El rey de las pelucas ha muerto. Juan Carlos Avatte, hijo de inmigrantes sicilianos, falleció este fin de semana acompañado de su familia en su casa de calle Rancagua. Con su partida también se va una época, quizá la última chispa de una bohemia que cultivó con pasión hasta sus últimos días.

Heredero de una tradición de más de 300 años, Avatte encarnó el prototipo del hombre que supo sacarle brillo a eso que muy pocos hoy en día se atreven: desarrollar el oficio transmitido de generación en generación. En tiempos donde las barberías campeaban como referente de la estética masculina, su padre se atrevió a instalar uno de los primeros salones de belleza de la capital, ubicado en San Antonio con Moneda, hace ya casi 90 años. Una época donde los peluqueros preparaban tinturas con productos naturales, como un boticario creador de sus propios ungüentos.

Pero Avatte fue más allá.

Donde otros vieron solo mechas sueltas tiradas en el piso, él vislumbró el origen de un reinado sin parangón. Su apellido fue sinónimo de pelucas o postizos de arte, como le llamaba entonces. Recorrió todo Chile en busca de cabellos, pagando en efectivo a una camada de peluqueros recolectores de pelos. En esas correrías, perdido en quien sabe qué pueblos, intercambiaba pestañas postizas por servicios especiales en los burdeles. “Si vendía 20 pares de pestañas, en vez de venir la semana siguiente a cobrar, me daban un tanto de plata y el resto me pagaban en carne…Yo fui el inventor de los canjes”, confesó a este pasquín riéndose a carcajadas varios años atrás.

El ascenso de Avatte coincidió con la aparición de otro hito de la bohemia santiaguina: el Bim Bam Bum. Una de las primeras pestañas postizas que fabricó las usó Xenia Monti, una vedette francesa del Folies Bergere, cuando vino a inaugurar el emblemático espectáculo en el teatro Caupolicán. Solía pasearse con las más bellas vedettes de aquel tiempo, entre ellas, la escultural Nélida Lobato. De ahí no paró. Le puso pelo a Olmedo, el gordo Porcel, extensiones a Susana Jiménez y Moria Casán. También a Alberto Castillo, Arturo Millán, Eduardo de Calixto y Julio Iglesias, que se lo topó en un Festival de Viña del Mar. Pero no sólo trabajó con grandes artistas. Avatte siempre fue un tipo transversal y atendía a medio mundo. “Desde la más modesta prostituta hasta el más pudiente empresario. De derecha e izquierda. Para mí eran todos clientes”, contó a The Clinic.

Las historias del pequeño peluquero siciliano, amante de las fiestas, los amigos y las mujeres hermosas, se entrelazaron con los acontecimientos que el país vivía. El 12 de septiembre de 1973, el mismísimo Mamo Contreras fue a su casa. “Me prohibió vender algunos productos y me ordenó anotar la cédula de identidad de todas las personas que me compraban bigotes, pelucas, barbas o una prótesis…Intentó enrolarme en sus cosas, pero lo paré en seco y le dije que atendía a todas las tendencias y que ganaba cincuenta veces su sueldo”, recordó a The Clinic en una entrevista. También camufló a Miguel Littin, con barba y bigote, cuando entró clandestino a Chile. “Yo sabía quien era, pero tuve que morir pollo”, recordó. Y a la mujer metralleta, que la reconoció en televisión después de venderle una peluca estilo afro. Y también al “loco Pepe”, un célebre asaltante de bancos argentino que era pelado pero usaba una de sus pelucas para pasar inadvertido en la calle. “Para mí eran obras de teatro que de repente salían en la primera página de los diarios”, recordaba con ironía.

Hace dos semanas le detectaron un cáncer al páncreas que se había ramificado por varios órganos. Le dieron dos meses de vida. Siguió trabajando. No quiso un tratamiento de quimioterapia y decidió morir en su casa. Uno de sus hijos, recuerda que incluso estando con reposo absoluto se levantó a atender a un cliente. “Le dije que se acostara. Siempre hay que trabajar, me dijo. Me pareció increíble. Como estaba con morfina se balanceaba un poco. Yo le decía que no le fuera a cortar la oreja. Después llegó otro cliente y vendió unas pelucas. Se hizo como un millón de pesos”, recuerda Juan Carlos Avatte hijo.

Avatte llamó a una amiga para invitarla al otro día a Viña del Mar. Quería mirar como el sol se escondía en el mar. “Mi último atardecer”, decía. Su acompañante cuenta que se detuvo varias veces, mientras caminaban por la costanera, a oler los duraznos en flor. Fue al casino de Viña del Mar y lo atendieron como rey. “Llegó pal pico, reventado. No lo podía retar. Era para aplaudirlo. Impresionante”, recuerda su primogénito. En Santiago se reencontró con su hijo menor que regresó de España. Fumó hasta el día jueves.

-Papá no fumes, ya no tienes pulmones- le recriminó su hijo Marcello.
-Déjame- le contesto Avatte- de quién se van a acordar, del que dejó de fumar y murió 20 años después o del que murió con el pucho en la boca.

Lentamente se comenzó a apagar. A perder la conciencia. A ratos reclamaba y puteaba como ajustando sus últimas cuentas con el destino. Murió a las 11:25 de la noche del sábado, como si hubiera esperado pacientemente su última noche de bohemia. Al velorio en la capilla de la Parroquia Italiana de calle Bustamante llegaron artistas, cantantes, humoristas, actores y bailarinas. El lunes en la tarde su cuerpo ingresó al crematorio del Parque del Recuerdo. Pidió a sus hijos que sus cenizas las arrojaran al río Mapocho. Cuando uno de ellos le preguntó por qué no lo hacía en el Cajón del Maipo, que era más bonito, Avatte le respondió con ese aire mundano de quien ha vivido más de la cuenta: “Quiero estar ahí, con toda la mierda, y que el agua me lleve a Viña a disfrutar del mar”.