Hay más de 30 grados en la capital y sobre el tren que va desde Baquedano hasta Los Dominicos hay solo un vendedor de agua mineral. No se trata de una casualidad ni mucho menos un accidente: este horario le corresponde exclusivamente a Ricardo (36), quien se pasea entre los vagones con la ventaja de ser la única fuente de hidratación para los usuarios del Metro hasta la estación terminal.

La ausencia de competencia se explica por la aguda organización que mantienen los comerciantes ambulantes de la Línea 1, quienes se dividen horarios y trayectos a través de un grupo de Whatsapp integrado por una veintena de vendedores. Por allí acuerdan quién se moverá entre las estaciones y quién irá después, lo que se respeta sin excepción.

Por eso cuando termina un recorrido completo, Ricardo cruza el andén y baja las escaleras para ubicarse en una fila compuesta por otras personas que también cargan bolsos o carros con ruedas. A medida que llega el tren se suben de a uno y así mantienen lo acordado previamente por el chat.

“Es una forma de auto organizarnos”, dice Pablo (23), estudiante de mecánica en el Duoc de Maipú que empezó a vender agua mineral este verano. “Es penca que se suba otro hueón a vender al medio del vagón. No les decimos nada porque al final el compadre se está ganando monedas honestamente igual que uno, pero es mal visto y te puede cagar la venta igual”, complementa.

Lo que se pacta por Whatsapp es sagrado dice Carla (41), quien se sumó a la fila minutos más tarde. Afirma que así es la única forma para que funcione el negocio entre ellos mismos, sin peleas y “con las cosas claras”. Por el grupo, además, se avisan por cuáles estaciones vienen los guardias de Metro, dónde es mejor bajarse y qué tan rentable está la jornada.

De esta manera, la plataforma se ha convertido en el mejor aliado de los vendedores para rentabilizar su negocio y cuidarse la espalda, mediante un medio de comunicación rápido y, lo más importante, imposible de acceder para los guardias.

Este nivel de organización, sin embargo, solo se da entre Los Dominicos y San Pablo. Por eso Ricardo, Pablo y Carla trabajan ahí, “además de que se ganan más lucas por temas obvios”. Los tres coinciden en que en un buen día se venden cuarenta botellas. La mayoría trabaja entre las 10 de la mañana y las 8 de la tarde, durante seis días a la semana. Manteniendo las ventas altas, por lo tanto, pueden alcanzar $480.000 al mes.

“Hay que saber a quién venderle igual. Por ejemplo yo no les ofrezco a las viejas, ni las que se ven flaites ni a las que se ven cuicas. Las primeras no van a comprar porque la mayoría sale de su casa con una botella en la mano, de esas chicas que han usado todo el verano y aunque tengan agua muy tibia y gris ni cagando la sueltan. En cambio las otras nunca, pero nunca van a comprar algo en el Metro”, dice Carla mientras viene llegando el tren.

Antes de pararse afirma: “Con los hombres es distinto. Hay que ofrecerle a los ejecutivos que no se ven tan importante, porque ellos piensan igual que las viejas cuicas. Pero esos que andan con camisa apretada y zapatos puntiagudos, que se cacha que son medios arribistas, llegan cagados de sed cuando salen, tipo cinco y seis de la tarde. Ah, y a los pendejos no, ellos andan ahora con sus botellas de Gatorade o Powerade rellenas con agua y no pasa na”.

Tobalaba – Puente Alto

Dos Dentyne a 500, Trencito grande a 1000 y rimas de raperos. A diferencia de la Línea 1, aquí los vendedores de agua no se pasean con tanta soltura entre los pasajeros. Hay mayor cantidad de productos y ofertas. Audífonos a 2000 también.

Con un bolso Nike, Christian se pasea desde el 2015 vendiendo agua entre las estaciones Vicuña Mackenna y Las Mercedes. Dice que nunca hubo tanta demanda como en este verano. “Parece que el calor está más brígido que nunca. Yo no tengo idea po, si paso todo el día bajo tierra”, lanza riendo con los brazos cruzados.

Se pasean seis vendedores de agua mineral en este tren. Claro, dice Christian, aquí la cosa es mucho más al lote en comparación con la 1, eso lo sabemos casi todos. “Pero cuando uno entra a este negocio tiene que ser consistente y se respeta lo que hacen mis compañeros de allá, aunque la tengan más fácil”.

“También hay grupo de Whatsapp acá pero no funciona tanto, porque igual se sube gente en cualquier estación a vender. ¿Calienta? Sí, pero qué se la va hacer, si al final son colegas. Ahora, si cacho que el hueón es un aparecido lo bajo”, complementa.

Ni en Tobalaba ni en Plaza Puente Alto hay filas de vendedores. Es más, a medida que se aproximan las estaciones terminales hay menos comerciantes recorriendo el tren. “Eso es porque pal extremo sur es más pobre y no se vende tanto, entonces uno se baja para devolverse antes. Y pa Tobalaba la gente anda en otra, con cara de culo y no te van a comprar porque en la combinación con la 1 siempre está la cagá”, explica Christian antes de precisar que le convienen los trenes sin aire acondicionado.

“Caldeao, tibio y lleno. A veces es mejor que el tren venga así, porque aquí a las personas les cuesta más los quinientos pesos y no se convence con el primer vendedor que se le cruza. Como que lo miran y calculan qué tanta sed tienen y si están dispuestas a pagarlo. Entonces la mano es venir detrás de ese vendedor y cachar la cara de los que están dudando, si al final casi nadie se resiste a una mineral heladita”, detalla.

Lo que sí asemeja a ambas líneas, es la casi inexistente fiscalización que ejerce el personal de Metro respecto al comercio ambulante de agua mineral. Mientras Pablo explica que es mejor estar siempre alerta, Christian admite que es un tema que siempre concierne a los vendedores, pero que no alcanza a preocuparlos: “es muy raro que te pasen un parte. Lo que pasa es que los guardias están en los torniquetes casi todo el día, al tanto de lo que pasa ahí y no bajan. Y en los andenes están los de chaqueta, pero ellos ven todo lo que es no cruzar la línea amarilla y ese tipo de cosas, no pueden hacernos nada y tampoco lo harían”, finaliza.