“Entre vivir la vida y contar la vida hay que ganarse la vida”, y esta oración de Ricardo Piglia, que también es un mantra y una máxima, es particularmente apta como resumen de los cuentos de “Retrovisor”, primer libro de Mónica Drouilly (1980), porque si una tensión recorre los distintos relatos es la que emerge del enfrentamiento entre profesión y vocación, o en términos más prosaicos, de la distinción entre lo que se hace por hábito, obligación o sentido de la responsabilidad y la actividad considerada como un acto de satisfacción estrictamente personal. Un autorretrato oblicuo del artista cachorro en el que se cuestiona la relación entre trabajo y dinero.

Así, en “Dolor exquisito” –un cuento que perfectamente podría haber firmado Vila-Matas- la narradora, siente el espolón del tedio y obra en consecuencia, buscando entre los libros de Sophie Calle un modelo de interpretación que le permita atisbar el destello de lo verdaderamente real, aunque solo consigue abrir un hueco irremediable. Sucede algo similar en “Domésticos”, el único cuento de la serie en el que Drouilly hace uso de ese artilugio algo en desuso llamado trama; un tipo hace suya una tragedia que la protagonista de esa tragedia no vive como tal, y así gana una determinación y un sentido del trabajo que desconocía. “Antónimos”, por otra parte, narra la relación entre un estudiante perpetuo de enormes ambiciones literarias que se estima maldito y una compañera que lo acoge en su casa y, al no lograr respetar su secreto –que también es el núcleo del cuento- lo tortura, revelando su impotencia como intérprete del texto y haciendo gala de una crueldad de baja intensidad que raya en lo cómico.

En “Retrovisor” el tiempo narrativo está fracturado. A todas luces se trata de un ejercicio de montaje que privilegia los intersticios por sobre cualquier linealidad. Se suceden viñetas breves, algunas brevísimas, que actúan como un foco que ilumina un episodio, una reflexión e incluso hasta una instrucción o explicación (hay desperdigadas a lo largo de los cuentos, sobre todo en “Croquis estival con brisa leve”, soluciones ensayísticas: “Un haikú es una forma breve de poesía japonesa…”). En el cuento que abre y da título al libro, por ejemplo, el narrador ominisciente recorta, interviene y ofrece detalles, muchos de ellos insignificantes, y toda la verosimilitud se esfuma. En un libro parejo, “Retrovisor” es el más flojo de los cuentos.

Drouilly privilegia la frase corta y directa, sin florituras. Cuando las frases se abren y alargan generalmente es para descolocar al lector. En “Torta de mil hojas”, por ejemplo, hay dos relatos distintos, el de la madre y el de la mujer, que convergen hacia el final; en el relato de la madre, que es en realidad el de la receta de la torta de mil hojas (con manjar), Drouilly le quita la correa a su estilo para transformarlo en uno levemente ominoso, conseguido a punta de instrucciones para preparar la famosa torta; el relato de la mujer es en cierta forma antitético con el de la madre, y gira en torno a un vestido blanco (ella se ve empujada a elegir entre ser una madre o “verse estupenda”).

Como es la costumbre (o quizás algo mucho más pesado, como la marca de la época) de la camada de narradores sub-40, la mirada en “Retrovisor” apunta a lo doméstico, lo privado, lo cotidiano, a lo en apariencia inofensivo. Se concentra, como ya se mencionó antes, en diseccionar o cuando menos escenificar, a veces con enorme sutileza, la tensión entre trabajo y actividad, vistos ambos como dos conceptos rivales, fundamentales en la construcción de una conciencia literaria.

Retrovisor
Mónica Drouilly
Libros de Mentira, 2017, 111 páginas