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25 de Marzo de 2022

Patricia Espinosa, crítica literaria: “Ningún escritor tiene privilegios conmigo”

La imagen muestra a la crítica literaria Patricia Espinosa|Crítica literaria

La más temida, la implacable, la insobornable, la insumisa. Muchos epítetos le han caído encima a la académica y crítica literaria, cuyas columnas en Las Últimas Noticias suelen levantar polvo y polémicas. En enero despedazó el último libro de Jorge Baradit y encendió las redes. “Fui el instrumento de una venganza contra la figura política y no contra el mal escritor que él es”, asegura en esta entrevista.

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No lleva la cuenta de los libros que ha leído en su vida. Ni siquiera sabe cuántos fueron este mes ni el anterior. Dirá que a pesar de haber estado siempre rodeada de ellos, nunca tuvo una relación romántica con los libros y que hasta hoy los raya con lápices y hasta plumones si éstos son lo que tiene más a mano. Rara vez se aparece en algún lanzamiento, dirá también. La mayoría de los títulos que lee son en formato digital y cree que allí están los lectores del futuro.

Con mayor seguridad, revelará que no ha tenido y que no tiene amigos escritores. Ha conocido a varios e incluso fueron alumnos suyos, como Alejandro Zambra y Álvaro Bisama, pero no pasaron de ser sólo conocidos. Con cierto desdén, dirá además que nunca le ha interesado recibir libros con dedicatorias y que jamás ha sido la groupie de ningún autor. Si hay algo que Patricia Espinosa ha aprendido en casi 30 años ejerciendo la crítica literaria, es a mantener la distancia que su trabajo y oficio le exigen.

Con cierto desdén, dirá además que nunca le ha interesado recibir libros con dedicatorias y que jamás ha sido la groupie de ningún autor. Si hay algo que Patricia Espinosa ha aprendido en casi 30 años ejerciendo la crítica literaria, es a mantener la distancia que su trabajo y oficio le exigen.

Para la licenciada en Letras, doctora en Literatura y académica del Instituto de Estética UC, los escritores no son amigos, son escritores. Y tenerlo así de claro le permite escribir sin concesiones. Nunca le tiembla la mano ni se siente responsable de pasar a llevar las susceptibilidades de nadie. En sus críticas, dejará en claro, no hay asuntos personales sino estrictamente literarios, aunque esto último suele confundirse y dar pie a malinterpretaciones e insólitos sucesos.

Su habitual columna de los viernes en Las Últimas Noticias suele levantar polvo y polémicas de todo tipo. Sobran ejemplos: “de un ludismo básico y repleto de lugares comunes”, escribió Patricia Espinosa sobre Facsímil, del propio Zambra; o “no le teme a la cursilería ni al espolvorear sensiblería”, dijo también de Jardín, de Pablo Simonetti, y consideró que No ficción era la “peor obra” de Alberto Fuguet.

En entrevistas y notas que le han hecho en la prensa suelen referirse a ella como la implacable, la insobornable, la insumisa. La reacción a esta última crítica, sin embargo, transgredió todo límite para ella cuando en noviembre de 2015 el diario La Segunda publicó un artículo titulado “¿Sigue siendo Patricia Espinosa la crítica literaria más temida de Chile?” La nota incluía cuñas de escritores y editores sobre la académica. “No fue ni será importante”, dijo Carla Guelfenbein. “Es bastante previsible”, comentó Matías Rivas, de Ediciones UDP, y más ofensivas fueron las palabras de Rafael Gumucio: “Es como Supertaldo”.

Aunque reconoce estar curada de espanto, Patricia Espinosa recuerda hoy el episodio como particularmente desagradable: “Fue un ejemplo mayúsculo de periodismo basura, una nota inventada de la nada”, dice Espinosa a The Clinic.

“El periodismo no es inocuo políticamente, y ahí hubo una intención política de destruir, de aportillar y ningunear mi trabajo. No era la primera vez que pasaba por una experiencia similar, pero en un medio de circulación nacional lo consideré un exceso. Inventaron que yo pertenecía a grupos, que conocía a cierta gente de Twitter que nunca conocí y que era temida, ¿qué es eso de temida? (…) A mí nadie me ofreció una carta de respuesta y tampoco me interesaba mendigar esa opción”, explica. “En la prensa y el mundo literario a veces me han tratado como a una figura de la farándula; eso es misoginia pura y dura, sin duda, además de clasismo (…) Algunos se olvidaron de que la crítica no pretende entregar verdades sobre un texto o lo que sea que se esté analizando, sino miradas. Y hoy lo que más necesitamos son más y nuevas miradas. En ese sentido, no se puede acallar la crítica, la necesitamos más que nunca”.

“En la prensa y el mundo literario a veces me han tratado como a una figura de la farándula; eso es misoginia pura y dura, sin duda, además de clasismo”.

A fines de enero pasado, Patricia Espinosa publicó una encendida crítica de La Virgen de la Patagonia, el más reciente libro del escritor y actual constituyente Jorge Baradit. Una “novela mediocre”, escribió la académica. “Este es un libro sin norte, desorganizado, perdido en el exceso: una novela con personajes estereotipados, faltos de profundidad y un punto de vista de narrativo paternalista y romanticoide”, decía también el texto, donde además subrayó que todas las mujeres de la novela eran descritas como “autoritarias, displicentes y expertas en instrumentalizar a los hombres”. Su crítica se viralizó rápidamente en las redes y desató una polémica en la que Espinosa se vio nuevamente involucrada.

“Yo no conozco a Jorge Baradit personalmente, lo conozco sólo a través de sus libros. Muchos pensaron que la crítica era personal, cuando siempre es precisamente sobre los libros, ¡y un pésimo libro en este caso! Puede que Baradit tenga ciertos grupúsculos de fanáticos que les interese su escritura, pero yo he leído todos sus libros y, como decía en la crítica, hay una reiteración y un agotamiento de un proyecto literario”, reafirma.

Crítica literaria
La crítica literaria Patricia Espinosa

-¿Cómo viviste la polémica en lo personal, te afectó en algún sentido?

-En lo personal, fue una crítica más, como las que hago todas las semanas. Siempre es un autor y un libro distinto, y en este caso no le dediqué ni más tiempo a la lectura ni más tiempo a la escritura de lo que le pude dedicar a un nuevo narrador o narradora con su primer libro. Ningún escritor tiene privilegios conmigo en ese sentido, tampoco creo en las vacas sagradas. Yo entiendo que Baradit tenga además una historia mediática que a mucha gente le llama la atención. Ha tenido también sus cuestionamientos por Twitter por antiguos mensajes de violencia de género hacia las mujeres, y bueno, creo que eso provocó esta especie de exultación en su contra y que yo fui el instrumento de una venganza contra la figura política de Baradit, no contra el mal escritor que él es.

“Yo estoy sumamente lejos de esas vendettas personales. Sería otro género, una crítica cultural hacia su figura y lo que representa, pero no era el caso. Yo me limito a ese libro en particular y lo que menos hubo aquí fue interés por mi crítica literaria sino por el autor al que critiqué, y eso es lo más lamentable. No hay nada más inflado que el ego de un mal escritor”.

“Yo entiendo que Baradit tenga además una historia mediática que a mucha gente le llama la atención. Ha tenido también sus cuestionamientos por Twitter por antiguos mensajes de violencia de género hacia las mujeres, y bueno, creo que eso provocó esta especie de exultación en su contra y que yo fui el instrumento de una venganza contra la figura política de Baradit, no contra el mal escritor que él es”.

“Soy súper poco fetichista con los libros”

Es un jueves por la tarde y Patricia Espinosa está frente a la pantalla de su computador. Cuenta que acaba de volver de sus vacaciones. Detrás suyo se alcanza a asomar algo de su departamento en el octavo piso de un edificio en el sector oriente de Santiago, que con los años se fue convirtiendo en algo parecido a la bodega de una librería o al depósito de una biblioteca. Cuesta imaginarla en un hábitat distinto y en el que no haya más que libros a su alrededor. Algunos permanecen ordenados y dispuestos cuidadosamente en libreros, y una cantidad aún mayor de volúmenes apilados unos sobre otros en todos los rincones de su casa.

“Cuando llegué a vivir acá, no teníamos nada, sólo los libros y los computadores. Me los traje envueltos en una frazada que hubo que levantar entre dos o tres personas. Eran la prioridad siempre cuando nos cambiamos de casa, y durante mucho tiempo no tuvimos muebles ni nada donde tenerlos. Después del terremoto del 2010 se vinieron todos guarda abajo y estuvimos como seis meses con los libros en el suelo. Y hoy están por aquí, dispersos en todas partes. Hay libros en el living, en el dormitorio, aquí en el escritorio. Hay tantos, no sé cuántos, que a veces trato de organizarlos pero no me resulta. Alguna vez intenté ordenarlos por género, pero imagínate lo que sería eso. No me dio. A estos se suman además todos los libros que tengo en mi oficina de la universidad y otros que están en la bodega. Así y todo, en mi cabeza hay orden entre todo este caos”, cuenta.

-Te tocó crecer en Colombia, ¿había libros chilenos en tu casa?

-Mi padre se fue solo para allá después del golpe militar, y luego de un par de años nos fuimos el resto de la familia. Allá vivíamos en condiciones bien precarias, pero siempre teníamos el mueble de libros. Era como instalar dos cajones o ladrillos con unas maderas y ya estaba ahí el mueble de libros. El hogar siempre estaba ligado a tener un pequeño mueble de libros donde había de todo. Como éramos una familia bien caminante, siempre cambiándonos de casa, de barrio, de colegio y de todo, acarreábamos sólo las cosas básicas, y los libros siempre fueron eso. Nunca hubo censura de mis padres para las lecturas. En mi casa había revistas gringas como Playboy, diarios viejos, revistas Vea, ejemplares de Pingüino y de Condorito. Estaba también la colección Nosotros los chilenos de la editorial Quimantú, que fueron muy importantes en esa época en el sentido de que la cultura en mi familia se mantuvo férrea y firme a pesar de estar fuera de Chile, junto con la música que sonaba en mi casa, mucho la Cantata de Santa María de Quilapayún y Alturas de Machu Picchu de Los Jaivas. Hasta el día de hoy tengo esos pequeños libros de Quimantú. Yo me hice cargo de toda esa herencia libresca y yo soy la que ahora les presta libros a mis padres.

Nunca hubo censura de mis padres para las lecturas. En mi casa había revistas gringas como Playboy, diarios viejos, revistas Vea, ejemplares de Pingüino y de Condorito. Estaba también la colección Nosotros los chilenos de la editorial Quimantú, que fueron muy importantes en esa época en el sentido de que la cultura en mi familia se mantuvo férrea y firme a pesar de estar fuera de Chile”

-¿Cómo fue de pequeña tu relación con los libros?

-Los libros nunca fueron un lugar ni un objeto sagrado, simplemente estuvieron siempre ahí para que si los quería tomar, lo hiciera. Si el libro se arrugaba y se caía al piso, daba lo mismo. En ese sentido, soy súper poco fetichista con los libros. Yo los rayo, los marco, escribo en ellos, les doblo las hojas y los marco con lo que encuentro, incluso con plumones. En mis libros han ido quedando marcas de lecturas de distintas épocas, y es entretenido de repente volver a tomar un libro y ver lo que subrayaste antes. No son un territorio sagrado los libros para mí, y el día de hoy leo muchísimo en digital, yo creo que al menos un 80% lo compro y descargo en internet. Uso Scribd y tengo una biblioteca enorme. Compro libros en editoriales, librerías latinoamericanas, españolas y algunas chilenas también, aunque lamentablemente las editoriales nacionales no sacan muchos libros digitales de autores y autoras chilenos. Aquí siguen todos muy apegados al papel.

-Y eso que actualmente estamos en crisis de papel. ¿Aconsejarías pasarse más a lo digital?

-¡Sí, está súper caro el papel! Es importante además diversificar lectoras y lectoras, y además se podría abaratar costos de producción al fomentar las publicaciones digitales. Imagínate: un libro que cuesta 15 mil pesos impreso, digital sale 7 lucas. Es casi el 50% del valor y es increíble. Además, cuando leo en pantalla avanzo mucho más rápido y es más cómodo que andar con la cantidad de libros que ando siempre, por todas partes.

“Los y las poetas escriben mucho para la academia

-¿Cuántos libros lees al mes?

-Uf, ¡bastante! No te doy un número porque soy desordenada con las lecturas. Picoteo mucho y estoy siempre dividida entre las lecturas laborales y las que son más privadas también. Siempre estoy leyendo, es lo que más hago. Siempre estoy leyendo mucha teoría, pero también diversos géneros, ensayo, novela chilena, que es mi área de especialidad e investigación, y también a narradoras latinoamericanas, otras europeas, y también otros libros que puedan estar en el primer lugar de ventas. Me interesa mucho el fenómeno best seller. Yo no desprecio a priori ningún texto. Prefiero ir al libro y comprobar y darle la vuelta a esos fenómenos que a veces vienen cargados de prejuicios.

-Ha habido casos emblemáticos entre los últimos que mencionas, como el de Stephen King, que durante años fue menospreciado por ser un súperventas. ¿Has derribado tú misma algunos de esos prejuicios?

-Totalmente. Hay un problema que es desde dónde leen los críticos las críticas, y que por más que la crítica sea muchas veces subjetiva, uno debe tener la amplitud genérica, en términos literarios, de poder discernir y trascender del gusto propio. Es necesario hacer ese distanciamiento cuando además la crítica debe aproximar a lectoras y lectores a otro tipo de géneros que muchas veces no son del gusto del o la crítica. Y eso sucede muchísimo. Falta derribar aún más las restricciones y los estándares que han definido y separado arbitrariamente lo que es la alta de la baja cultura. En eso la academia ha sido muy irresponsable, y no pueden seguir siendo las amuralladas universidades distanciadas del mundo y desfasadas de las nuevas escrituras. Es injusto, por ejemplo, que tengan que pasar 15 ó 20 años desde la aparición del primer libro de un autor para comenzar a abordarlos. Y además pone en evidencia una desconexión total del panorama literario.

“Uno debe tener la amplitud genérica, en términos literarios, de poder discernir y trascender del gusto propio. Es necesario hacer ese distanciamiento cuando además la crítica debe aproximar a lectoras y lectores a otro tipo de géneros que muchas veces no son del gusto del o la crítica”.

-¿Crees que la misma academia y sus exigencias influyen o instalan pies forzados en la escritura?

-Yo creo que los y las poetas escriben mucho para la academia. Están mucho más pendientes de lo que pueden estar los narradores y narradoras. De hecho, la crítica de poesía en medios de prensa no existe, por tanto creo, sin afán de generalizar, que la poesía está o pretende estar siempre más en sintonía con la academia. Están muy pendientes de ganarse pasantías, quizás algunos premios y buscar legitimación en última instancia, que les permita ser antologados o compilados por editoriales universitarias. Yo opino que la narrativa es un poco más laxa en ese sentido, menos dependiente. De hecho, uno ve también quiénes son los lectores de poesía hoy en día y cómo se han ido elitizando. La mayoría de los poetas escribe para la comunidad de poetas.

Patricia Espinosa recuerda al menos dos ocasiones en las que sintió el peso de la censura. Sus primeras columnas las publicó a mediados de los 90, primero en el diario La Época y luego en la revista Rocinante. Para esa época, sus textos ya daban que hablar y Espinosa había adquirido cierta fama de “provocadora” y “polémica” entre los más susceptibles del ambiente literario local. A inicios de los 2000, la también académica del Instituto de Estética UC comenzó a escribir y a publicar en el desaparecido diario El Metropolitano, donde se topó por primera vez con un editor que se negó rotundamente a publicar dos de sus críticas.

“La primera vez fue por una crítica que le hice a una novela de Germán Marín de la que no me acuerdo, y la otra a un libro de poesía de Francisco Véjar. Recuerdo perfectamente que uno me gustó y el otro no, aunque no sé cuál es cuál, y que el editor no compartió esos criterios, no publicó las críticas y tampoco me avisó”, cuenta Espinosa.

“Creo, sin afán de generalizar, que la poesía está o pretende estar siempre más en sintonía con la academia. Están muy pendientes de ganarse pasantías, quizás algunos premios y buscar legitimación en última instancia, que les permita ser antologados o compilados por editoriales universitarias”.

“Yo nunca conocí a Germán Marín. Me gusta mucho su obra, la encuentro genial y en algún momento encontré que tenía la cabeza más joven del campo literario chileno, y por otro lado estaba la poesía de Véjar, que también me había gustado mucho, pero tampoco lo conocía. En un acto insólito, este editor no estuvo de acuerdo con lo que escribí y decidió no publicar ambas críticas. Cuando vi que no se habían publicado, me sorprendí mucho, lo hablé con él y por esas acciones delirantes decidí retirarme y adiós. O sea, es un tema que considero fundamental. No puede existir censura en el ámbito de la creación y de la crítica mucho menos. ¡Jamás! Es inadmisible”, advierte.

“Los escritores no son amigos, son escritores”

-¿Tienes amigos escritores?

-No. He conocido a muchos que han sido alumnos míos, pero nunca han sido amigos míos. Tampoco soy de andar como groupie de los escritores y las escritores, ¡para nada! Nunca he buscado vínculos de cercanía o amistad, ya que no me corresponde éticamente. Mi posición y la de ellos como escritores son muy distantes y deberían estar siempre lo más distante posible. Los escritores no son amigos, son escritores. Tampoco soy de las que se toma la fotito con los libros para Instagram, ya no me interesan los libros con dedicatoria ni nada de eso. A los escritores prefiero topármelos en conversatorios, en simposios y actividades más académicas. Pasar esos límites, puede perjudicar mi trabajo como crítica y mi labor académica, que es en lo que me gano la vida. Tampoco ando por la vida haciéndoles la cruz a los escritores. Así ha sido no más, y ha sido beneficioso para mí porque confío en mi autonomía crítica.

-Entonces, no has sido realmente cercana a ninguno.

-No, pero he tenido acercamientos con algunos. Mira, yo conocí a Pedro Lemebel, comenté todos sus libros y cuando él lanzó su último libro me pidió que lo presentara y para mí fue un honor. Nos habíamos visto antes a la pasada y esa vez pude hablar un poco más con él. Fue súper apoteósico todo y yo no lo podía creer, porque ese día había una cantidad de gente impresionante. Yo dije: adónde me vine a meter. Había un escenario enorme y Lemebel hizo su performance. Para mí no fue fácil porque estoy acostumbrada a los espacios académicos y de más bajo perfil, y cuando vi a toda la gente viendo a Pedro, abrazándolo y pidiéndole autógrafos, fui más consciente de ese otro factor que a ratos se le escapa a la crítica, y que es el impacto que tiene la literatura en sus lectoras y lectores. Lemebel era de esas personas que te hacían sentir como si lo conocieras de toda la vida y tenía una vibra súper positiva y única. No éramos amigos ni cercanos siquiera, pero él abrió ese espacio y provocó ese momento, y hasta hoy lo recuerdo mucho.

“A los escritores prefiero topármelos en conversatorios, en simposios y actividades más académicas. Pasar esos límites, puede perjudicar mi trabajo como crítica y mi labor académica, que es en lo que me gano la vida. Tampoco ando por la vida haciéndoles la cruz a los escritores“.

-Leí por ahí un tweet que decía que la crítica literaria había muerto con Juan Manuel Vial. ¿Qué piensas de esa afirmación?

Lo primero, es que el enunciado es una taradez. Estas visiones catastrofistas burguesas que anuncian el fin de la historia, el fin de la civilización, el anuncio de los fines siempre viene desde territorios y sujetos retrógrados, conservadores a ultranza, burgueses acomodados y que ven ante los cambios culturales y sociales la catástrofe. Y es gente que va a perder todos sus privilegios, entonces ante ese escenario que les mueve el piso, finalmente, terminan afirmando el fin de las cosas. Creo que aunque les pese y les duela, el mundo sigue existiendo y hay escrituras que siguen sobreviviendo.

“Lamento que el nombre de Juan Manuel Vial esté en medio de esta situación, porque respeto mucho su trabajo crítico aunque no haya estado de acuerdo con él en millones de ocasiones, pero nada tiene nada que ver con estos juicios absurdos de vaticinar el fin de las cosas. Estos juicios totalizantes de que se acaba la crítica son tremendamente débiles y creo que vienen de una mente débil, previsible y que simplemente representa este miedo aterrador que les da a ciertas personas los cambios de toda índole, como este grupo de gente de los amarillos y amarillas“.

-Leí precisamente un tweet tuyo sobre uno de ellos: “El pelotudo de Warnken degradando aun más este pobre oficio”, escribiste. ¿Por qué?

-Él y todos ellos están sobre reaccionando ante una Constitución que aún no está escrita. Entonces, claro, como el mundo que ellos querían no existe, se sienten amenazados o amenazadas, declaran la catástrofe, el fin de la democracia y el nuevo reino de los insensibilizados, el salvajismo pleno. Me parece tan absurda y envejecida esta postura, tan ridícula; es tremendamente ridícula y nos habla de cabezas neuronalmente fosilizadas. Y peor en el caso de Warnken, que se autoproclama crítico literario.

“Él (Warnken) y todos ellos están sobre reaccionando ante una Constitución que aún no está escrita. Entonces, claro, como el mundo que ellos querían no existe, se sienten amenazados o amenazadas, declaran la catástrofe, el fin de la democracia y el nuevo reino de los insensibilizados, el salvajismo pleno“.

“La crítica no es un género menor”

-En una entrevista reciente dijiste que ningún arte, incluida la literatura, iba a ser la misma después del estallido. ¿Efectivamente cambió para ti el panorama literario después de eso?

-Si, bueno está el estallido, pero también la Convención que fue votada en un plebiscito, la pandemia, ahora estamos ad portas de una tercera guerra mundial, entonces hemos estado bombardeados de sucesos y sobre acontecidos. El estallido me parece un hito tremendamente importante y yo no lo daría por finalizado. Lo veo como parte de un proceso político que inevitablemente intervino en la vida de todos, y por supuesto en los trabajos artísticos. Este país está lleno de estas grandes historias. Imagínate la de Ingrid Olderock, que pasó en los 80, y recién ahora viene a aparecer en este corto casi 40 años después. Entonces, creo que la escritura donde se problematice el estallido social está por venir, al igual que con la pandemia, la reclusión que vivimos y esta amenaza de guerra latente.

“Ya hay narrativas que han estado tocando esa temática, algunas de muy buena forma, y pienso que muchas veces hay escritores y escritoras que hablan de la contingencia y eso hace que los procesos creativos vayan decantando con tiempo. Sigo pensando que el arte no es el mismo antes que después del estallido. Ese y otros procesos que ya te nombré, tienen que decantarse e inevitablemente van a terminar permeando la literatura y otras artes. En Chile tenemos mucha memoria, mucha crónica sobre la dictadura por ejemplo, pero en cuanto a lo que es ficción y arte siempre ha sido más retardado el proceso de asumir esas temáticas y en esta oportunidad no va a ser de la misma forma. Sí puedo identificar una violencia en la literatura actual en Chile, específicamente la narrativa, y eso es clave. Lo mismo la depresión, la ansiedad, la angustia, la claustrofobia. Son metáforas de lo que hemos vivido, pero es lamentable que tenga que pasar tanto tiempo para que se retome la historia del país desde un punto de vista estético y literario”.

“Este país está lleno de estas grandes historias. Imagínate la de Ingrid Olderock, que pasó en los 80, y recién ahora viene a aparecer en este corto casi 40 años después. Entonces, creo que la escritura donde se problematice el estallido social está por venir, al igual que con la pandemia, la reclusión que vivimos y esta amenaza de guerra latente”.

-¿Qué autores o libros en particular te parece que están en ese diálogo constante con la contingencia y los cambios sociopolíticos más recientes?

– Sin duda, la novela Sumar (2018) de Damiela Eltit fue un texto profético. Ella fue capaz de visualizar una gran marcha de trabajadores y personas en la pobreza más absoluta que avanzaban por una avenida enorme que podríamos identificar como la Alameda en Santiago o cualquier otra calle importante en una capital latinoamericana. Y van marchando además hacia la casa de gobierno que, en este caso la autora llama “la moneda”, así con minúscula, porque realmente qué impresionante es que nuestra casa de gobierno se llame así, la moneda, o sea, retrata la plata y nos retrata a nosotros mismos de cuerpo entero. El libro muestra todo ese abandono, la desesperación, la pobreza, las carencias y la convivencia de la gente que camina hacia el infinito. Es súper interesante porque prefigura todo lo que fueron las marchas, las calles ocupadas, las barricadas y todo lo que ocurrió en Plaza Dignidad.

“Me parecieron también muy buenos Voyager (2019) de Nona Fernández y la novela Satán Cumbia (2020) de Rodrigo Miranda, que fue también publicada en el contexto de la revuelta social y que presenta una mirada homoerótica del guerrillero, siguiendo un poco la tradicional latinoamericana de Puig y Lemebel. En poesía no recuerdo nada más que el poemario Plaza Dignidad (2020) de Carmen Berenguer. Puede que se haya publicado algún otro libro rescatable, pero los poetas pudieron haber estado en algo más fino, más elevado que estas tragedias mundanas, porque el estallido social es tragedia mundana para los poetas chilenos, lo cual es una vergüenza.

-¿Nunca pensaste en lanzarte como escritora y escribir ficción?

-No, siempre me ha gustado criticar, analizar, hacer investigación, me encanta leer, los libros se me quedan pegados, los personajes y sus historias, pero nunca he pensado en hacer algo diferente a la crítica. Hay que ser muy talentoso, aunque la crítica no es un género menor. Tiene su complejidad y no es fácil escribir con tanta restricción de caracteres. Ahora también se puede hacer crítica en Youtube, hay gente que comenta libros en Instagram y para qué decir en Tik Tok, que me tiene alucinada con cómo los jóvenes están repensando las narrativas.

“En poesía no recuerdo nada más que el poemario Plaza Dignidad (2020) de Carmen Berenguer. Puede que se haya publicado algún otro libro rescatable, pero los poetas pudieron haber estado en algo más fino, más elevado que estas tragedias mundanas, porque el estallido social es tragedia mundana para los poetas chilenos, lo cual es una vergüenza“.

-¿Dejarías la crítica escrita para pasarte a Youtube o alguna otra plataforma?

-En una de esas, quién sabe, uno nunca sabe lo que puede pasar. Son plataformas distintas y para distintos tipos de espectadores, entonces puede no servirle a la gente que yo busco y a la que llego con mi trabajo. Ahora, si las opciones se dan y yo me siento cómoda podría hacerlo, aunque por obligación jamás. La verdad es que soy más espectadora que otra cosa. Soy una lectora porque me paso haciendo análisis de todo y de todos los que me rodean.

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