La Presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC), Josefina Canales, le entregó esta tarde una carta al Papa Francisco, quien hoy visitó la casa de estudios para entregar su mensaje en el que le agradeció al rector Ignacio Sánchez por defender con coraje el espíritu de dicha universidad.

La misiva entregada por la FEUC, que lleva por título “La Iglesia ausente”, efectúa una sentida crítica por su alejamiento con los más desamparados y necesitados de Chile, todo esto en momentos en que se lucha contra la fuerte desigualdad, injusticia e impunidad en la sociedad.

A continuación te mostramos de forma íntegra el escrito entregado por los estudiantes de la FEUC al Sumo Pontífice:

“Su Santidad Papa Francisco:

Como Directiva de Federación de la Universidad Católica agradecemos su visita al país y a nuestra universidad. Esta venida abre la oportunidad para discutir sobre diversos hechos que han acontecido durante los últimos años en Chile y en nuestra universidad.

La Iglesia católica ha jugado un rol importante a lo largo de toda la historia de Chile, constituyéndose como un actor social relevante en la vida pública y privada de los chilenos y chilenas. Este largo camino ha tenido encuentros y desencuentros, momentos en que se ha encontrado con el pueblo chileno y momentos en los que se ha alejado. Durante años la Iglesia se abocó en la búsqueda de cambios que intentaran transformar el injusto presente de los más necesitados en Chile. Jugó un papel trascendental en lograr la reforma agraria que trajo dignidad al campesinado chileno, que se encontraba en condiciones similares a la esclavitud. En otros momentos, se preocupó también de impulsar el sindicalismo obrero, que tanto hacía falta en Chile. También protegió a los perseguidos por la dictadura, arriesgando incluso la vida de sus propios miembros. Sin embargo, hoy vemos como esa búsqueda de mayor justicia social ha sido abandonada por la Iglesia chilena, la cual ha olvidado su rol social.

Hace una década nuestro país empezó a vivir intensas transformaciones sociales que han ido en la línea de incluir a los más postergados dentro de nuestra sociedad, una sociedad que sufre de una enorme desigualdad económica y social, donde derechos básicos, como el acceso a vivienda, educación y salud digna no están garantizados y, en gran parte, dependen de la capacidad de pago de las familias. Hoy en día, lamentablemente, existen dos Chiles: uno para quienes pueden pagarlo y otro para los excluidos. Movimientos sociales como el estudiantil, el de pensiones, el de una vivienda digna y el feminista han buscado reivindicar demandas sociales de un pueblo silenciado. Estas demandas han sido apoyadas por gran parte de población, pero han tenido un gran ausente: la Iglesia chilena.

Hemos visto como el clero ha tenido un rol pasivo y muchas veces de encubrimiento con los responsables de abusos sexuales, protegiendo así la imagen de la Iglesia por sobre la verdad, al victimario por sobre a la víctima. Con esto se ha causado un daño tremendo a las víctimas y sus familiares, y además se ha fomentado la impunidad de quienes merecían castigo. En nuestra universidad, donde usted es el máximo jerarca, hemos tenido tibios avances, con un protocolo de abusos que se demora más de 9 meses en entregar respuestas, meses que son de silencio incertidumbre y angustia para las víctimas. Hemos visto medidas insuficientes en la prevención, y también hemos visto el dolor y la angustia de las víctimas por la ausencia de la universidad. La Iglesia ha elegido ser ciega a la hora de ver los casos de abusos y muda a la hora de denunciarlos. Misma suerte ha corrido nuestra universidad muchas veces.

Desde el 2006 la sociedad chilena ha salido a las calles a manifestarse por el derecho a la educación, consagrado para todas y todos, sin discriminar por capacidad de pago. Por una educación que deje de preocuparse de lucrar en vez de educar. Este modelo educativo ha dejado a miles de estudiantes y familias con una pesada mochila de deudas y sueños rotos. Esta larga lucha ha buscado reformas estructurales, que alejen la educación del mercado y la acerquen a las salas de clases. Pero hemos visto que estas reformas no han llegado, y una pequeña élite ha buscado cerrar acuerdos entre ellos, a espaldas de la ciudadanía. La Iglesia nuevamente no estuvo con los movimientos sociales, como ha predicado históricamente. Estuvo lejos de las calles y cerca de quienes buscaban cerrarle las puertas a la ciudadanía, cerca de los privilegiados. Esa es la Iglesia chilena hoy.

Esa misma Iglesia es la que está encargada de nuestra universidad, una que lidera y exhibe rankings académicos, pero que muchas veces es incoherente con su propia catolicidad y con su rol público. En nuestra universidad gran parte de los trabajadores se encuentran bajo el régimen de subcontratación, donde como estudiantes hemos sido testigos de las indignas condiciones laborales a las que se ven sometidos diariamente las y los trabajadores. Hablamos de condiciones indignas cuando no tienen los implementos necesarios para trabajar, cuando sus espacios de descanso no cumplen con mínimos de humanidad, cuando los supervisores permanentemente cometen abusos contra sus derechos, aprovechando su posición jerárquica, dejándolos en una posición precarizada y vulnerable. Hablamos de condiciones indignas cuando el salario que reciben no alcanza a ser el sueldo ético propuesto por la misma iglesia. El sufrimiento de los trabajadores subcontratados es el sufrimiento de toda la comunidad universitaria, un sufrimiento que no ha encontrado respuestas por parte de la institución.

Una universidad debe caracterizarse como un espacio abierto al diálogo y al encuentro entre diversas posturas para lograr una búsqueda reflexiva sobre la verdad que vaya orientada hacia el bien común. Bajo un clima de respeto es donde la universidad como institución, donde se reflexiona críticamente sobre la sociedad puede florecer. Hoy ese clima difícilmente existe, la universidad se ha alejado de un clima de respeto, persiguiendo y expulsando a académicos por tener un pensamiento distinto al que profesa nuestra institución. Esta persecución nos hace ser menos universidad y menos católica.

Estos son parte de los sufrimientos que enfrenta nuestra sociedad y nuestra universidad. Una sociedad que ha postergado la inclusión de aquellos que ven vulnerados sus derechos diariamente y que no han encontrado respuestas en un sistema político que los ha marginado, y tampoco en una Iglesia que se ha mantenido ausente. Esperamos que el dolor y el sufrimiento de los estudiantes, de los pensionados, de las víctimas de abusos, de los trabajadores subcontratados y de los académicos expulsados sean también el dolor de la Iglesia.

En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres”.

Vale decir que los estudiantes desplegaron un llamativo lienzo en un edificio cercano a la UC, en momentos en que el Sumo Pontifice ingresaba a la casa de estudios: