Arica
La bandera de Chile se abre y se repliega imponente sobre el morro de Arica, como desafiando al infinito que en este caso es el océano. Es una imagen sobrecogedora, con una carga patriótica que no requiere de mayor explicación. La bandera de Chile es un monumento en sí misma. Tal pareciera que va a despegar como un arma cargada de futuro, como decía de la poesía Gabriel Celaya, aquel olvidado poeta español.

Pero la bandera no sólo es un arma cargada de futuro, sino y quizás y sobre todo, un arma cargada de pasado.
Junto a mí, frente al Océano Pacífico de la costa ariqueña, que vio la bandera de Chile victoriosa flamear durante la guerra con Bolivia y Perú, está Elvira Hernández, la poeta que en la época de la dictadura pinochetista escribiera:

“A la Bandera de Chile la tiran por la ventana / la ponen para lágrimas en televisión / clavada en la parte más alta de un Empire Chilean / en el mástil centro del Estadio Nacional / pasa un orfeón pasa un escalón / dos tres cuatro / La Bandera de Chile sale a la cancha / en una cancha de fútbol se levanta la Bandera de Chile / la rodea un cordón policial / como a un estadio olímpico / (todo es estrictamente deportivo) / La Bandera de Chile vuela por los aires / echada a su suerte”.

Y claro, la Bandera de Chile es el contenedor emocional de muchas chiles, no sólo de una. Es un campo en disputa, un teatro de operaciones donde se libra la batalla por la historia, la palabra, la memoria. Esa es la Bandera de Chile que Elvira nos enseñó a ver, y viéndola, quizás, aprendimos también a ver la complejidad de la nuestra.
Llegamos a Arica, la trifrontera de Chile, Perú y Bolivia, invitados por el poeta Daniel Rojas Pachas, para el Tea Party, un festival de poesía transfronterizo que reclama las virtudes de la ex/centricidad, de las formas de hacer poesía, cultura y vida en las otras chiles que no son Santiago.

Por supuesto, a más de estas otras chiles territoriales, hay las chiles culturales que también buscan su lugar en la bandera: los mapuches, los rapa nui –su colonia de ultramar–, los diaguitas, los kawéskar y, por supuesto, su población aymara. No olvidemos sus inmigrantes. Y las minorías sexuales. Y los estudiantes. Los eternos excluidos de esa bandera, de todas las banderas.
Dijo Jorge Luis Borges que el exceso de banderas es uno de los problemas del mundo, porque después de una bandera siempre hay un soldado marchando, un arma, una bomba. Es cierto, las banderas son una forma de negación del otro envuelta en la ilusión de la inclusión. Pero un poema puede también ser una bandera. Qué si no la poesía nos enseña que los lenguajes nacionalistas petrifican el movimiento de la vida.

Aquí recuerdo la bandera de José Emilio Pacheco, su Alta Traición a México.
“No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, / bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / –y tres o cuatro ríos”.

Aquí recuerdo a Nicanor Parra que escribió lo que es Chile.

“Da risa ver a los campesinos de Santiago de Chile / con el ceño fruncido / ir y venir por las calles del centro / o por las calles de los alrededores / preocupados-lívidos-muertos de susto / por razones de orden político / por razones de orden sexual / por razones de orden religioso / dando por descontada la existencia / de la ciudad y de sus habitantes: / aunque está demostrado que los habitantes aún no han nacido / ni nacerán antes de sucumbir / y Santiago de Chile es un desierto. / Creemos ser país / y la verdad es que somos apenas paisaje”.

Aquí recuerdo a todos los amigos poetas que se dieron cita en Arica (donde conviven caóticamente tres patrias), para decirles que algunos bolivianos admiramos a sus poetas, no a sus ejércitos, a sus pueblos y no a sus gobernantes. Admiramos la imperfecta bandera de Elvira y creemos que esas son las banderas por las que vale la pena luchar y, alguna vez, llamarse hermanos.

*Escritor y poeta boliviano.