squella fr 2
“Reaccionaríamos de inmediato ante un chileno que obligue a un mapuche a dejarle su asiento en el transporte público, pero nadie preguntaría al afectado si, además del asiento que ocupa en el bus, tiene lo necesario para pasar el día”, escribe Agustín Squella en su libro Igualdad (Ediciones UV), donde intenta mostrar, con este y otros ejemplos, cuánto ha progresado el ser humano gracias a la palabra igualdad, y por qué es tan importante insistir en ella.

–Llevó su tiempo admitir que es irrelevante la etnia de una persona para considerarla tal, y llevará también el suyo reconocer que la dignidad humana está reñida con el hambre, la enfermedad, la falta de vivienda –explica ahora. Paciencia que le permite aceptar la “gradualidad” de las reformas, pero que se le empieza a agotar frente a quienes hablan de “caos” o “incertidumbre” para aprovecharse, literalmente, del pánico.

–¿Por qué creíste que valía la pena escribir un libro sobre la palabra igualdad?
–Porque los movimientos estudiantiles del 2011, felizmente, la repusieron en el discurso público, sustituyendo a equidad, una palabra mucho más blanda –democratacristiana, digo yo–, que había estado en el discurso de la Concertación durante décadas. Igualdad compromete más, pero también es más compleja, y quise colaborar a darle un contenido: en qué queremos ser iguales y en qué no. Pensando en que los lectores de este librito fueran los estudiantes que estaban levantando pancartas con esa palabra, escribiéndola en muros. Además “igualdad”, a diferencia de “libertad”, tiene mala prensa. Los “socialismos reales”, que no fueron otra cosa que dictaduras comunistas, le hicieron mucho daño. Pero el ideal igualitario se vuelve muy defendible si uno dimensiona todas las cosas importantes en las que, después de largos siglos, hemos llegado a ser iguales. Piensa tú que pedir el sufragio universal les pareció a muchos, y por mucho tiempo, algo así como una carta al Viejito Pascuero. En Chile las mujeres votan desde mediados del siglo XX.

–Apenas alguien reivindica la palabra “igualdad”, suenan las alarmas del centro a la derecha. ¿Qué le contestas al que dice “oye, no podemos ser iguales en todo”?
–Igualdad no se opone a diversidad ni a identidad, sino a desigualdad. No se trata de “la tiranía de la igualdad”, como tituló su libro Axel Kaiser. Los enemigos de la igualdad tratan de desprestigiarla volviéndola sinónimo de igualitarismo, que significa igualdad de todos en todo, como en la China de Mao: todos vestidos con la misma tela azul, todos comiendo arroz y aclamando al mismo líder. El discurso igualitario sólo propone que seamos iguales en aquello que es indispensable para llevar una vida digna. Esa igualdad no perjudica la libertad, la hace posible.

–La objeción más común a la igualdad es que al final siempre implica limitaciones a la libertad.
–Anda a decirle a una familia que vive en un campamento, y que por generaciones ha vivido en la pobreza, que no desespere porque la Constitución le asegura la libertad de conciencia, de reunión, de asociación, de emprender actividades económicas lícitas. Te mandará a buena parte. Si de verdad nos preocupa la libertad, nos debiera preocupar también que todos estén en reales condiciones de ejercerla. Leía una columna de Melnick en la que dice que los derechos sociales son expropiatorios, que expropian a las personas que tienen que pagar impuestos para que otros puedan acceder a la educación, a la salud, a la previsión… Bueno, me imagino que las personas que hoy piensan eso, lo mismo habrían pensado cuando se suprimió la esclavitud: que aquello era expropiar a los que poseían esclavos. O que eso iba a ser fatal para la economía, ¡cómo iba a funcionar la economía sin esclavos! Es la misma mentalidad conservadora que no aprende de sus propios errores.

–Otro argumento contra las políticas de la igualdad es que, en los hechos, operan nivelando hacia abajo.
–Raúl Zurita, con quien estuve en un foro reciente, dijo algo tan simple como esto: para saber cómo está realmente una sociedad no hay que pensar en los que están bien, sino en los que están mal, y en los que están muy mal. Asegurar educación, salud, vivienda, no es nivelar hacia abajo, es preocuparse de los que están abajo. Igualar hacia abajo sería decir “aquí nadie va a comer torta para que todos coman pan”. No estamos hablando de eso.

–El comunismo aplastó la libertad y el capitalismo no logra romper el círculo de la desigualdad, ¿qué nos queda, entonces?
–Nos queda, al menos por ahora, un capitalismo corregido, guiado por los criterios de un liberalismo igualitario y no por los de un libertarismo a lo Hayeck o Friedman, que sólo se muestra sensible al valor de la propiedad. Por eso es importante que “igualdad”, salvo para sectores conservadores que definitivamente no tienen remedio, deje de sonar como un término intimidante o expropiatorio.

–Para muchos, ese “capitalismo corregido” lo satisface la igualdad de oportunidades.
–No basta con la igualdad de oportunidades, con la igualdad en el punto de partida. Si vamos a comparar la vida con una carrera –que ya es empobrecerla–, no nos podemos olvidar de que algunos se fatigan durante la prueba, se lesionan o son víctimas de alguna zancadilla. Por lo demás, llama la atención que los que corren siempre en los primeros lugares son quienes diseñaron la pista.

HUELGAS CON COTILLÓN
squella fr
–Después de su auge en el 2011, el ideal de la igualdad está volviendo a perder la batalla.
–No. Yo no le pasaría al concepto de igualdad la cuenta que hay que pasarle a un gobierno que ha cometido muchos errores, a una oposición política que literalmente no existe y a una derecha económica que, actuando no siempre a plena luz, sino muchas veces en la oscuridad y de manera salvaje, no quiere absolutamente ningún cambio. Tampoco olvidemos que este año se suprimió el sistema binominal –curiosamente contra los votos de RN y la UDI–, que vulneraba groseramente la igualdad del voto. Y creo que también la reforma tributaria, con los errores que tiene y que habrá que corregir, ha introducido mayor igualdad: que quienes tienen mucho mayores ingresos, paguen más impuestos. Es un gobierno que ha tenido sus logros, pero que en otras materias, particularmente en educación, y ni qué decir en educación superior, cometió el error de no preparar bien las reformas. De manera que el ideal igualitario sigue en pie y hay que seguir defendiéndolo, y si podemos, colaborar a que en su nombre no se sigan cometiendo errores.

–La política de dar “a todos” acceso gratuito a la universidad, aun a costa de financiar con plata del Estado universidades de discutible nivel, ¿te parece una buena política igualitaria?
–De partida, no todos deben tener acceso a la universidad. El ingreso universal –y digo a la universidad, no a la educación superior, que también incluye centros de formación técnica e institutos profesionales–, es un disparate. Un completo disparate. Tan disparate como la gratuidad universal, incluidos los jóvenes de familias ricas. Que la educación sea un derecho no significa que no deba tener ningún costo económico para el que la recibe. ¿Qué derecho fundamental más básico que el de enterrar a nuestros muertos? ¿Y acaso el Estado financia a las funerarias?

–¿Concentrarías la plata del Estado en las universidades públicas, contra lo que reclaman los rectores de las privadas?
–Creo que el Estado debe hacer lo que hace en todos los países del mundo, que es dar un trato preferente a las universidades estatales. Y no digo “públicas” porque cuando el Estado anuncia recursos, todos se ponen en la fila para decir que son públicas. Pero a la hora de controlar ideológicamente la universidad, retirar excedentes o expulsar a profesores que no mantienen la línea de la Iglesia que es dueña de la universidad, entonces se declaran autónomas. Yo estoy por que el Estado le dé un trato no excluyente, pero sí preferente, a sus universidades. Sin por ello dejar de dar recursos a las universidades no estatales del Consejo de Rectores que ha apoyado siempre, e incluso a aquellas que, no estando en el Consejo de Rectores, cumplan ciertos requisitos: ser auténticas fundaciones sin fines de lucro, acreditarse por un número importante de años –y ojalá en investigación– y tener un gobierno universitario participativo. Vincular recursos públicos a esos requisitos las estimularía a cumplirlos.

–¿Cómo te explicas, más allá de los errores de conducción política, el rechazo ciudadano que hoy afecta a las reformas?
–El problema de esas reformas, para mí necesarias y para la mayoría del país creo que también, es que se las diseñó inicialmente mal o ni siquiera se las diseñó. Eso hizo muy difícil su gestión política y su comunicación a los ciudadanos. Espero que la lección esté aprendida por parte del gobierno. Pero espero también, en este caso sin mucha ilusión, que la derecha chilena entienda que el país no resiste tanta distancia entre el derroche de unos y la carencia de otros. Yo también creo en el esfuerzo individual, pero la vida no puede reducirse solo a experiencias personales de éxito o fracaso. Octavio Paz, para nada sospechoso de socialismo, sostuvo que la solidaridad era la gran ausente de las sociedades capitalistas contemporáneas y que nuestro deber era redescubrirla. No quiero aparecer como si estuviera predicando, pero creo que nos hemos vuelto un país más insolidario de lo que pudimos ser en otra época.

–¿Notas esa diferencia?
–Sí, la noto. Si tú propones un fondo solidario de salud, la mayoría de las personas que están en las isapres probablemente lo van a objetar. Sí, es un país menos solidario y hay que tener ese dato sobre la mesa antes de forzar las cosas. Pero la solidaridad se estimula también con instituciones solidarias. Quizás no a todo el país le parece bien que haya fondos solidarios de salud y previsión, pero hay que crear esos instrumentos, porque a través de las instituciones –si son de origen democrático, por supuesto– la solidaridad puede recuperarse dentro de ciertos márgenes. Pero la derecha chilena… Mira, Luis Larraín, a quien de verdad aprecio, publicó el sábado un artículo en El Mercurio que delata cuán de fondo es el rechazo de la derecha a los cambios cuando se sincera, como creo que él se sinceró. Dijo que la gradualidad de las reformas, esa que pide la misma derecha, es “veneno con cuentagotas”. ¿Qué está diciendo, en el fondo? “No queremos ninguna reforma tributaria, ninguna reforma laboral, ningún apoyo a la educación pública y no queremos nueva Constitución”. ¡Ese título es muy revelador! La derecha dice que la reforma tributaria estuvo mal hecha. Bueno, pero parece que el peor flanco de la reforma son los dos sistemas de tributación, ¡una concesión que el gobierno le hizo a la derecha! ¡Es que en esto hay mucha hipocresía, no mala memoria! Tampoco querrían ninguna reforma laboral para restablecer un cierto equilibrio entre los trabajadores y los empresarios, cuyas relaciones, desde el gobierno militar, han estado claramente desbalanceadas. Quieren seguir con estas huelgas ridículas, farandulescas, donde los empleados en huelga son reemplazados, entonces tienen que ponerse en la calle a tocar pitos, a ponerse cotillón, sombreros de Año Nuevo, serpentinas, ¡es grotesco! Entonces, honestamente, y ya tengo 71 años como para asegurarlo con cierta vehemencia, la derecha económica y política chilena ha sido siempre insolidaria. No le gusta la palabra solidaridad. ¿En qué punto la derecha no quiere saber nada con la DC, a la que corteja desde 1990 para poder llamarse centroderecha con propiedad? En la Doctrina Social de la Iglesia. Cuando habla un Papa sobre justicia social, incluido este y todos los anteriores que han sido venerados por los conservadores chilenos, los economistas de derecha se ríen. Se mofan, ni siquiera les discuten. Algo te dice eso sobre el “sector”, como les gusta llamarse a ellos.

–En todo caso, si uno compara las reformas del gobierno con lo que pasa en el resto de las democracias capitalistas, no hay mucho que se salga del marco. ¿Cómo se explica tanta alarma por parte de gente que no es tonta ni ignorante?
Yo creo que la derecha no está asustada. Ni la derecha política ni la económica. Finge estar asustada para asustar a la mayoría del país, y ha tenido éxito en eso. ¿Quién del gobierno ha hablado de refundar la república? Yo se lo escucho sólo a la oposición. ¿Quién ha hablado de revolución? Lo que más se ha dicho es “retroexcavadora”, una imagen muy poco feliz, pero ¿quiénes repiten la incansablemente? ¿El senador Quintana? No: la derecha y los sectores conservadores de la Nueva Mayoría (NM). No porque crean en ella, ¡qué retroexcavadora, si ya no vino ni va a venir! La siguen usando para asustar, para minimizar los cambios o demorarlos lo más posible. Es lo mismo que pasa, en los llamados temas valóricos, con los que yo denomino “conservadores estratégicos”. Ellos saben que la libertad de los individuos va ganando y seguirá ganando la partida, pero se atrincheran para postergar el mayor tiempo posible cada derrota. Chile aprueba una ley de divorcio recién en 2003, con campaña del terror incluida, aun cuando muchos derechistas, creo, estaban de acuerdo. Pero sabían que algún tiempo después se iba a discutir el matrimonio entre personas del mismo sexo. “Demoremos esto, así postergamos la discusión que viene después”. Lo mismo está pasando con la ley de aborto. Creo que muchos de ellos están de acuerdo con las tres causales, pero no, “porque después nos van a discutir el aborto libre o la eutanasia”. Eso es típico del pensamiento conservador de derecha. Temor más fingido que real, y eficientemente transmitido a través del discurso público de sus líderes políticos y de los medios de comunicación, que en una alta proporción tienen un pensamiento de derecha muy sensible a darle eco a esas ideas.

EL AUTOFLAGELO DE EYZAGUIRRE
–¿Leíste la entrevista a Eyzaguirre en El Mercurio?
–Sí.

–¿Qué te pareció?
–Comparto algunas apreciaciones, pero me declaro perplejo. Creo que una entrevista con esos juicios –cuya sinceridad no pongo en duda– acerca de un gobierno que él integra hace más de un año, debió haber sido seguida de su renuncia. Con el aprecio y aún la amistad que tengo con Nicolás Eyzaguirre, creo que después de eso lo único coherente era renunciar. Ahora, que el gobierno y la presidenta a través de su vocero hayan respaldado esas declaraciones, lo mismo que los presidentes de los partidos de la NM, incluido el senador Quintana y su retroexcavadora, es algo que me deja completamente perplejo… Este sí es que un triunfo de los autoflagelantes. La buena política se hace siempre con autocrítica, pero de ahí a autoinculparse de todo, omitiendo que la derecha –tanto política como económica– ha sido y continuará siendo un eficaz escudo contra cualquier cambio del sistema electoral, tributario, laboral y constitucional, hay un gran trecho. Nunca hay que dar azotes a los opositores, pero de ahí a empezar a dárselos uno mismo… Tengo que confesar que no entiendo nada, absolutamente nada, salvo que la política chilena, por lado y lado, se esté transformando en una película de los Tres Chiflados. Puede haber ingenuidad en mi postura por falta de información, porque no tengo redes en la política, pero no consigo entender nada. Desde luego no entiendo a la presidenta y tampoco entiendo una entrevista como la de Eyzaguirre. Lo único que entiendo es que la derecha lo aplauda.

–A lo mejor ese era el objetivo, para volver a respirar.
–Tengo mis dudas de que una entrevista como esa colabore a levantar el gobierno. Más bien creo que le extiende casi un certificado de pre defunción, y por lo visto todos lo interpretan así. Por eso, además de perplejo, estoy preocupado. ¿Quieren aislar por completo a la presidenta, ese es el objetivo? Bien. Pero si eso quieren, calculen los efectos que eso puede tener. No consigo entender el objetivo de dejar completamente abandonada a una presidenta de Chile en vez de esforzarse por colaborar con ella. Es ingenuo demandarle grandeza a la política, que tiene que ver con ganar y ejercer el poder, pero cuando hay una situación complicada en el país, como la hay, sobre todo la económica –cuyas causas son en mayor proporción exógenas, como dicen los economistas serios y las cifras económicas del resto del mundo–, yo echo de menos algo más de grandeza, por último a cuentagotas, para seguir con esa imagen. Siento que los actores políticos, casi sin excepción, dentro de la NM y fuera de ella hacia ambos lados, están viendo en esto una oportunidad para obtener algún beneficio, inmediato o futuro. Veo pocas actitudes de un cierto… un cierto patriotismo civil. Eso se ha debilitado muchísimo. Va a volver para el 18, en su versión militar, pero después de eso, ¿van a seguir todos haciendo cálculos?

–A río tan revuelto …
–Creo que se están sacando cuentas equivocadas con la impopularidad del gobierno. En ese 70% de rechazo, habrá un 35 o 40% de derecha, lo que siempre han tenido. Pero el resto viene de un desasosiego que está más a la izquierda de la propia NM. No nos olvidemos de que mucha gente está criticando al gobierno por lentitud, por exceso de gradualidad. Entonces la cosa es muy compleja, y creo que está muy difícil conjeturar nada sobre el futuro político electoral de Chile. Hay un padrón electoral que todavía no conocemos bien, donde muchos no fueron a votar por Bachelet pese a que estaba en su mejor momento. ¿Quién va a movilizar a ese padrón electoral incógnito en dos años más? La respuesta es obvia: el discurso más populista, sea de derecha o de izquierda. El que ofrezca a la gente aumentar sus ingresos y disminuir sus gastos, aunque sea terminando con la AFP de un día para otro, va a poder ganar. Estoy súper escéptico, pero es lo que pienso.

–Participaste en la Comisión Engel, cuyo presidente ha lamentado la suerte que están corriendo algunas de las propuestas que hicieron.
–Fueron más de 200 propuestas, hay que saber esperar y a la vez seguir controlando –ya no desde la Comisión– que las principales se concreten pronto y bien. Pero ha habido lentitud en ambas cámaras del Congreso sobre algunas que no requieren leyes, sino sólo decisiones sobre ética y buenas prácticas. Es lamentable que los partidos le estén sacando el cuerpo a la recomendación de reinscribir a sus militantes, a todos y no solo a unos cuantos. Saben que sus padrones de militantes están viciados, pero se resisten a reconocerlo. Eso quiere decir que se resisten a reconocer sus malas prácticas y a dejar de engañar con padrones inflados. O quizás temen que, al reinscribir, muchos militantes digan “¿sabe?, no quiero seguir militando en el partido?”. Yo diría lo siguiente: sin una reinscripción genuina de sus padrones electorales, los partidos políticos no deberían recibir ni un peso de dinero público. O dan ese paso, o no hay financiamiento público de la política. Y segundo, que establezcan una verdadera democracia interna para elegir sus directivas. Y ojalá, pero esto podría ser mucho pedirles, más doctrina que oportunismo. ¿Cuál es la doctrina de los partidos en Chile? Les pediría que le digan al país qué diablos piensan, cuál es el tipo de sociedad a la que aspiran, más allá de titulares como “sociedad más libre y menos desigual”. Pero claro, habría que darles tiempo para pensar.

LA NUEVA CONSTITUCIÓN
–¿Qué tendría que decir una nueva Constitución sobre la igualdad que no diga la actual?
–Tendría que expresar mejor la declaración y protección de los derechos sociales. Tendría que sacar al Estado de un rol meramente subsidiario. Tendría que tomarse más en serio el desarrollo de las regiones del país. Y tendría que reconocer la igualdad del voto al interior del Congreso Nacional, terminando con los absurdos quórums supramayoritarios que exige la aprobación de ciertas leyes.

–Con el rol subsidiario del Estado sí hay una pelea ideológica más grande.
–Es uno de los debates que va a ser polémico, porque la derecha se va a aferrar a la idea de un Estado subsidiario en la peor de sus versiones, que consiste, seamos claros, en que los buenos negocios lo hacen los privados y los malos negocios lo hace el Estado. Ese Estado subsidiario, consagrado en la Constitución del 80 con esa ideología tan dura, tiene que discutirse, y yo creo que eso se va a ganar.

–¿Por qué?
–Porque creo que la mayoría del país –no sé nuestros políticos– no quiere que el Estado sea un refugio al que se recurre cuando las cosas van mal y se lo mantiene lejos cuando van bien, cobrando pocos impuestos a los que tienen grandes ingresos o disponiendo de instrumentos de elusión para facilitar el abultamiento de las mayores fortunas del país, como ocurrió con el FUT. ¿Para qué quieren una nueva Constitución?, nos preguntan. Para discutir esas cosas. Cómo puede ser que el artículo primero de la Constitución declare valores superiores como la familia o la convivencia pacífica, pero el primero sea la seguridad nacional. ¿No compromete eso? Si el primer valor superior del ordenamiento jurídico chileno es la seguridad nacional, bueno, ¡eso explicará que no se derogue la Ley Reservada del Cobre, pues! Por supuesto que eso cambiará en una nueva Constitución, espero…

–¿Te importa mucho el método, o más el texto?
–No, me importa más el texto que resulte, y que vayamos pensando desde ya en cómo darle forma a una Constitución que, al revés de la del 80, no represente la ideología que una parte del país le impone a la otra. La nueva Constitución no puede ser una revancha contra la vieja, el espíritu no puede ser “ahora nos toca a nosotros”. Dejar esto muy claro, tal vez, aunque no tengo mucha esperanza, pueda tranquilizar a quienes se oponen al debate por temor. “Mire, no se trata de hacer lo mismo que ustedes hicieron, se trata de concordar un texto constitucional para que cualquiera pueda ejercer el poder democráticamente”. Si Chile no es capaz de concordar en eso, seguimos siendo una sociedad adolescente. Yo creo que se puede. No sé, un toque de optimismo…

UN BAÚL LLENO DE GENTE
–Después de “Igualdad” publicaste un libro muy distinto, “Lugares sagrados” (Lolita Editores), que es casi un canto al individualismo.
–Ese libro lo que quiere es compartir, con lectores eventualmente cómplices, mi gusto por los lugares cotidianos en los que nos sentimos bienvenidos, acogidos: bares, cafés, hipódromos, estadios, librerías, salas de cine y templos vacíos. Es una defensa de esos sitios. Y me gusta pasar de un libro a otro tan distinto porque nadie es de una sola pieza. Uno es varios. Como dice Tabucchi, hablando de Pessoa: “Somos un baúl lleno de gente”. Uno tiene que administrar a esos varios que es casi como se administra un Estado federal, con un poder central de muy dudosa legitimidad. De hecho, antes de “Igualdad” publiqué un libro tanto o más distinto, sobre la única institución en el mundo de la que me he hecho socio: Santiago Wanderers de Valparaíso.

IGUALDAD
Agustín Squella
Editorial UV, 2014, 60 páginas.