Francia siempre fue y será la patria de mis afinidades electivas en la literatura, cine y glamour. Y, por cierto, su suerte política no me es ajena. No oculto mis simpatías por Marine Le Pen. No podría ser de otro modo: la Francia hegemónica en la cultura mundial está francamente asediada por el fundamentalismo y esa obsesión irritante de la socialdemocracia por los dictados de la Unión Europea. Francia ha perdido identidad. Malogró su fisonomía, su desplante, su señorío, su encanto ilustrado. El orgullo nacional se fue al tacho de la basura hace un buen rato.

Advertida de esta situación, Marine Le Pen y el Frente Nacional demandan un cambio sustantivo en la política francesa alicaída y deprimida. Se propugna cierre de las fronteras, frente a una inmigración galopante y expropiadora de los pocos recursos, se defiende la desregulación de las normas inhibidoras del quehacer empresarial, se plantea una oposición tajante al intervencionismo de la Unión Europea, se repudia la globalización indiscriminada. Le Pen propone una defensa a ultranza del patrimonio material e inmaterial de Francia.

En las elecciones a Le Pen le fue bastante bien en un electorado saturado de ofertas presidencialistas y cansado de tonteras y fórmulas gastadas. Pienso que a Le Pen debió irle mejor, fue superada por muy poco por Macron, un chanta pelotudo que querrá vender su estilo juvenil en la segunda vuelta y ya tiene el apoyo incondicional de las demás tendencias políticas. Con el traste a dos manos, todos están contra Madame Le Pen. Pero es difícil un triunfo del Frente Nacional en la segunda vuelta. El promedio del franchute es pusilánime, la propuesta partisana y libertaria de Le Pen incómoda al francés medio. La cuestión a saber y, si por esas cosas del terrorismo, los bárbaros les meten la torre Eiffel a los franceses, ya se sabe en qué parte, ¿cómo reaccionarían esos palurdos de la indiferencia?: No moverían un dedo por la patria, aceptarían las consecuencias con la acogida. Hay dos liderazgos para la segunda vuelta. Un señor harto fifí y una señora que transfigura en su ser místico el carisma del estadista de Gaulle. En general, los franceses no son valientes, son demasiados finos y sutiles, atrofiados y bestializados por una élite decadente del momento histérico, cosa de ver a Hollande, un socialista de pocas luces y turulato. Nos queda el consuelo: miles de jóvenes franceses y el proletariado del sur de Francia abrazan la causa de Le Pen, saben que obra en nombre del pueblo.