SURF

Fue una histeria fugaz la mía con un surfista. Éramos los dos adolescentes, él tan libre, tan playero, tan pelo al viento, y yo tan ordinaria, temerosa del mar y de los insectos. Siempre hablaba él, no, miento, en realidad no hablaba, nunca hablábamos nada porque todo se trataba de mirarlo, mientras estaba en las olas o tocaba guitarra. Yo lo admiraba; él se amaba a través mío. Supongo que por eso se quedó un tiempo conmigo, porque nunca se trató de mí realmente.

Fue más o menos en el tiempo en que empecé a leer cuando se me ocurrió que la libertad era otra cosa que andar a pata pelá en la arena, y así comenzó el proceso de sospechar del surfista, de su barata y conveniente idea de felicidad. Pero todo proceso tiene su clímax en una epifanía, porque para que nuestras vidas parezcan grandes historias las estructuramos como películas. Y tuve mi momento de luz: el día en que el surfista me pide amablemente una felatio mientras él cantaba con un micrófono (porque obviamente el surfista también le lleva banda musical), todo frente a un espejo. Aunque le hice el favor igual, fue ahí cuando me prometí a mí misma estar atenta a las idealizaciones, para arrancar de mi tentación por la dulce estupidez de las verdades fáciles.

Dejé de avergonzarme de mi relación problemática con la naturaleza, de mi gusto por la ciudad y la televisión, y me alejé de todo hueón de verdades cósmicas y promesas de libertades pasadas a narcisismo. En los noventa no tomé ayahuasca, no hice deporte aventura, no tuve un hijo índigo, ni fui a Tunquén. En el nuevo milenio no ha sido fácil librarse del hipsterismo moral que a uno le da un estatus, pero sigo prefiriendo leer el diario que cerrar los ojos y decir Om, el paracetamol a la aromaterapia, la educación masiva a la élite Waldorf. No digo esto con algún orgullo especial por mi estilo de vida, sino justamente porque sospecho de los apóstoles del “estilo de vida”.

Las páginas sociales son el lado más burdo del lifestyle, y por algo provocan ese dejo de suspicacia parecido a la sospecha que recae sobre el musculoso de auto caro de que tiene pene chico. Pero aunque su momento de glamour haya pasado –sobre todo desde que se transparentó la cloaca de los poderosos– la exhibición del estilo de vida sigue siendo un caballito de batalla del ego. Es una espada en la “lucha por puro prestigio” (Hegel), esa que supedita los encuentros humanos a la disputa del reconocimiento por parte del otro para poder reconocerse a sí mismo; es decir, esa búsqueda de que mi deseo sea objeto de deseo de otro, reduciendo, por supuesto, el propio deseo de la contraparte.
El lado siniestro que a veces portan esas defensas férreas de una forma de vivir –que pueden tener un amable rostro zen, libertario y justiciero– es ese reflejo en el espejo de una autoafirmación maníaca, sostenida en la felatio moral de otro que se somete. Un ejemplo algo evidente es cuando aparecen esos famosos que se enriquecen publicitando marcas de retail y luego declaran, con un desprecio profundo al mainstream, que no vacunan a sus hijos, que los educan en sus casas o que los alimentan con una dieta especial revelada por su médico alternativo sólo a gente como ellos. ¿Qué tenemos que pensar? ¿Que algún curso exprés de sabiduría los convirtió en padres médicos/pedagogos/chamanes portadores de un conocimiento que cambiará a la humanidad? En una de esas, pero cuesta mucho verlo así. Parece más un acercamiento supersticioso al mundo, al servicio de un ego que quiere mostrarnos cuán especial es su esencia.

El debate sobre la alimentación, las vacunas, los fármacos y la administración de la vida es sin duda un deber de la civilidad. Pero requiere del coraje intelectual para generar ideas que tengan el valor de una construcción colectiva, sostenida en la racionalidad obligada del “para todos”. En cambio, nunca he escuchado a un antivacunas preocupado de que sus hijos “limpios” no tengan contacto con personas inmunodeprimidas a las que puedan perjudicar; o a los defensores de la leche de almendra marchando para que todo niño acceda a ella.
Cada uno puede inventar su propia playa mágica y soñar con reencontrar un paraíso perdido, más allá de toda neurosis. Pero siempre hay que ir al baño y encontrarse con los propios desechos, y claro, decidir qué hacer con ellos: ocultarlos en la arena aunque los vaya a pisar otro; aguantarse lo más posible para creer que uno es un sujeto aséptico; o hacer una alcantarilla con los vecinos y compartir la idea de que todos llevamos un poco de mierda.