigo, hermano”, pero lo que hace Neruda, al convocar a los muertos para que hablen a través de él, es lo que hace todo ser humano sobre la tierra. Todos reinterpretamos la voz de los que dejaron de tener voz. Entonces es ser demasiado arrogante creer que uno habla por sí mismo. Uno habla suspendido en la sinfonía que nos han dejado las lenguas y las civilizaciones que nos han precedido. Cuando tú hablas, miras, oyes, los difuntos también están mirando y están oyendo.

¿Y te sigue impresionando la poesía nueva, o ya te quedaste con la de siempre?
No, me sigue impresionando y sigo leyendo, siempre emergen nuevas voces. Hay un poeta que se llama Eugenio Castillo y acaba de publicar su primer libro, Tachar donde dice Beatriz, es sobrecogedor, fuera de serie. Yo trato de estar atento porque un poeta de 26 años está viendo cosas que yo ya no voy a ver, está transmitiendo un mundo que ya no será el mío. Eso me despierta mucha curiosidad.

LA EDAD DE LA FURIA
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Se cumplieron 25 años de democracia en Chile. Pensando desde esa apuesta por la fraternidad de las que hablabas, ¿han sido buenos o malos tiempos?
Yo participé de los primeros años de la transición, pero salí muy decepcionado… de los políticos, pero también de la sociedad. Creo que la sociedad chilena que emergió de la dictadura es una sociedad profundamente insolidaria, egoísta, vulgar. En los últimos años, desde las movilizaciones estudiantiles, nuevamente empiezo a reconocerme en el país al que pertenezco. Pero todo ese período para mí fue un desencanto.

Si te dejaran escribir un poema o un graffiti gigante en la torre del Costanera Center, ¿qué pondrías ahí?
Apocalipsis Now.

¿De qué se habla en España? ¿Siguen igual de pesimistas?
Se habla de crisis, y en general siguen bastante pesimistas respecto a salir de su crisis. Aunque claro, de pronto estaba en Alicante, en una especie de schopería repleta de gente a las 12 y media de la noche, y pensaba “menos mal que están en crisis”. Pero creo que lo de España ha sido un dolorosísimo retorno a Latinoamérica, volver a sus viejas colonias después de haber optado por ser más europeos que los europeos. Me parece que ahora están pagando los costos de eso.

Y Latinoamérica, ¿da para estar más preocupado o más optimista?
Por supuesto que preocupado. ¿Cómo no le va a preocupar a uno México? La violencia, la arbitrariedad, la explotación, siguen siendo aberrantes. Pero son cosas que también están pasando en el resto del mundo. De pronto uno tiene la sensación de que no hemos salido nunca del período homérico. De que toda esta cosa de la Antigüedad, el Medioevo, la Edad Moderna, te las enseñan en el colegio, son divisiones históricas, pero nunca hemos salido del primer verso de La Ilíada: “Canta, oh diosa, la ira del pélida Aquiles”. La ira, la furia, parece que no hemos salido de esa furia. En este momento, en alguna parte del mundo están arrasando con un barrio. En este momento, en alguna parte del mundo hay cárceles clandestinas con personas a las que van a matar… Uff, es feroz, feroz. No hay un segundo en que no esté pasando algo así. Estamos pegados en los tiempos de la ira.

¿No te ronda la idea de que así nomás es la especie humana y no hay arreglo?
Sí, de pronto uno se pregunta si valen la pena estos movimientos ecologistas, de preservación, y si no sería mejor que esta humanidad simplemente desapareciera. Claro que uno lo piensa. Cuando ve cosas tan increíbles como que tiren a los homosexuales desde los edificios, cosas tan monstruosas como los niños triturados en los bombardeos a Gaza, o esos niños de Bagdad, de no más de siete años, que salían de entre las ruinas de sus casas con las manos en la nuca, uno se pregunta si la humanidad merece seguir existiendo, y la respuesta sería no, no lo merece. No siempre tengo otra respuesta a esa pregunta… Debemos persistir, no hay más esperanza. Persistir en la apuesta por un nuevo mundo, no tenemos otra opción.

Cuando hablas de persistir me acuerdo del “graffiti más hermoso del mundo”, que alguna vez dijiste haber encontrado en la calle.
Sí, en Sao Paulo. Voy pasando frente a una pared y veo una frase escrita hace tiempo, que ya casi ni se leía: “María, yo te amo”. Maria, eu te amo. Y un poco más arriba, con pintura nueva, reluciente, que brillaba, decía: “María, yo te sigo amando”.