Pasolini decía que el sentido de una vida solo puede aparecer en la muerte, porque mientras exista futuro para alguien, siempre habrá incógnitas. Los deudos son quienes se encargan de escribir el cuento acerca del cadáver para dejar una inscripción en la tumba. Pero hay vivos que tientan a otros, y los ponen a trabajar para escribir sobre ellos, por su relevancia o por seducción.

No la veíamos hace tiempo, pero luego de su despliegue en la última cuenta pública, quizás la última o primera -como quiera leerse- de un ciclo histórico, Michelle Bachelet mostró que es todo lo que enumeraba más arriba. Poniendo a correr a varios en la disputa por la narración de su epílogo. Siempre fue así, ahí donde ella parecía estar más allá de cualquier competencia, eran los otros quienes competían por ella.

¿Qué desea Michelle Bachelet? ¿Terminar como una heroína o como alguien que busca activamente ser un personaje histórico? Nada muestra que busque eso, no obstante, su historia es una de poder.

Sin embargo, su última cuenta, antes que un recuento que asome algún atisbo de brillo fálico, para retirarse mostrando las jinetas ganadas en las batallas; parece más bien la escena de alguien que puede darse el lujo de despedirse como si estuviera en un lugar familiar. Entre ese llanto de emoción, sonrisas cercanas y hasta bromas, se paseó por el discurso final. ¡Quién se quisiera ese desplante! Sólo posible en quienes detentan demasiado poder y narcisismo, o tras años de terapia o de oficio público o definitivamente de quienes padecen algún grado de estupidez social y no comprenden el contexto. Ninguno parece ser el caso de la presidenta. Siempre la vimos así, desprendida del ego, desentendida del poder que lleva en el bolsillo. Como si lo olvidara, y de paso nosotros también. Recordemos: primera mujer iberoamericana en ser Ministra de Defensa, primera mujer presidenta de Chile -no una sino dos veces-, primera directora de ONU Mujer, la mandataria que más corrió la línea del reformismo desde el retorno de la democracia en Chile.

¿Cómo nace públicamente Bachelet? Creo que como el amor. A mí me gustó su nombre, su musicalidad y que terminara con “elle” (“ella” en la traducción en francés). Tíldenme de banal, pero todo amor nace así: de unos detalles mínimos (dicen que el diablo está en los detalles) que crean la ilusión de encontrar un trocito de uno mismo en otro ¿O acaso conocían mucho a esa persona al momento de enamorarse?

Parece estúpido, pero ¿por qué Mayol es empujado tan rápido por alguien que toma el apodo de “la Bea”? Porque aparentemente, después de su debate sin debate, todo parece indicar que la preferencia es menos por sus diferencias, que porque “la Bea” parece despertar amor. Mayol, puede provocar otras cosas, pero no amor. ¿Por qué Guillier da sueño? ¿O Piñera un deseo irrefrenable de escucharlo, aunque sea para criticarlo?

El amor siempre está de por medio en las elecciones. Y Michelle sabe de eso.

Guido Girardi, dijo hace unos años, no sé si como un piropo o un chaqueteo, no se puede estar seguro con el senador, “Bachelet es como Wikipedia, es un constructo de la ciudadanía y la ciudadanía le ha ido entregando a ella misiones y atribuyendo desafíos”. ¿Un constructo? Como si fuera un receptáculo de espejismos de los deseos ciudadanos. En todo caso, se sabe que en la lógica del poder y del deseo nunca se trata de complacer los designios del otro. Cualquiera que se haya enamorado e intentó cumplir los designios del amado, sabrá que es un mal negocio, pues éste, lejos de amar de vuelta, se aburre y demuestra esa ley del deseo humano: no se desea inconscientemente lo que decimos que queremos.

Muchos dicen que ese fue precisamente el impasse de este gobierno, pensar que el pueblo quería lo que escucharon en las consignas. En todo caso, los mismos que hicieron este diagnóstico lo están repitiendo. Así Piñera se va derechizando en su agenda valórica, suponiendo que la coyuntura -el enojo con el progresismo- es una verdad del pueblo.

Hay algunos candidatos que antes de prometer cumplir con los supuestos deseos de la ciudadanía, juegan al “quiero pero no quiero” de la seducción. Pero como le ocurrió a Lagos, una vez que dicen que sí, tras la entrega, se pierde el interés. Pero esto no le pasó a Michelle. Será porque, aunque haya dicho sí dos veces, nunca se la vio ganosa. Ese es el misterio de su poder, uno que parece vacío de deseo.

“Cuando la gente me vio en un tanque se dio cuenta de que podía ser presidenta” dijo alentando a otras mujeres en sus tiempos en ONU Mujer. Corría el año 2002, cuando los referentes del feminismo en nuestro imaginario eran el entusiasmo de la mujer poderosa, liberada sexualmente, que podía tomar un arma. Eran los tiempos de Sex and The City.

La imagen de Bachelet en el tanque fue clave en su construcción política. Lideraba ahora las mismas fuerzas que asesinaron a su padre. La víctima tomaba el poder desde dentro y desde el escalafón más alto. Pero no jugó a la comandante amazona. Sino que comenzó a ser conocida por carismática y cercana. El tanque le quedaba como un traje ilegítimo. Así como también, el del feminismo de armas blandas de una década más tarde, cuando empezó a repetir como un manierismo culposo el “todos y todas”. Su poder corre por otra pista, no requiere metáforas militares ni trajes de activismo.

Quien no se atrinchera en el narcisismo, no tiene por donde ser golpeado. No tiene ego que perder. Pero esta posición no la hace infalible, la amenaza puede estar en la caída de lo que ama. Como ocurre en su segundo gobierno.

No sólo porque lidera una coalición política que hoy se cae a pedazos (también se desmoronan los homólogos mundiales de la social democracia), si no porque la traicionaron sus ministros, y sufrió el peor agravio, el de su hijo.

A su alrededor todos parecen más humanos que ella, que paradójicamente de cercana se volvió escurridiza. Al resto se les escapaban sus pasiones, las altas pero también las bajas: el afán de poder, el gusto por el famoso lucro, la trampa a beneficio personal. Toda la suciedad de la que ella parece siempre ajena. ¿Una virgen? Quizás es el hijo, inflado de placeres materiales, quien la interpela: “Mamá, reconoce que te gusta el poder, dedicaste tu vida a ello, me dejaste solo por tus intereses, ¿vas abandonar ahora a tus nietos?”. Jaque del hijo. Ya sabemos su respuesta, a pesar de la madre, la presidenta no se doblegó.

A modo de epílogo: el auto en que los mandatarios tradicionalmente llegan a dar la cuenta pública, a Michelle se le quedó en panne. Fuera de guión, apareció en un jeep militar. Como si las insignias de poder, esas que no quiere tomar, o reconocer, la persiguen.

¿Una virgen, la madre de Chile, un constructo? No. Es una de las mujeres más poderosas del mundo, en el top 20 de acuerdo a la lista Forbes. Aunque se nos olvide.

Quizás la más feminista de todas, porque muestra, sin saber muy bien cómo funciona, que existe un poder distinto al modo de dominio masculino (ejercido por hombres y mujeres en el poder). Se trata de un poder territorial que no pasa por el control, si no por la legitimación. Como Cleopatra, quien a pesar de la fuerza militar de César que la asalta, deja en claro, sin armas de por medio, quien es la patrona del castillo; asimismo, Michelle se mueve en su última cuenta pública como la verdadera dueña de casa.

No es por nada que no hay sucesor en su coalición. No dejó padre (Lagos), ni hijos, ni amante. Será como esos amores que no se estaba seguro si se los amaba o no, pero que son difíciles de sustituir.

Es sin duda la Queen B, la abeja reina, expresión que los gringos usan para referirse a la mujer que lidera, pero también a la del poder invisible: la que puede manejar a otros emocional y financieramente sin que estos se den cuenta. En este caso la llaman la queen of bitches.