Cuando-la-vejez-no-alcanza-para-una-diversión-total-foto-alejandro-olicares

La música electrónica dificulta que las instrucciones de Osvaldo Flores (74) se escuchen entre los grupos de niños excitados por tocar a los personajes de cuento. Campanita, Peter Pan y Aladín avanzan saludando y haciendo coreografías sobre los carros del tren, de fondo se escucha repetidas veces: “¡Fantasilandia, la diversión total!”.

-No se crucen, cuidado con el tren- repite varias veces Osvaldo mientras se mueve pausadamente haciendo sonar el silbato.

El panorama es el mismo todos los fines de semana del mes, Osvaldo trabaja desde el 2013 como anfitrión junto a otros cinco ancianos, en un programa de integración laboral para el adulto mayor, que el parque de diversiones implementó hace seis años. Siempre, a las 15:30, deben escoltar la parade de “monos Disney” y luego volver a vigilar que nadie se haga el vivo en las filas, ni tampoco se pase de listo en los accesos.

Jubilado como director de un colegio, ahora desaparecido, en la comuna de Lo Espejo, a Osvaldo no le alcanza la pensión para cubrir todos los gastos mensuales. Siempre ha sido el único proveedor de la casa. Pero el panorama se complejizó cuando se enteró que al jubilar recibiría un tercio de su sueldo como profesor. “Con 250 lucas no me alcanza para pagar nada. Cuando me cambié a la AFP nadie me dijo que se me iba a reducir tanto la mensualidad”, dice.

Por eso, con más de siete décadas a cuestas, se vio en la necesidad de buscar trabajo dentro de una reducida gama de empleadores dispuestos a contratar personal calificado como adulto mayor. Y lo encontró en Fantasilandia.

Rodearse de juventud

Aburrido y endeudado, Osvaldo decidió buscar un trabajo en donde le ofrecieran seguridad salarial, un contrato y horarios definidos. Con esa idea en mente llegó a la feria laboral para el adulto mayor organizada por el Senama y el ministerio de Desarrollo Social en la Estación Mapocho.

-Yo creo que Fantasilandia es la mejor opción para usted, caballero. Porque lo va a mantener más activo, se va a llenar de juventud- lo animó la sicóloga de la feria.

Aunque dudaba de la paciencia que le quedaba para lidiar con grandes multitudes y la bulla propia de un parque de diversiones, se convenció y llenó el formulario. A las dos semanas ya era parte del staff de adultos mayores del parque. Fue así como Osvaldo pasó a formar parte del 27,6% de la población mayor de 60 años que trabaja después de jubilarse, según la encuesta Casen 2013.

Osvaldo se desempeñó durante 44 años como profesor. Oriundo de Salamanca, dejó las aulas de la cuarta región para instalarse en la capital. Nunca se imaginó que terminaría trabajando en un parque de diversiones. Lo más cercano que estuvo de eso fue cuando aceptó instalar unos autitos chocadores en el colegio donde era director.

Ser adulto mayor hoy, de acuerdo a lo revelado por La Tercera Encuesta Nacional de la Inclusión Social, es una experiencia dicotómica: las expectativas por mantenerse activo permanecen intactas, pero el temor a no poder lidiar económicamente con problemas de salud y seguridad, amenazan la tranquilidad psicológica de los recién jubilados.

Osvaldo en un comienzo pensaba en descansar, dormir un poco más en las mañanas, salir a caminar y cooperarle a su mujer con los quehaceres de la casa, pero pronto se dio cuenta que sus planes eran inviables. Con un ahorro de setenta millones, su jubilación ni siquiera sobrepasaba los 250 mil pesos. Además se hace cargo de su hijo mayor, enfermo por las secuelas de una meningitis, y aún paga la universidad de su hija menor. Del total de su pensión, cada mes, debe descontar 160 mil pesos que le cuesta la carrera.

Resignado a seguir trabajando, se unió al equipo de adultos mayores del parque de diversiones. Son cinco anfitriones de entre 63 y 77 años, encargados de mantener el orden en las filas, vigilar los accesos, entregar información a los visitantes y resolver los conflictos en las largas filas de espera antes de subir a un juego.

-Nadie quiere ir a vigilar la fila del Rapid River, porque siempre se agarran de las mechas ahí. Se saltan las rejas, quieren entrar con coches y no respetan las reglas. Pero nosotros hemos desarrollado harta paciencia y por suerte todavía nos respetan- cuenta Osvaldo.

El programa de inclusión laboral para adultos mayores ha funcionado con éxito en la empresa. Cada año se instalan en las ferias de empleos y reciben decenas de formularios de adultos mayores dispuestos a seguir trabajando después de jubilarse. “Fantasilandia se ha unido a la tendencia mundial de contratar personas mayores porque tienen un alto nivel de compromiso y entrega con la empresa. En Disney también es posible ver abuelos ayudando en la vigilancia, en la preparación de comida y siendo anfitriones”, explica el gerente del parque, Francisco Cabrera. El único criterio para ser seleccionado, asegura, es que tengan carisma y puedan moverse sin dificultades en el parque.

Los requisitos y las pruebas de la empresa no representaron dificultad para Osvaldo, su experiencia como profesor de educación general básica le entregó las competencias necesarias para desenvolverse entre la gente que visita el parque. “Hice clases de todas las materias, fui inspector, jefe técnico y director”, cuenta. Por eso su trabajo hoy no le parece tan distinto. “Es parecido porque tengo que andar dando instrucciones para que no salten las rejas en las filas y explicándole las cosas a los visitantes, igual que en un colegio con niños inquietos”, asegura.

La única diferencia es que como profesor ganaba 700 mil pesos. Hoy, si completa los cuatro fines de semana del mes, recibe 120 mil pesos. Menos de la mitad de la pensión que hoy le entrega el Estado.

No queda otra

Domingo 24 de julio. La gente se vuelca por primera vez a las calles exigiendo jubilaciones y vejez digna, luego que la prensa revelara que las pensiones de algunos funcionarios en gendarmería eran 25 veces más abultadas que las jubilaciones de un adulto mayor común. Mientras en más de 40 ciudades del país la gente salía a protestar, Osvaldo se preparaba para ir a trabajar, con su corta vientos azul y su gorro con el logo del Parque de Diversiones.

Desde hace más de cinco años que, asegura, duerme tan solo tres horas diarias. La incapacidad de descansar, agrega, se incrementó con la cardiopatía que le detectaron hace cuatro meses, luego de estar hospitalizado un mes después de tres días inconsciente.

Su nueva enfermedad le produce fatiga, dificultad para respirar y debilidad general, pero asegura que no es impedimento para que siga trabajando. En la empresa esperaron a que se recuperara y se incorporó después de la convalecencia. “Por suerte no quedé con secuelas, solo más lento. Ya no puedo hacer el mismo esfuerzo físico que antes. Pero acá hay sillas para que podamos vigilar sentados. No queda otra”, agrega.

Antes de la existencia de las AFP, Osvaldo era parte del sistema de pensiones de los empleados fiscales. Pero desde que Pinochet junto a José Piñera, entonces ministro del Trabajo y Previsión Social, promulgaran el 4 de noviembre de 1980, el Decreto de Ley 3.500 que daba origen al sistema de AFP, las llamadas de las administradoras de fondos de pensiones no dejaron de sonar en el teléfono de su casa.

Con diferentes artimañas buscaban convencerlo de trasladar sus ahorros del sistema antiguo de reparto por uno de capitalización individual administrado por entidades privadas. “Mucho más estable que el anterior, una inversión real para su vejez”, le comentó la ejecutiva.

Por dinero e insistencia trasladó los treinta millones de pesos ahorrados hasta ese momento. “Me acosaron varios meses seguidos hasta que caí. No pensé que iba a ser tan injusto a largo plazo. Siento que ese tal José Piñera me cagó”, reflexiona.

Desde el año 1986 que Osvaldo cotiza en el actual sistema. Asegura que no se hubiera cambiado de haber sabido que en veinte años ahorraría lo mismo que en los diez que estuvo en el sistema anterior, pero la situación económica entonces no era estable y desde la AFP le ofrecían un bono si se cambiaba.

A veces, admite, ir a trabajar todos los fines de semana se transforma en una prueba de voluntad. Desde su casa en la comuna de La Florida hasta Parque O’Higgins debe tomar metro y micro. Durante el trayecto imagina como sería su vida si no trabajara. “Probablemente estaría más tiempo con mi señora, pero no estoy hecho para quedarme en un sillón viendo tele. Me gusta mantenerme activo”, dice. Si no trabajara no podría pagar el subsidio de la casa que le compró a su hijo mayor, ni los remedios que necesita él y su mujer.

Estamos juntos en esto

Germán Gamboa (63), ha estado toda la tarde anotando en un cuaderno a los clientes que están de cumpleaños ese día y que pueden entrar gratis al parque. Por radio, Luis Acevedo (77), le avisa que ya van a salir “los monos” y que tiene que ir al sector del escenario. La música electrónica y el axé, impide que puedan conversar entre ellos, a lo lejos se hacen bromas con señas y gestos simulando ser las bailarines del carnaval de Río.

Los personajes de Disney, a la chilena, aparecen luciendo su mejor sonrisa. Con la ayuda de Luis, la princesa Bella se sube al carro, mientras le sujetan el vestido entre dos para que no se caiga.

Los abuelos que estaban vigilando las filas, abandonan sus puestos para ir a escoltar el desfile. La misión: evitar que el tren feliz arrolle a los niños que se cruzan. Por cuarenta minutos caminan junto a los carros por todo el parque, hasta volver al estacionamiento. Recién ahí pueden conversar un momento, se preguntan cómo ha estado el día y se redistribuyen los juegos que van a vigilar hasta la hora de cierre.

“Menos mal que estamos todos juntos en esto o sería muy aburrido venir a trabajar”, añade Acevedo. El grupo de adultos mayores cumple una jornada laboral de ocho horas, sábados y domingos, y en temporada alta pueden ser hasta nueve.

Están contratados de manera indefinida por la empresa y por cada día trabajado les pagan 15 mil pesos. Entre todos suman 320 años de edad y, aunque aseguran que tienen cuerda para rato, les gustaría trabajar por salud mental y no para subsistir. “Ya trabajamos mucho para eso, ¿cuándo vamos a disfrutar?”, se pregunta Luis.

De acuerdo a las cifras manejadas por la Superintendencia de Pensiones, el aumento en la esperanza de vida provocará la disminución en un 3% de la jubilación. Actualmente la población nacional se encuentra dentro de las más viejas de Latinoamérica, incluso la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), proyecta que las personas mayores de 60 años que hoy representan un 15,7% la población, para el 2050 alcanzarán un 32,9% y las expectativas de vida serán diez puntos superior al promedio mundial.

“No sabía que vivir tanto tiempo me iba a traer todos estos problemas. Si hubiera sabido le pongo más bencina al Mercedes y no me jubilo hasta los setenta, si al final es lo mismo”, comenta Osvaldo a sus compañeros. “Y eso que coticé 27 años seguidos sin lagunas y saqué 300 lucas no más, todavía no veo las 600”, agrega Germán, provocando una carcajada general en el grupo.

La situación no es la misma para todos los miembros del equipo. Dentro del staff hay excarabineros, exmilitares de la Fuerza Aérea y exfuncionarios de Investigaciones. Todos buscan mantenerse activos y complementar sus pensiones. Reconocen, sin embargo, que su situación es ventajosa en comparación con el resto de sus compañeros. “Nuestro sistema es diferente, nosotros nos vamos a retiro después de 30 años de ejercicio, trabajamos porque la plata no sobra, pero también porque nos gusta mantenernos activos”, señala Manuel Vidal (75), ex PDI.

Aunque a veces las jornadas se hagan largas y la bulla del parque nunca se apague, los adultos mayores se encuentran cómodos trabajando ahí. En realidad no tienen otra opción. “Agradecemos a la empresa porque son pocas las opciones que nosotros, los abuelos, tenemos para trabajar en algo digno”, añade Vidal. “Por ahora, mi mayor preocupación es seguir trabajando hasta que la salud me lo permita. Con los hijos la tarea ya está hecha, pero quiero asegurar a la vieja antes de partir”, afirma Osvaldo.

Todos los años, asisten más de mil adultos mayores a las ferias laborales del Senama, ahí esperan encontrar una opción que les permita, igual que al equipo de anfitriones de Fantasilandia, optar a un trabajo estable que complemente sus jubilaciones, que en promedio no superan los 350 mil pesos por persona, cuando el costo de la vida en Santiago por canasta única, según el INE, es de casi 700 mil pesos mensuales.