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Tras la última elección municipal, no es la legitimidad del sistema político la que quedó en duda, porque todo se hizo de acuerdo a la ley. Lo que corresponde cuestionar es su representatividad. Es poco lo que esta votación nos dice respecto de qué piensan los chilenos. Votaron 839.382 personas menos que en la elección anterior, donde a su vez votaron 1.180.085 individuos menos que en 2008, y así sucesivamente hasta llegar al plebiscito de 1988, en que sufragó la inmensa mayoría de quienes podían hacerlo. Entonces todos sabíamos que no daba lo mismo. Esta vez, las distintas ofertas planteadas por la totalidad del arco político existente, apenas convocaron a un tercio de los habitantes mayores de edad.
Al interior de la contienda partidista, el gran vencedor fue Sebastián Piñera. Su coalición consiguió más alcaldes y más población gobernada, y es cosa sabida que los municipios son harto útiles a la hora de coordinar campañas parlamentarias y presidenciales.
La derrota de la Nueva Mayoría acelera su descomposición. El gobierno, que desde hace rato carga con la impronta de ser torpe, descoordinado y poco certero en sus lecturas de la realidad, con este fracaso electoral recibe una pateadura en el suelo. De aquí al final de su mandato, el reto de Bachelet será la sobrevivencia, la administración modesta del statu quo y el control discreto de los conflictos que se le presenten más allá de su voluntad. No está en condiciones de forzar ni tensionar nada. Quedó atrás, desprovisto de gloria, su período heroico.
MEO permanecerá fuera en los potreros hasta nuevo aviso, Alejandro Guillier no generó ninguna noticia alentadora para sus ambiciones y Ricardo Lagos ganó y perdió. Su opción al interior de la Nueva Mayoría quedó fortalecida, aunque sería más preciso decir que son menos quienes lo amenazan, porque los incentivos para sacarlo de competencia se han ido diluyendo. Como abundan los que ven esta carrera perdida, no sería de extrañar que sus competidores internos, con despreciable generosidad, le despejen el camino. De ser así, correría con el apoyo desencantado de la estructura político profesional de la Nueva Mayoría, si acaso aún existe. Salvo que consiga dar un giro particularmente refrescante y novedoso, algo que todavía no se ve por ningún lado, su destino podría ser no muy distinto al de Eduardo Frei Ruiz-Tagle en la elección de 2009.
Pero lo cierto es que tanto Chile Vamos como la Nueva Mayoría disminuyeron su votación. Incluso el bloque ganador perdió representatividad. Como en los monasterios medievales donde hablaban en latín mientras afuera, gracias a su vulgarización, se desarrollaban las lenguas nacionales, también el mundo político se ha ido quedando aislado. Están hablando un idioma en extinción, una lengua afectada y crecientemente desprovista de sentido. Sus diferencias internas no son el reflejo de la comunidad que gobiernan. Lo que a ellos los desvela, al resto le da sueño. La obsesión demócrata cristiana por recuperar el centro no funciona en un planeta esférico. En esa iglesia insisten que la tierra es plana. Pocos socialistas podrían explicar de qué se trata su proyecto progresista, y los PPD… bueno, los PPD quieren “que los pongan donde haiga”. De derecha a izquierda ofertan cambio, pero hasta entregarían a sus madres para que no los cambien.
La única noticia refrescante se dio en Valparaíso. No es, como algunos quisieran creer, un triunfo de la izquierda obtusa frente a la madurez de las propuestas dialogantes, sino todo lo contrario: fue la comunidad organizada la que doblegó a las estrategias cupulares. Yo conozco la historia de ese triunfo. El ganador no fue Sharp ni el Movimiento Autonomista que lidera Boric, sino la iniciativa de un grupo de ciudadanos admirables autodenominados La Matriz que, enamorados del puerto en que viven, se aburrieron de verlo tratado como un botín de poderes que apenas tenían que ver con ellos. Al margen de los partidos, reunieron a emprendedores jóvenes, artistas, arquitectos, escritores, urbanistas, y generaron un programa común, y organizaron primarias para elegir al candidato que los representaría. Los acusaron de elitistas, y salieron a recorrer los cerros. Ahora será tarea de todos ellos conseguir que Sharp lo haga bien, que baje las revoluciones de su discurso mesiánico, que no se sienta mejor que sus predecesores antes de demostrarlo, que no desprecie la ayuda ni los consejos de nadie, y que entienda, ojalá ahora mismo, que su elección habrá sido un triunfo sólo si al final de su mandato Valparaíso está mejor que hoy. De lo contrario, tanto aire fresco, en lugar de orear la democracia, la habrá resfriado. ¡Una gran responsabilidad, compañero Sharp!