Valparaíso

Los artistas Pablo Suazo y Javier Rodríguez hicieron un trabajo de arte en la galería Nekoé, ubicada en el cerro Placeres de Valpo, que daba cuenta de la performance comercial de un vendedor de completos en una casa rodante adaptada. El personaje es conocido como el compañero Yuri y su marketing se construye a partir de un imaginario canuto pedagogista de la Unidad Popular, con Allende a la cabeza. Hay un cartel de ofertas que ofrece una variedad “ideológica” de completos, entre los que están “el proletario”, “el guerrillero”, “el revolucionario”, etc., todo refrendado con el célebre “Venceremos”, que los artistas invierten por un sugerente “Perderemos” –el nombre de la obra– como una manera de patentar el fracaso de un proyecto político que sólo pervive en una patética estrategia de mercadotecnia.

Esta puesta en escena del compañero Yuri, en el eje bohemio de la ciudad, siempre la he sentido como una ironía perversa y algo maldita. Porque comerse un completo “revolucionario” después de un carrete rancio, escuchando el último discurso de Allende, puede parecer humillante para un upeliento genuino como yo y como otros. ¿Cómo funcionaría un delirio análogo que hiciera el correlato con el fracaso actual de nuestra democracia? ¿El comprador del completo se comería un “movimiento estudiantil”, una “educación gratuita”, una “participación ciudadana”? Nostalgias de lo fallido.

Pienso en el papapleto, esa versión degradada del completo que sólo lleva papas fritas, y trato de imaginar la carta del almuerzo-charla de Velasco que costó 20 millones. Pero si de comparar se trata, lo que sí tenemos claro es que la lucha contra la clase política se parece cada vez más a la lucha contra la dictadura. La huelga de los inversionistas se parece al paro de octubre del 72, incluido el chantaje empresarial ratificado por el eufemismo de “la desconfianza de los agentes económicos”. La represión, por su parte, es reemplazada por la función neutralizadora que cumple el Congreso y por la red de obstáculos que tejen los poderes fácticos en el aparato de gobierno y en los municipios.

Valparaíso como laboratorio de una ficción estropeada, así como cualquier localidad de este largor territorial, cuenta con una tipología de personajes específicos que interviene en los acontecimientos, tales como el “operador político”, el “realista sin renuncia”, el “delincuente de cuello y corbata” o “el mesiánico poseedor de la verdad”, y algunos otros por clasificar.
En esta novela hay varios narradores. El de mayor peso es “el puterío político”, entidad plural e institucional que quiere hacernos creer que la corrupción es un tema puntual, una desviación, y no la práctica generalizada que está en el centro del modelo de desarrollo. También hay algunas pequeñas asociatividades, incluida a la que uno pertenece (que pretende defender un borde costero de la especulación inmobiliaria), que luchan contra la dictadura que nos impone la empresa política ad usum, pero con todas las posibilidades de ser barridos por las maquinarías de control informativo y de inteligencia política.

Eso al menos dice la trama argumental. Lo más paradojal de esta narración es que el huevonaje de la cultura, en general, a pesar de su histeria protagonística, ya no lucha, no tiene causas a favor de la ciudadanía, nada de envergadura moral; los tienen a todos domesticados haciendo proyectos fondart. La estrategia artística emancipatoria también fracasó, a pesar del efecto crítico que producen estos artistas pendejos. Esa es una de las tesis del relato.