LA-GOLONDRINA-de-la-felicidad

Confieso tener problemas con la felicidad. Graves problemas. Y no porque me sienta desdichado, sino porque siendo feliz no consigo vivir contento. ¿Quién que se examine bien todos los días y que haga otro tanto con la sociedad y el mundo en que le toca vivir podría vivir contento? Feliz, mas no contento, es también una manera de atenuar la jactancia de semejante afirmación.

Hecha esa aclaración, parto declarando mi acuerdo con el título del último libro de Eugenio Tironi –“La felicidad no es cosa de otro mundo”–, puesto que no se dispone de la más mínima evidencia de que vayamos a ser felices en otra vida. La felicidad es en esta vida o no es, si bien no pocos se consuelan de la infelicidad terrenal con una posible dicha ultraterrena, aquella que brindaría la gozosa y eterna visión de Dios. En mi caso, y para ser francos, me bastaría con algo igualmente imposible, aunque algo menos pretencioso: poder observar el Big Bang, la explosión originaria que dio origen al universo. Bueno, a nuestro universo, porque al parecer habría más de uno.
Claro que “La felicidad no es cosa de otro mundo” puede significar también que la felicidad es posible aquí y ahora, con lo cual no puedo estar más de acuerdo porque, si me apuran, bastaría con vivir para ser felices. “¡Qué más droga que estar vivos!”, suele exclamar Raúl Zurita con toda razón. Excluidos casos extremos de humillación y dolor, nos tendría que bastar con estar vivos para ser felices, salvo que diéramos a esta última condición un significado demasiado ampuloso.

Mis discrepancias con Tironi, sin embargo, comienzan con la posibilidad de acordar una idea común, universal, acerca de lo que es la felicidad y de cuáles son los caminos para conseguirla. Las desavenencias continúan con la posibilidad que él admite en orden a medir la felicidad y, por tanto, a gestionarla desde el ámbito público. Y se prolongan con su seducción ante las canastas básicas de felicidad, ante la pretensión de establecer un nuevo indicador –la Felicidad Interna Bruta de cada país– y ante el consiguiente establecimiento de rankings de felicidad de las naciones. Tan subjetiva es la felicidad que en mi canasta básica tendrían que incluir una buena jornada semanal en el hipódromo y que Santiago Wanderers de Valparaíso estuviera siempre en los primeros lugares de la tabla de posiciones.

Hay además otra cosa; ¿cómo fiarse de las encuestas que tan alegremente se hacen sobre la felicidad de las personas si se trata del tipo de encuestas en las que más se miente? ¿Quién va a declararse no feliz, esto es, infeliz, atendida la connotación abiertamente negativa que tiene esa última palabra? Reconocerse ante otro infeliz –sobre todo si se trata de un anónimo encuestador– es sentido por muchas personas como autoimponerse un baldón, una mancha, el reconocimiento de un fracaso. Cuando se pregunta por Dios pasa algo parecido. Aunque no crean, o crean en algo tan vago como una energía cósmica que todo lo explica, los ateos se guardan mucho de reconocerlo, tanto pública como privadamente, puesto que la falta de fe en Dios es percibida por muchos como una suerte de empobrecimiento espiritual y hasta como la carencia de una motivación para comportarse moralmente.

Otro aspecto negativo del actual discurso sobre la felicidad es que ha terminado por convencer a muchos políticos de que es para ella por lo que trabajan, en circunstancias de que apenas son capaces de proveer seguridad, y ni qué decir bienestar, a los pueblos que gobiernan. Si proveer seguridad y bienestar les resulta tan esquivo, ¿a qué echarse sobre los hombros el peso mayor de la felicidad de los gobernados? Nada sería más sano que nuestros futuros candidatos presidenciales suscribieran un pacto que sacara la palabra “felicidad” de sus discursos.
Es cierto lo que afirma Tironi: los libros consagrados a la felicidad se han multiplicado exponencialmente en el último tiempo, sobre todo si uno incluye a esos engañosos textos de autoayuda que prometen felicidad en siete pasos o con unos cuantos ejercicios matinales. La felicidad se ha transformado en una industria en la que medran autores, editores, psicólogos, economistas, sociólogos y publicistas. Tironi menciona incluso una “ciencia de la felicidad”. Una ciencia, según imagino, que no tardará en tener aplicaciones prácticas, dando así origen a una tecnología de la felicidad, es decir, a más manuales de autoayuda de aquellos que atiborran ya nuestras librerías. Pero si de ciencias se trata, es de las neurociencias de las cuales más se debería esperar en este sentido.

El libro de Eugenio Tironi, si bien en no pocos de sus pasajes arriesga caer en el discurso a la moda que banaliza el análisis de la felicidad, puede leerse como un atractivo recorrido por la idea de felicidad en la filosofía, en la religión o en la economía. Y me congratulo con el autor cuando muestra distancia con el modelo de Bután, la nación asiática que sustituyó hace ya tiempo el Producto Interno Bruto por la Felicidad Interna Bruta y que creó incluso un Ministerio de la Felicidad, no obstante lo cual se trata de un país en el que la población cristiana lo pasa mal, las mujeres siguen relegadas a la cocina y en el que por ingresar se cobra una visa de alto precio a los extranjeros que podrían contaminar la pureza de los lugareños.

¿Y cómo andamos por casa en materia de felicidad? Nada de mal, según los indicadores que maneja el autor de este libro, aunque habría que descontar algo por aquello de que las encuestas, siempre desconfiables, lo son mucho más cuando conciernen a la felicidad. Chile iría para arriba en materia de felicidad, sobre todo ahora que los países europeos van un poco a la baja. Así, mientras unos suben otros bajan, tal como en las tablas del fútbol profesional o el ascensor que conducía Cantinflas en una de sus mejores películas. En una de esas se crea un IPSA de la felicidad, es decir, un indicador diario acerca de cuán felices hemos estado durante el día, que vendría a sumarse en los telediarios nocturnos a las fluctuaciones del dólar y del precio de las bencinas.

Aristóteles afirmaba que la felicidad es como una golondrina que no hace verano, pero cada cual, junto con atrapar una que otra ocasional golondrina, continuará soñando con el día en que una completa bandada de ellas muestre que sí ha llegado el verano.