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La vida de Josefina Valdés (72) es una rutina cuidadosamente pensada. De lunes a viernes, se levanta junto a su esposo Héctor (73), a las cinco de la mañana, para salir a trabajar a las seis. Se bañan, toman desayuno y echan a andar el motor del furgón escolar que manejan para subsistir. Cuando están listos, ella es la encargada del enorme manojo de llaves con el que cierra su casa. Salir no es fácil. Josefina vive enrejada y tiene que usar diez llaves antes de salir.

Lo primero que hace es revisar las protecciones de sus ventanas, para asegurarse que esté todo en orden. Después, empieza a cerrar. Todas las puertas de su casa prefiere dejarlas con llave, incluso la del baño. “Hay que dejarle menos opciones al que se entre, para que quede atrapado”, dice Josefina, asumiendo que su casa es en rigor una cárcel. Incluso el ventanal de su pieza que da a un pequeño taller de costura, tiene una reja corrediza de metal pesado que se cierra con candado. Por eso, cada vez que sale, se demora más de 10 minutos en asegurar su casa.

Hace más de 30 años que Josefina vive en la población Valle Nevado de San Bernardo, la misma que el 2013 se hizo famosa por ser una de las primeras poblaciones del país en protestar, incluso con barricadas, por mayor seguridad. Las estadísticas eran duras: solo en ese barrio habían más de 30 asaltos al mes. “Era una casa por día”, cuenta Josefina. Los vecinos se organizaron para cerrar los pasajes, pero los robos continuaron igual. La Municipalidad se lavó las manos y se declaró incompetente por falta de Carabineros. Desde entonces, muchos vecinos de la población empezaron a enrejarse.

Cada mañana, Josefina y su esposo salen de su casa preocupados. Añoran al San Bernardo de antes de los años 80, cuando tenían una pequeña reja de metro y medio, no había asaltos y se vivía una realidad muy distinta a la que Josefina estaba acostumbrada en Lo Espejo, su comuna de infancia. Hoy su casa está irreconocible. “Antes no pasaba nada, era hermoso. Hoy mi hogar es una caja donde me encierro”, afirma. En la Municipalidad le han advertido de los riesgos, pero no le importa. Siempre quiere un poco más de seguridad. “Yo sé que si hay un terremoto o un incendio me voy a morir acá adentro, pero con tal de proteger mis bienes, soy capaz de todo”, cuenta.

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El comienzo de la vida de enclaustramiento de Josefina Valdés partió en Lo Espejo, en los años 50. Ahí está la casa que heredó de su madre y donde por muchos años tuvo un almacén. Los asaltos y los disparos estaban a la orden del día. “A cada rato tenía que agacharme en el mesón de mi negocito para evitar las balas”, relata. De a poco el miedo se empezó a apoderar de ella, a pesar de que jamás le pasó nada, ni a ella ni a su familia.

Fue una de las primeras del pasaje 50 de la población Santa Adriana, en empezar a enrejar la casa. Partió subiendo la reja del antejardín, poniendo protecciones en todas las ventanas y cambiando las chapas por otras más seguras. Con el tiempo, subió los muros y puso rejas que chocaban con el techo, para no dejar ningún espacio tentador a posibles asaltantes. Una verdadera jaula. Casi toda su plata la gastaba en materiales de construcción y con el tiempo se hizo toda una experta en técnicas de seguridad para sus vecinos.

Cuando llegó a San Bernardo, pensó que no tendría que hacer lo mismo. Sin embargo, en la última década le han entrado a robar cuatro veces. La primera vez casi le desmantelan una pequeña librería que instaló a un costado de su casa. En las dos siguientes le entraron a robar mientras estaba trabajando, y la última, que ocurrió hace tres años, los ladrones, como monos, entraron por el techo del segundo piso y se llevaron todo a su paso: 500 mil pesos en ahorros, televisores, computadores y otras especies de valor. Los carabineros, en todos estos asaltos, brillaron por su ausencia. La posibilidad de recuperar sus cosas, como lo hizo Nicolás Massú con su auto, era esperar “que las vacas vuelen”, asegura Josefina.

Por las míseras pensiones que recibía con su esposo (menos de 120 mil pesos cada uno) y un repentino cáncer de su único hijo, se vieron obligados a volver a trabajar. Se consiguieron un crédito y compraron un furgón escolar. Los gastos médicos y mejorar la seguridad, se transformaron en sus principales inversiones.

La casa con los años se transformó en una caja sin ventanas. Josefina sacó de raíz la reja del antejardín e instaló grandes muros de concreto. Dividió su casa en dos (primer y segundo piso independientes) para mayor seguridad y enrejó todos los ventanales con puertas corredizas. Hoy su casa es una extraña isla en medio del barrio.
A pesar de que no lleva la cuenta, cree que ha invertido al menos cinco millones en seguridad. De hecho, ahora en vacaciones de invierno, intentó instalar un muro de concreto por encima de la pandereta que comparte con su vecino, pero no lo logró. El vecino se negó y la Municipalidad también. Más de 200 mil pesos en materiales se fueron a la basura.

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No hay momento en el día en que Josefina no ande pendiente de sus llaves. “Son mi obsesión, siempre ando con este manojo en el bolsillo. Mi familia me molesta porque las llaves suenan igual que un cascabel en un gato”, bromea Josefina. Recuerda que una vez las perdió y se quedó horas encerrada hasta que su marido volvió a su casa por la noche. “La memoria empieza fallar a esta edad”, explica.

Durante la semana, cuando llega de trabajar junto a su esposo Héctor, Josefina empieza su ritual: revisa toda la casa, chequea las protecciones y cierra las chapas. “Yo le tengo terror a los ladrones, más encima en las noticias solo muestran asaltos. Después no puedo dormir pensando cómo podría estar más segura, vamos a terminar todos con un botón de pánico”, vaticina. Sin embargo, ella no cree que la delincuencia esté en crisis. “Otros años ha sido mucho peor que este, como en los ochenta o tres años atrás”, recuerda.

A Josefina le da rabia que hoy se hable de delincuencia como un problema del sector oriente, cuando la periferia y las regiones han exigido menos impunidad desde hace décadas. “Acá siempre se ha vivido igual y nadie nunca ha hecho nada por nosotros. En Chile te cuidan dependiendo de dónde vives”, asegura.