Valparaíso
Origen de la Noción
Cuando mi sobrino me recibió en Iquique, no hace mucho de eso, me preguntó: “¿Tío, está viviendo solo en Valpo?”. Su consulta tenía algo de picarona. Iba a decir que sí, pero recordé que hasta hace poco había estado viviendo en mi casa un amigo colaborador, cuya mujer lo había echado cagando de la casa. Por solidaridad elemental le había hecho un huequito. “Ah, está viviendo con un Echaurren”, reaccionó mi sobrino con perspicacia. El comentario, más que divertirme, me angustió un tanto. En Valpo hay una plaza Echaurren, plagada de dañados radicales que bien podrían caber en la categoría de Echáurrenes. Yo mismo viví en la calle Echaurren, en Llolleo, de la cual también me echaron cagando.

El apodo inventado era un chistecito lingüístico que se apoyaba en el parecido fónico de del verbo “echar” con el apellido respectivo, que me parece viene de un político linajudo de la época en que la oligarquía gobernaba sin contrapeso, y que cierto archivo perverso trae a la vida urbana en los nombres de calles y plazas.

La Instalación Conceptual del Término
Tomé algunos apuntes de viaje sobre el tema y dime cuenta que los Echaurren proliferan en la vida nacional. Más aún, todo chileno es potencialmente un Echaurren. Cuando a mi llegada le comenté el episodio a las Vickys, mis amigotas del café del ascensor Reina Victoria, estas, además de reírse, no dejaron de sentirse culpables porque el efecto Echaurren les era demasiado familiar. En la vida de cada una de ellas había más de uno. El apellido-apodo, entonces, se erigió en una herramienta analítica de nuestro entorno y en un tema obsesivo de nuestras conversaciones. Me preguntaban por todos los Echaurren del barrio, que no eran pocos, como si yo tuviera alguna responsabilidad al respecto, fuera de estar atento al fenómeno. Se referían, sobre todo, a los que se juntaban en bares y tugurios de Valpo, en cuyo interior solían habitar estos desposeídos.

Fue tanto el efecto epistemológico de la noción-apodo que estas malditas procedieron a clasificar sus distintas realizaciones. Cliente que pasaba era drásticamente clasificado. Uno de los síntomas que los delata, según ellas, es el andar mal vestidos. “Ese es un Echaurren endémico, la ropa mal lavada y sin planchar”, decían; “ese es un Echaurren potencial, está a punto que le den la patada en la raja, se le nota en la cara de fresco mal proveedor”, etc.

Escenario Político Cultural del Efecto
Un amigo homo que suele transitar por ahí me hacía una apreciación interesante. Me comentaba de lo locas que eran las minas al momento de elegir su objeto-sujeto del deseo; por experiencia, me contaba, si hay un mino rico, musculoso, winner, de esos que me gustan a mí, y, sobre la misma, aparece un chilenito desastrado, esmirriado, más encima medio depre, ¿a quién crees tú que eligen las huevonas? La respuesta era obvia, las minas recogían al minusválido, literalmente un recogido; es decir, siguiendo la línea del apodo-apellido, a un Recabarren, probablemente para convertirlo en un Mandiola, o sea, un chico de los mandados. El análisis más simple dice que adoptan a un huerfanito. Un Recabarren siempre está en la cuerda floja, porque en cualquier momento lo hacen vasco, ya sea Echavarría, Echazarreta o Echaurren. Puro linaje de la desposesión.

Todo Echaurren sabe que en toda casa chilena hay un rinconcito para un echado, ya sea una pieza de alojados o un sillón cama con el saco de dormir incluido. De hecho, cuando visito a mi sobrino en Santiago, que ya se vino del norte, pernocto, precisamente, en el cuarto de los Echaurren, bautizado así porque suele alojar echados cagando de su casa habitación.

Ya es momento de comenzar, aunque sea tibiamente, a hacer las primeras reivindicaciones públicas de estos discriminados; porque ya tienen ese estatuto, parecido al de otros colectivos históricamente secundarizados por los sistemas patriarcales, como son los niños, las mujeres y los homosexuales.