“Nada más sublime, nada más religioso que el estudio de la naturaleza. […] La contemplación de sus varios productos será siempre una fuente inagotable de los goces más puros, que nunca dejan remordimientos, y no despierta jamás pasiones mezquinas.”
R. A. Philippi

El “sabio Philippi”, como sería conocido en Chile, ya era un respetado científico de 42 años el día que zarpó a bordo del “Bonito”, en Hamburgo, con destino a Valparaíso. De venir a probar suerte a la periferia del planeta lo había convencido su hermano Bernardus, un temerario navegante que consideraba a Rudolph un “racionalista frío” y “sin fantasía”, y a quien el Estado chileno le había encargado traer alemanes para colonizar la zona del lago Llanquihue. Ambos habían recibido una refinada educación a cargo de su madre, María Anna, una mujer culta y progresista que abandonó al padre de los Philippi luego de que éste se permitiera un desliz con una sirvienta y la dejara embarazada. También pasaron por el colegio del filósofo Heinrich Pestalozzi, famoso por su innovador método centrado en la contemplación y no en la memoria. Consecuencia de ese método fueron las precoces excursiones de Rudolph a las montañas del Jura, que incubaron en él la pasión por la ciencia.

Philippi fue uno de esos naturalistas del siglo XIX que, inspirados por el paradigma taxonómico de Carlos Linneo y por el espíritu aventurero de Alexander von Humboldt (profesor suyo en la Universidad de Berlín), recorrían el mundo para describir y clasificar a la naturaleza en todos sus aspectos. La insaciable sed de observación que movía a los nuevos apóstoles del saber y que le permitiría a Charles Darwin concebir la evolución de las especies. En la década de 1830, mientras Darwin ataba cabos sueltos sobre la cubierta del “Beagle”, Philippi realizaba sus primeras exploraciones del territorio italiano, que le hicieron un nombre entre sus pares, en particular por sus estudios sobre los moluscos sicilianos. Hacia fines de los años 40, sin embargo, Alemania había entrado en una crisis política y económica que no le ofrecía el menor porvenir como científico. Y Chile, después de todo, era uno de esos territorios vírgenes para la ciencia donde podría seguir aportando a la causa del conocimiento. Decidió venir por un año y luego estudiar la situación.

Desembarcó en Valparaíso en diciembre de 1851 y se quedó hasta el 23 de julio de 1904, día de su muerte. En 1852, su hermano Bernardus fue marginado de la empresa colonizadora por haber traído alemanes protestantes en lugar de católicos. En compensación, fue nombrado gobernador de Magallanes; semanas después, su rastro se perdió para siempre en las llanuras de la Patagonia, presumiblemente asesinado por indígenas tehuelches que, según el grosero rumor que circuló en la época, también se lo comieron. En Chile comenzaba el decenio de Manuel Montt y la joven república, además de poblar sus zonas extremas, aspiraba a constituir un Estado moderno, capaz de organizar y explotar su territorio. Claro que, para eso, tenía que conocerlo. El francés Claudio Gay y el polaco Ignacio Domeyko –quien se encargó de presentar a Philippi a la sociedad capitalina– habían iniciado la tarea. Philippi, que no sabía lo que era un domingo, se hizo responsable de continuarla durante los siguientes cincuenta años.

PHILIPPI EN CHILE

“El orden prodigioso del mundo natural” (Ediciones UACh), publicado en 2003 y reeditado este año, compila diversos escritos y dibujos de Philippi, además de artículos de especialistas que ponderan los alcances de su obra y un delicado prefacio de la fallecida historiadora Ulrike Steenbuck. Esta reedición añade ocho cartas inéditas que le escribió su hija Ella desde la finca familiar ubicada en el sur, cerca de La Unión, y que aportan imágenes de época sobre la vida cotidiana en esa zona a finales del siglo XIX, aunque no mucho más.

Siendo la exhaustividad el rasgo determinante del legado de Philippi, resumirlo se hace imposible. Muy en breve consignemos que el gobierno chileno no tardó en nombrarlo director del Museo de Historia Natural –cargo que ocupó hasta los 89 años– y profesor de la U. de Chile, y que él no tardó en emprender sus incontables viajes por el territorio nacional (muchas veces junto a su hijo Federico, cuyos aportes también fueron decisivos). Lo primero fue una sacrificada expedición al desierto de Atacama (1853-1854). Cuatro meses a lomo de mula, alimentándose de harina tostada, grasa y sal. El informe que elaboró, primer reconocimiento científico del desierto, fue recibido con entusiasmo en Europa y con total indiferencia en Chile, mal que nunca dejó de padecer. Antes de su travesía por el desierto, el Estado le encomendó crear un jardín botánico. Cuando fue a preguntar de qué presupuesto disponía, el Inspector de la Quinta Normal le confesó que no se había destinado dinero alguno para ese efecto “porque el Gobierno no sabía qué cosa era un Jardín Botánico”. La plata apareció 23 años después.

Sin recursos pero con muy buena salud, Philippi siguió viajando por Chile hasta los 82 años y publicó más de 400 artículos –en latín, alemán y castellano– dando cuenta de sus hallazgos. Así llegó a catalogar más de mil especies de plantas que la ciencia aún considera válidas, y que lo convierten hasta hoy en el mayor descriptor de flora chilena. Lo propio hizo con más de 600 especies animales, en su mayoría insectos. Al poco tiempo de arribar al país ya reportaba nuevas especies de patos y flamencos. Más tarde se ocupó del huemul y de una lista interminable de animales que incluye delfines, serpientes, roedores, tiburones, tortugas, jaibas, erizos o estrellas de mar, además de su conocida preocupación por los moluscos fósiles. Dibujante prolijo, cometió también el pecado de los naturalistas de su época: exagerar un poco la simetría de los ejemplares y “completar” sus imperfecciones, idealizando la precisión de la naturaleza.

Con el Museo de Historia Natural como centro de operaciones, Philippi fue durante décadas el principal impulsor de las ciencias naturales en Chile. Su renombre en el extranjero le permitió intercambiar especies con diversos museos del mundo, mantuvo correspondencia con Darwin, Humboldt y Florentino Ameghino, entre otras eminencias decimonónicas, y fue miembro de más de cincuenta sociedades científicas de América Latina y Europa. Todo lo cual se veía facilitado por la variedad de idiomas que dominaba: inglés, francés, alemán, italiano, latín, griego y español.

En 1866, tras mucho lidiar con las influencias del clero, consiguió establecer la obligatoriedad de la enseñanza de las ciencias en Chile, al menos en el Instituto Nacional. Como no existía en el país un manual para enseñar las ciencias naturales, él mismo lo escribió. También se preocupó de difundir en la prensa nacional ciertos temas de actualidad europea, de los que tenía noticia a través de las publicaciones extranjeras que recibía. Como se puede adivinar, este rendimiento intelectual era sustentado por rutinas de trabajo casi monacales, que no variaban demasiado los fines de semana. No era un hombre arisco ni un mal conversador, pero le interesaba poco la vida social, y menos aún desde la muerte de su esposa ocurrida en 1863.

Entre los textos de su autoría incluidos en “El orden prodigioso del mundo natural”, están los que escribe el naturalista y los que tocan asuntos culturales y sociales. Los primeros permiten apreciar al explorador que viaja en condiciones nada confortables, pero tan concentrado en el rigor descriptivo que no se da licencias para alardes de aventurero. Así lo podemos seguir en una dificultosa excursión a caballo rumbo al lago Puyehue, pernoctando en potreros inhóspitos, sorteando ríos torrentosos y senderos empantanados, todo para poder llegar a decir esto: “¡Imagínense un árbol de más de cien pies de altura, con un tronco de entre cuatro y cinco pies de grosor, de flores blancas como la nieve y casi tan grandes como las biofitas de jardín, los papagayos saboreando sus brotes y sembrando el suelo con las hojas de las flores!”.

Los artículos de corte humanista son un poco más atrevidos. En “Mentiras convencionales” hace un lapidario recuento de los fraudes electorales que ha podido atestiguar en Chile, perpetrados por hacendados que dirigían el voto de sus inquilinos o bien los emborrachaban en la víspera para evitar que llegaran a votar. Sin embargo, y con el perdón de los científicos, el texto más interesante del libro es indudablemente “Sobre los indígenas de la provincia de Valdivia”.


Calco a grafito y a pluma con tinta.

Cerámica adscrita por Philippi a la cultura diaguita en su etapa de influencia incaica. Dibujo a mano alzada con grafito y demarcado con pluma a tinta.

Dibujo a pluma con tinta y trazos con pigmento a la cera.

Impresión litográfica a dos colores con retoques a la acuarela gouache y tinta, dibujo original de Philippi.

Dibujo a pluma y aguada con pincel a tinta y acuarela.

Dibujo a pluma y aguada con pincel a tinta y acuarela.

Dibujo a pluma y aguada con pincel a tinta y acuarela.

Dibujo a pluma y aguada con pincel a tinta y acuarela.

Dibujo a pluma y aguada con pincel a tinta y acuarela.

Fundo San Juan, cerca de La Unión, 1856.Dibujo a pluma y aguada con pincel a tinta y acuarela.

MAPUCHES DEL SUR

No es menor la coincidencia de que Philippi publicara su estudio sobre los huilliches en 1869, justo cuando Claudio Gay, en su pueblo natal del sur de Francia, se preparaba para redactar su extensa obra sobre el pueblo mapuche –todavía inédita– a partir de las notas que había tomado en Chile. Si bien el informe de Philippi es mucho más sucinto, ambos tienen común ser las primeras etnografías del pueblo mapuche realizadas con un enfoque científico, con el único fin de conocerlos y no de colonizarlos o cristianizarlos. También las vincula que uno haya escrito su obra en francés y el otro en alemán, lo cual no obedeció a un eurocentrismo de los autores sino al nulo interés que suscitaba el tema en la clase ilustrada chilena (Philippi escribió su artículo para una revista alemana), más aún cuando a Gay y Philippi les interesaba la visión de los propios mapuches sobre su cultura.

“No les gusta que los chilenos de origen español les llamen indios y prefieren que les llamen naturales o cholos”, anota Philippi al comienzo, aclarando que ellos se autodenominan mapuches o huilliches (mapuches del sur). Un aspecto valioso de su relato son las comparaciones con lo que él entiende por “araucanos”, o sea, los mapuches de la Araucanía. Así reporta que los huilliches visten pantalón, pronuncian distinto algunas letras y no tienen “la horrible creencia de que la causa de la muerte de un jefe a temprana edad sea siempre debida a actos de hechicería, por lo que tienen que matar a quien el hechicero o machi considere responsable”. Valga recordar que Gay dedicó elocuentes páginas a esta práctica.

La atenta relación que hace Philippi de cada detalle que es capaz de apreciar delata un respeto profundo que, si viene al caso, no teme convertirse en admiración. Tras una minuciosa exposición de cualidades anatómicas, escribe: “Es una bella imagen de fuerza la que ofrece el hombre cuando hace oscilar con facilidad la pesada hacha elevando su espléndido pecho mientras su pelo negro ensortijado cae sobre sus anchos hombros. […] La mujer, tal como lo expresó un pintor alemán, posee hombros anchos, esculturales, que junto con la nuca, el pecho y los brazos, son con frecuencia de una belleza perfecta, pero los pechos se deforman pronto haciéndose demasiado grandes”. Y en términos generales: “La expresión habitual de la cara es tranquila y placentera, rayando con frecuencia en la apatía, pero también se ven rostros bien pícaros y otros bastante obstinados”.

Más adelante, Philippi se hace cargo de los prejuicios que predominaban en la sociedad chilena respecto de los mapuches, y empezamos a lamentar que un texto de este tipo no haya sido leído en su momento. Luego de citar un texto ajeno que redunda en los habituales estigmas (indios flojos, tristes, mentirosos, vengativos), Philippi puntualiza: “Como tiene pocas necesidades, al indio valdiviano le falta el impulso de trabajar más de lo necesario para satisfacerlas, pero no se puede decir que sea perezoso. Sus campos y huertos de verdura están habitualmente arreglados con mucho más esmero que los de los habitantes de origen español o mestizo […] son bien diligentes, pero no se les puede tener durante demasiado tiempo en el trabajo; como mucho aguantan entre diez y catorce días, después se marchan a sus casas con una u otra excusa. Se les ha descrito como ladrones y es verdad, no es raro que roben mucho, pero ni mucho menos tan frecuentemente como los descendientes de los españoles, entre los cuales incluso hay muchos a quienes les gusta pasar por caballeros y practican el robo de ganado casi como profesión”.

Recurriendo al mismo método comparativo, el científico analiza la fama de borrachos que pesa sobre los indígenas. Admite que “la tendencia a la bebida es su mayor vicio”, pero observa que algo parecido podría decirse de alemanes, ingleses, rusos o negros. “Los indígenas de Valdivia pueden consumir durante días hasta la última gota del barril y debido a ello ocurre con frecuencia que no hay ningún criado en la casa. Los mestizos hacen prácticamente lo mismo”. Por otra parte, “entre los indios valdivianos muy pocas veces se producen peleas y en caso de producirse, nunca hay muertos, mientras que en las provincias del norte [desde la Araucanía al Chile central] el borracho saca la navaja a la menor ocasión y apuñala a su mejor amigo, a su hermano o a su mujer”.

En cuanto a los rencores históricos, Philippi sostiene que los huilliches son conscientes de haber sido despojados, pero no conservan ánimos de guerra ni pretenden echar a los “españoles”, como seguían llamando a los blancos, salvo algún ocasional llanero solitario que solía ser neutralizado por sus propios paisanos. Entre otras razones, porque vivían bien: tenían su tierra y sus animales, no pagaban impuestos ni hacían el servicio militar. Además, habían incorporado a su cotidianidad productos foráneos de los que ya no estaban dispuestos a prescindir. No obstante, matiza Philippi, resienten ser mirados con desprecio, ser engañados y explotados a menudo, “y cuando se reúnen para alguna orgía se escuchan todavía con frecuencia cantos de añoranza por la libertad perdida que terminan muchas veces en lágrimas, pero yo no he podido percibir ninguna señal de odio extremo. Llama la atención que ni entre los indios de Valdivia ni entre los araucanos haya permanecido el recuerdo de los héroes de las luchas contra los españoles, de un Lautaro, un Colocolo, un Yanquëu. Tan solo saben de manera muy general que sus antepasados lucharon contra los españoles”.

Según Philippi, quien también dedicó estudios a las culturas indígenas del norte de Chile y de Isla de Pascua, casi todos los jóvenes huilliches entendían el español, pero sólo una pequeña parte de los mayores. Asimismo, todos eran bautizados, pero no parecían haber asimilado del cristianismo más que algunas formas externas, como hacer la señal de la cruz o repetir ciertas oraciones. Menos supersticiosos, en apariencia, que sus parientes de la Araucanía, seguían practicando “algunas costumbres paganas”, pero en el más estricto secreto. “Al pasar algunas semanas en los páramos del volcán de Osorno, hice matar una ternera a mis acompañantes indios; estos esparcieron un poco de la sangre del animal invocando al Pillán, la divinidad que produce el trueno, el rayo, las erupciones volcánicas y otros fenómenos semejantes y a la que injustamente se identifica con nuestro diablo. No quisieron explicarme el significado de las palabras que pronunciaron durante este acto”.

El orden prodigioso del mundo natural
Rudolph Amandus Philippi
Ediciones UACh, 2017, 198 páginas