La-brutal-historia-de-un-nigeriano-que-emigró-a-Italia-por-mar

C.K. es un joven nigeriano de 26 años, titulado en Ingeniería Mecánica en la Universidad de Lagos, Nigeria. Una vez terminados sus estudios, se fue a trabajar en una fábrica de la empresa Shell, en las afueras de su ciudad. Allí se politiza y se une al sindicato de la fábrica. Las condiciones de trabajo son monstruosas: trabajan desde las 07:00 hasta las 20:00 horas, con una pausa para almorzar de 15 minutos, un régimen de seguridad ridículo en el que mueren obreros casi todos los días y, por si fuera poco, viven vigilados por guardias armados. Me insistió mucho sobre estos guardias, casi todos de grupos de seguridad privados, no de la policía estatal, cosa normal en sitios industriales africanos. Son todos, decía, occidentales: sudafricanos la mayoría, pero allí había alemanes, gringos y hasta un par de italianos. Van vestidos de negro, llevan rifles automáticos y sus maltratos son diarios. El salario mensual de estos paramilitares roza los 6 mil dólares, mientras el de los obreros fluctúa entre 40 y 60 dólares. Hablamos de Nigeria, una nación rica en materias primas que vive hace años una situación de guerra civil, guerrillas y terrorismo endémicos.

C.K. trabajó para Shell dos años, dos años muy duros. Es en ese contexto que se une al sindicato (ilegal) de la fábrica, que dará inicio a una serie de manifestaciones y huelgas para pedir mejoras salariales y mayor seguridad para los trabajadores. El líder de esta protesta era el señor H.M. (tampoco me quiso dar el nombre), al que parece recordar con gran admiración. Los dirigentes de Shell se ven obligados a reunirse con el sindicato y el resultado es un éxito: la fábrica acepta las condiciones de los manifestantes, parece que la situación está resuelta. Al otro día H.M. no llega a trabajar. Al día siguiente tampoco. C.K. me relata cómo al pasar los días empieza a desaparecer más gente, y claro, son los mismos que lideraban las protestas. Se realiza una gran manifestación en favor de estos “desparecidos”, durante la cual los “mercs”, como C.K. llama a estos guardias de seguridad, disparan sin criterio hacia la gente matando a más de 20 personas. Entonces, con la mirada aún incrédula, C.K. me cuenta que una madrugada se le acerca uno de los guardias de la fábrica, un inglés, y le revela que sus colegas y amigos han sido ejecutados por los mismos guardias; le avisa además que los administradores tienen una lista con los nombres de los que manifestaron, y que su nombre está en la lista.

TRAVESÍA POR EL DESIERTO

C.K. decide huir de Nigeria, junto a su familia, que según él también corre peligro. Parten en autobús desde Lagos, en la costa sur de Nigeria, hacia Níger (que es un país distinto, de donde vino un árbitro de fútbol que nos desgració a todos los chilenos en un Mundial). Al llegar a la ciudad de Niamey, emprenden otro viaje, siempre en micro, hasta Mali. Desde ahí, en camello, hasta Libia, pasando por Argelia. Un viaje de unos 3800 kilómetros que tardó 6 meses en recorrer.

Me cuenta un poco del viaje. Hasta Argelia les fue bastante bien, tenían dinero y comida suficientes para él, su padre y sus dos hermanas. La madre había muerto dando a luz a su hermana menor. Cuando llegan a Argelia, la caravana con la que viaja es asaltada cuatro veces por saqueadores y militares. Me relata cómo cada vez que sufrían un ataque, siempre de noche, la gente que viajaba con ellos se iba muriendo. De las 200 personas que dejaron Mali y entraron a Argelia, llegaron a Libia menos de la mitad. Desafortunadamente, su padre y una de sus hermanas no sobrevivieron. Fueron asesinados por atracadores poco antes de cruzar a Libia. Una historia terrible, que me cuesta de verdad contar. Llegó a Libia, dice, definitivamente desamparado, pues una de las últimas noches en el desierto les tocó una tempestad de arena y en ella perdió a su otra hermana.

Llega solo a Sirte, un puerto al norte de Libia. Aún le quedaba algo de dinero que había conseguido esconder. Entre sus ahorros y los de su familia, le alcanzaba justo para los 2500 dólares que le exigían para embarcarlo en una barcaza rumbo a Italia. Le entrega todo al árabe que maneja el negocio y lo meten en un camping a las afueras de Sirte con otros cientos de personas, una especie de campo de prófugos sin baño ni luz eléctrica. Ahí lo tienen más de un mes. C.K. intenta hacer amistad con los demás migrantes. Se integra a un grupo de libios musulmanes con quienes emprenderá la última fase, y no la más fácil, de este viaje de terror.

Un día, mientras los hacen esperar en este campo, se le acerca un tipo, le pregunta de dónde es, si tiene familia, si es musulmán. C.K. le responde que se quedó solo durante el viaje, que es nigeriano y que es cristiano. Termina de decirme esto y me muestra dos heridas de bala, una en el codo y otra en el costado, que le dejó este sujeto al dispararle por ser cristiano. Le salvó la vida otro migrante (también musulmán), un egipcio estudiante de Medicina al que conoció solo con el nombre de Ibrahim.

VIAJANDO CON MUERTOS

Finalmente llega el día con baja marea en el que pueden embarcar. Me alarmo porque pone la misma cara que cuando me contó de la muerte de su familia. Los vienen a buscar en medio de la noche y los llevan a la playa. Ahí ven la barcaza y C.K me dice que estaba en tan malas condiciones que muchos no se querían subir. Los obligan a todos apuntándoles con armas automáticas. La estimación de C.K. es de por lo menos 200 compañeros de viaje, incluyendo muchas mujeres y niños. Todos a cargo de dos individuos, los criminales que organizan estos viajes, que van armados y se preocupan de mantener el orden durante la travesía.

C.K. me confiesa que fue muy afortunado porque lo ubicaron en la cubierta de la barcaza y no en el interior. Mientras navegaban, él podía escuchar los gritos bajo cubierta de la gente que se ahogaba por los humos del barco y la falta de oxígeno. Estaban encerrados con candado y uno de los tipos encargados del viaje estuvo siempre vigilando la puerta. El otro, el capitán de barco, estuvo todo el viaje tomando alcohol y fumando pitos. Les invito a buscar imágenes de cómo son estas embarcaciones para que se hagan una idea.

Cuando llegan a las aguas territoriales italianas, la marina toma el control de la barcaza y la escolta hasta Sicilia. Para cuando arriban al puerto, muchos de quienes iban bajo cubierta están muertos, numerosos niños entre ellos. Los dos tipos desaparecieron mezclándose entre los migrantes y C.K. no los volvió a ver. A él, por tener título universitario, le dieron el permiso de “soggiorno”, o sea de estadía. Pero de poco le ha servido. Ahora vive en un departamento cerca de la estación de trenes de Roma, Termini, con otras 14 personas en menos de 100 metros cuadrados, un baño para todos y controlados por una banda de criminales –de los cuales no quiere hablar– que les confiscan los documentos para marginarlos del sistema legal y así mantener absoluto control sobre ellos. Los obligan a trabajar vendiendo baratijas en la calle, las que uno se compra cuando viene a Roma de turista como gil. Además los obligan a pedir limosna, que se reparten entre los que manejan la organización. No les dejan tener trabajos regulares, me dice C.K., y le tiembla la voz. Él tiene una especialización universitaria y muchos de los migrantes que conoció en Roma, también la tienen. Podrían trabajar regularmente, pero viven amenazados.

Termina contándome algo que habría preferido no saber: “Me equivoqué en venir a Italia y de la manera en la que vine, porque aquí la gente también ha ido desapareciendo del departamento. Varios que conocí cuando llegué a Italia de un día para otro dejaron de volver a la casa. Yo siempre rezo que ojalá hayan escapado, y no otra cosa”.