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“En Islandia quedó la cagá en 2008, el país reventó, y a raíz de eso hicieron una asamblea constituyente (AC) y eligieron el país que querían. Creo que es hora de dejar de cagarse de miedo”, lanza convencida la actriz Mariana Loyola (40).

Ella asegura que, pese a la crisis política, está optimista con la posibilidad de poner fin a la Constitución de Pinochet y con su contundente agenda artística:

Está en cartelera en el Teatro Mori de Bellavista con la obra Los Justos de Camus; parte a grabar a Argentina la serie Bichos Raros y espera, entre otras cosas, la gira internacional que debe realizar por Rara, la película basada en la historia de la jueza Karen Atala. “Le fue la raja en el Festival San Sebastián y eso me tiene muy feliz, porque es una historia linda, contada desde el punto de vista de las hijas de la jueza. Además con Ale Lagos, mi marido, tenemos una productora, Cuatro Cerebros y es súper bueno, porque llega un minuto en que uno quiere hacer cosas que le llenan. Mucha gente de mi edad del ambiente está produciendo cosas. Ya no estamos acotados a hacer teleseries”, relata.

Has dicho que Los Justos, que habla del crimen del Gran Duque Sergio en la revolución rusa tiene un correlato en el Chile actual, ¿a qué te refieres?
A Seba Layseca se le ocurrió remontar la obra. Él era parte del elenco inicial, después no pudo participar, y lo reemplazó José Antonio Raffo. Empezamos a pensar en remontarla a raíz de los 40 años del Golpe y de todas las verdades que se han conocido, por ejemplo, en el Caso Quemados y ahora la serie Guerrilleros en Chilevisión y al constatar que hay gente que aún se sorprende de que en Chile haya habido detenidos desaparecidos, por ejemplo. Entonces pensamos que si bien la obra se trata de un grupo revolucionario que busca matar al Gran Duque, el trasfondo es la lucha por la justicia, el amor al pueblo, el honor de la revolución y la pregunta de si el fin justifica los medios.

En momentos en que además se aborda más abiertamente lo que fue la resistencia a Pinochet en el país.
Claro, porque la lucha armada es una excusa para hablar de una batalla más bien existencial. La obra la hicimos hace 15 años, pero tiene mayor actualidad ahora. Más allá de la lucha armada, todos los que lucharon, desde sus trincheras, contra la dictadura de Pinochet adquieren hoy otra relevancia. Cuando yo era más chica y escuchaba a los militares o a los fachos hablar de quienes luchaban contra la dictadura quedaba la idea de que eran unos criminales, comeguaguas que nos iban a matar a todos. Cuando uno conoce la realidad, descubre que, tal como los personajes, eran superlativos, personas que no tenían derecho al amor, que no se podían emborrachar, que no tenían derecho a hueviar, que estaban en una causa por la que estaban dispuestos a dar la vida. Casi todos los que estamos en el elenco además somos papás, entonces, la vida adquiere un valor distinto.

Una lucha armada que implica disciplina y renuncias personales.
Sí, heavy. Nos pintaban a los revolucionarios como huevones hippies, marihuaneros, comeguaguas, y es lo contrario. No tienen derecho al hueveo, ni menos al amor. Son idealistas.

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Hoy esas luchas de dan, más que en la vía armada, en las movilizaciones sociales.
Siento que esta es una crisis que nos puede dejar en un súper buen pie. Yo trabajo por la Asamblea Constituyente y creo que lo que acaba de hacer la Presidenta es un buen indicio. Después de años estamos hablando de cambiar una Constitución súper corrupta. Creo que después de la revolución pingüina, Chile recién comenzó a cambiar, ellos se dieron cuenta de cómo este sistema neoliberal nos enajena, que es enfermizo y perverso. Ellos empezaron esa lucha y todos nos colgamos de eso. Es distinto de la obra, porque la lucha armada en democracia me parece fuera de lugar, pero creo 100% en la movilización social.

¿Y cómo dialogan esos movimientos con una clase política cuestionada por casos como Penta, SQM, Caval?
El tema es más de fondo: nunca debió ser confiable un Congreso elegido a través de un sistema binominal amparado en una Constitución corrupta. Hay gente que está ahí hace 20 años. Evidentemente estamos en un proceso, y recién vamos a ver los logros en 10 años más, cuando esto ya se limpie. Hoy nos estamos enterando de todas las verdades de la política, pero el chiste está mal contado desde hace muchos años. Estos son coletazos de la dictadura. A mí la gente a veces me dice, ¿pero hasta cuándo hablas de la dictadura? Puta, mala cueva: la dictadura ha hecho que este país esté como está. Era evidente que iba a quedar la cagá si seguíamos pagando universidades, AFPs e Isapres a estas siete familias que se quedaron con todos los negocios. Estas familias, el 1% dueño de todo Chile, avala este sistema que les beneficia, y van a hacer todo lo posible por no cambiarlo. Y no es sólo la derecha, hay ahí varios PS y DC que apuestan a que nada cambie.

La elite.
Sí, y me revienta cuando nos quieren hacer creer que somos tontos incapaces de discutir sobre la Constitución. Podemos definir el país que queremos para que el Congreso haga las leyes que queremos y de verdad me da rabia que la clase política nos trate como si fuéramos pencas.

Ignacio Walker, a propósito de la agenda de probidad, por ejemplo, le dijo hace poco a Eduardo Engel que no tenía idea de política.
Ese tipo de discursos es el que está fuera de lugar. La gente como él es la que no quiere cambiar Chile porque no quiere que la torta se reparta un poco mejor. Por eso la gente tiene que votar para cambiar esto, porque como la gente está tan desencantada de los políticos que hay también desidia. En Islandia quedó la cagá en 2008, el país reventó, y a raíz de eso hicieron una asamblea constituyente (AC) y eligieron el país que querían. Creo que es hora de dejar de cagarse de miedo.