Por Danielo Maestre

Discuto con Quiroz sobre el estilo de mis textos. Él insiste: «en una crónica no cabe andar opinando, hablan los hechos que describes, eso funciona en las columnas» me dice con tono de editor. No me lo trago, eso lo enseñan en segundo o tercer año de periodismo, pero no me tranquiliza ni me convence. «Sólo en las columnas puedes darte el lujo de plasmar lo que te salga de los cojones», sentencia con ganas, como si él mismo anhelara tener una.
Comprendo lo que dice, la vida me ha llenado los cojones de situaciones dolorosas que necesito eyacular. Hace poco me realicé una rueda de exámenes médicos y la doctora, con cara de «te lo advertí», me dijo que me quedan riñones para un año. Un temblor me recorrió. Debo convertirme en un santurrón ordenado, un pelmazo que no pruebe las grasas, el colesterol ni el potasio. Qué clase de vida es la que me aguarda, nada de alcohol, nada de trasnoche. Hasta un canario tendría más posibilidades.

No quiero dramatizar, así que resumo como empeñé los riñones: Tengo treinta años y hace veinte soy diabético insulino dependiente. Debía llevar una vida muy mamona, dietas, horarios y disciplina. En fin… tomé el atajo. A la edad en que uno cree ser de acero, opté por llevar una vida hardcore, incluso en períodos autodestructiva. Por años fui el que más chupaba y el último en acostarse. Después quise comprometerme con las causas sociales, pero ser revolucionario me quedó grande. Era y sigo siendo muy ególatra, no me gustaba eso de no usar mi nombre, yo quería figurar, quizás por lo mismo me acerqué a la literatura marginal. Bebí la sangre de Céline, recorrí la América de Sheppard y me empapé de la visión descarnada y humana de Hank. La literatura se volvió mi manera de viajar y mi alimento. Harta calle, mucha filosofía de bar, rabia, eso sobre todo, rabia con el mundo y principalmente conmigo mismo. La insatisfacción y el alcohol solían terminar en estúpidas provocaciones y puñetazos a lo bar del lejano oeste. En esos años salir de farra conmigo era un riesgo para la dentadura.

Ocurre siempre, cuanto más me esfuerzo para conseguir algo, a mitad de camino termino perdido, como si hubiese olvidado los objetivos. No es que sea flojo o inconstante, de hecho me gusta la sensación de esfuerzo y el posterior cansancio. Loriga, escritor español de sensibilidad brutal, dice en su primer libro: «las carreteras son mejores si no te empeñas en ir a ninguna parte. Ir es estupendo, llegar nunca es ni la mitad de bueno». Frases endemoniadamente sabias.

En el país este año hay elecciones y los políticos se desviven instalando espejismos en las mentes de la gente, como si muchos destinos estuvieran en juego. Un año clave donde mi subsistencia y mi futuro se tiran a la balanza. En cualquier caso deberé morir, al estilo clásico o de una manera literaria, reinventándome para convertirme en un canario comelechugas. Esta columna es un tributo al que tendrá que desaparecer.

Recuerdo navideño
Mi madre, como laúd en una sonatina, aparece difusa al fondo. Está más joven, siglos más delgada. Brillos y luces me hacen suponer que se trata de Navidad.

Finalmente me veo la cara, soy yo, un pendejo cretino, estoy con una cara de mierda y de desastre, dramatizando a mares con lagrimones que se empeñan en no caer e hinchan mis ojos. Estoy mirando ese árbol de pascua, que como ya me han anunciado, no tendrá nada de lo que me esperaba. Este sí que ha sido un período para inmortalizarme. Es fin de año y hace dos semanas me he enterado que repetí cuarto básico.

Es posible que esa misma tarde u otra haya desafiado a mi madre, la he mirado a los ojos y con la pera temblando de rabia le he dicho que no quiero vivir con ella. Le digo que me quiero ir a vivir con mi padre, siento su dolor, ha sido «touche». Intenta no acusar el golpe inútilmente mirando para otro lado, no me contesta, no dice nada, no existo.
Tengo los frenillos escondidos al fondo del freezer, detrás de las cubetas de hielo. Sé que aún le deben faltar unas doce cuotas para terminar de pagarlos. La tarde en que le invento que los he perdido su rostro se desfigura, parece haber recibido un martillazo en la quijada. Como puede se rearma y me interroga mientras me invita a que los busquemos, a que no los demos por perdidos. No le hago el menor caso, ni pesco. La sigo de lejos, de reojo la veo buscarlos con desesperación. Mi ensalada de dientes parece ser problema de ella y no mío. Me siento satisfecho.
Ya es de noche y la recuerdo llorando mientras habla por teléfono. Cuando cuelga me llama y con una importada molestia o enojo me anuncia que este año no habrá Navidad en nuestra casa. Me recuerda todas mis faltas: mi insolencia, el fracaso de mi año escolar y la famosa pérdida de los frenillos.

No sé qué decirle, así que la miro indiferente. Soy un niño duro, no una niñita -pienso, mientras la detesto con todo mi ser-. En realidad estoy hecho polvo, por esa época tener o no tener bicicross marcaba la diferencia entre ser un niño feliz o simplemente un niño.

La señora enemigo me habla con fingida ternura. Me pide que vaya a esperar a mi abuela al estacionamiento, mientras ella saca adelante los últimos detalles de su comida de fin de año, por ese entonces vivimos en el séptimo piso, en Ñuñoa, en un edificio que desde que se fue mi padre encuentro horrible. Mi abuela materna no va a estar de acuerdo con toda esta injusticia pienso, mientras le pongo un ojo al vacío árbol de pascua. Decido bajar por la escalera, es un edificio de diez pisos, casi digno. Mientras bajo pienso en muchas cosas, planeo arrancarme esa noche y arruinar lo que pueda quedar de festivo. Al llegar al primer piso me cruzo con mi abuela, constatando que no trae regalos. La abrazo y me hago la víctima, le cuento que me quiero arrancar, lo hago justamente para que lo evite. Ella que es sabia, me toma de la mano y con cariño me pide que antes de arrancar la vaya a dejar al departamento. No puedo negarme, ni tampoco quiero. El ascensor se tambalea suave mientras sube.

Estoy entrando al departamento con mi abuela de la mano, un olor propio de la alta cocina nos cobija. La mesa está puesta y algo humea en una fuente. Al fijarme en el fondo del living, botada cerca del plasti-pino navideño está mi bicicross, que se nota se ha ladeado y caído. No sé qué hacer, esto no estaba previsto. Algo me turba y me avergüenzo, siento como mis ojos se humedecen, tengo pena, una pena infinita, tengo rabia, pero conmigo mismo.
Lloro, no puedo dejar de llorar, mi madre se acerca y me abraza como perdonándolo todo, nuevamente me ha ganado, me ha dado una lección, una de las más potentes que haya recibido nunca. Mi abuela se nos une y también me abraza, sigo llorando, pero ya no tengo pena. Una válvula dentro de mí se ha abierto. Estoy seguro que ni se sospechan las razones de tanta alharaca.

Último año
Danielo Maestre
Ediciones Contramaestre, 2017, 66 páginas.