Tenemos unos veinticinco minutos, pero la conversación va a extenderse casi hasta la hora. Pablo Avelluto, ministro de Cultura argentino, ha encontrado un hueco en su agenda y una tarde de martes me recibe en su elegante despacho de la calle Alvear, en una esquina apacible de la Recoleta, Buenos Aires.

Avelluto, de 51 años, tiene ya un largo recorrido dentro del campo cultural argentino. Fue jefe de Prensa de Planeta, director editorial de Random House y Coordinador General del Sistema de Medios Públicos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Hoy es considerado uno de los ideólogos fundamentales de Cambiemos, el movimiento político encabezado por Mauricio Macri, que no se reconoce deudor de ningún pasado nacional y enarbola estridentes pero efectivos conceptos políticos como “felicidad”, “creatividad” o “tolerancia”. Es un tanto el disfraz sumamente político de despolitizar la política.

Avelluto dice sentirse a gusto dentro de esta línea ideológica. Es, además, uno de los pocos ministros que aprueba el aborto, ahora que el país intenta presentar un proyecto de ley en el Congreso a favor de la interrupción voluntaria del embarazo, y un fuerte reclamo femenino y social, expresado incluso en marchas movilizadoras, pide su aprobación.

-¿Qué se aprende en la industria editorial que luego uno pueda aplicar en un ministerio?

-Un poco el trabajo de traductor. No de traductor en el sentido clásico literario, pero sí, o tal vez sí, de traductor de diferentes lenguajes. Los artistas y los escritores, por una parte, y el sistema promocional y empresarial de la industria editorial, por otro. La lengua que hablan los accionistas es muy diferente a la lengua de los novelistas o los periodistas o los poetas. La industria editorial me permitió combinar ambas lógicas idiomáticas y poder entenderme con los dos polos de esa industria. De alguna manera, en un universo infinitamente más amplio, algo similar sucedió cuando llegué al Gobierno.

Lo otro que me ha servido es una máxima del negocio editorial: “Nunca confundas tu biblioteca con tu catálogo”. No confundir lo que a uno le interesa con lo que uno publica. El ministerio de Cultura en Argentina, como en muchos casos de América Latina, tiene un rol de programador, y rara vez me encuentro programando eventos que sean muy de la línea que a mí me interesa. Lo digo en términos de consumidor compulsivo de cultura o de bienes y servicios culturales.

-¿Qué lenguaje se habla más en este ministerio, uno propiamente administrativo, o uno cultural? Ha habido varios cierres de proyectos en esta cartera y en enero de 2016, al comenzar, hubo un despido de 500 trabajadores.

-Que sean dos lenguas diferentes no quiere decir que sean universos contrapuestos. Creo que no hay gestión posible si no hay administración correcta de los recursos. Ahora, nosotros recibimos un ministerio sobrepoblado y fuimos los primeros en realizar concursos de posición o de antecedentes. Así hicimos, por ejemplo, para la dirección de los más de 20 museos nacionales que dependen del ministerio. Por lo tanto, en muchísimos casos el empleo público en la Argentina era un modo de financiamiento de la actividad política, militancia rentada. En el último año de la gestión anterior la dotación del ministerio creció un 25%.

Yo estoy muy en contra de la oposición radical entre cultura, arte y plata. Me parece que es una idea disuasiva. Una buena gestión cultural requiere armonizar ambos elementos, una rentabilidad de los recursos, que siempre son escasos. Y siento que todavía, no solo en la Argentina, sino en muchos países de América Latina, hay una cierta visión romántica, o cándida, si uno quiere, con relación a las políticas culturales, como si fueran políticas estrictamente de subsidio. Que las tenemos, y también las hemos hecho crecer, pero hacemos cosas superiores cuando invertimos mejor el dinero público.

-¿Ese sentido de la eficiencia no puede ser también una cortina de humo para aplicar recortes a la cultura?

-No en mi caso.

-Es un criterio extendido entre artistas e intelectuales argentinos desde que Cambiemos está en el poder.

-Bueno, pero tiene que ver en muchos casos con las entidades partidarias de los artistas. Este gobierno ha dado más subsidios y becas que cualquier gobierno anterior y eso es chequeable. Tomemos el caso del cine. Se nos acusó de que queríamos destruir la industria, quitarle presupuestos o recursos. Sin embargo, en 2017 se estrenaron más de 200 películas entre documentales y ficción. Hubo aproximadamente 60 rodajes de largometrajes de ficción, una cifra altísima, y ya sabemos que en 2018 habrá una cifra cercana a los 80 rodajes. Me remito a los hechos.

La idea de que hay ajustes porque el gobierno no cuenta con un perfil cultural tiene que ver con un mal entendido ocurrido durante el gobierno anterior, que consideraba la política cultural como una herramienta de propaganda, muy eficaz durante bastante tiempo. Yo viví eso desde mi rol como editor de libros. Las delegaciones a ferias, en muchísimo casos, se armaban con escritores oficiales, algunos de los cuales apoyaban genuinamente al gobierno. No estoy diciendo que lo hicieran por dinero, pero también se les pagaba.

-¿Ese aumento en la producción de películas no podría deberse también a un trabajo iniciado en el gobierno anterior? ¿Hay un proceso de continuidad en la política argentina o la responsabilidad absoluta de las cosas, sean buenas o malas, es solo de uno u otro gobierno?

-Depende. En el caso del incremento de las políticas de subsidios, créditos y becas estoy convencido de que no, porque ahí hubo una modificación nuestra importante. Por ejemplo, triplicamos el presupuesto del Fondo Nacional de las Artes. Si vos me decís infraestructuras nuevas, como el CCK, obviamente que sí, se construyó en el gobierno anterior. En el Instituto Nacional del Cine hay elementos de continuidad, pero fuimos nosotros quienes atacamos la ausencia de transparencia en el manejo de los recursos públicos. Nosotros no hacemos una gestión antikirchnerista, lo contrario al kirchnerismo no es el antikirchnerismo, sino una república con muchas voces. Fiel a una vieja tradición latinoamericana populista, aunque tome algunos puntos de las agendas de la izquierda, el kirchnerismo ha sido un régimen muy autoritario y en muchos casos muy poco democrático. En una democracia el otro no es el enemigo, el otro es el otro, el que piensa diferente en algunas cosas y en otras no, nada más.

-No hacen una gestión antikirchnerista. Sin embargo, el kirchnerismo ha estado sobre la mesa, lo menciona de modo constante y no estoy completamente seguro de que no haya entonces un tratamiento kirchernista del kirchnerismo.

-No, para mí no es el enemigo

-Pero lo puede parecer.

-El kirchnerismo ha sido la última manifestación de un estrepitoso fracaso nuestro como nación, pero no es el culpable. Y nosotros estamos en contra de haber fracasado como país. Tener un 30% de pobres, o una de las inflaciones más altas de Latinoamérica, con altos niveles de corrupción. Eso no es obra del kirchnerismo, eso es obra de los 50 y los 60.

-La línea ideológica de Cambiemos, una línea pos-política asentada en conceptos como felicidad o tolerancia, ¿qué es?

-Adoro esos conceptos. El concepto de felicidad está en la declaración de independencia de Estados Unidos, un país que nació para hacer felices a sus habitantes.

-¿Estados Unidos es el modelo de Cambiemos?

-No. Estoy diciendo que la definición de felicidad como concepto político aparece en la declaración de independencia estadounidense. Porque la sociedad no tiene que ser de izquierda o de derecha: tiene que ser feliz.
 
-¿Cuál es el concepto de felicidad que define a Cambiemos? ¿El concepto de la declaración de independencia norteamericana?

-Hay miles de definiciones de felicidad.

-Por eso. Se presta para todo y para nada.

-Tiene que ver con liberar las fuerzas productivas de la sociedad en todos los aspectos: culturales, económicos y políticos. No estoy diciendo que no sea un concepto ideológico. Lo que estoy diciendo es que las categorías que se han usado a lo largo del siglo XX, izquierda o derecha, hoy son confusas. ¿Es de derecha el gobierno que se preocupa, más que ningún otro en la historia del país, por el transporte público?

-De acuerdo, pero la…

-No. Te doy mi respuesta. No lo es, lo cual no quiere decir que no haya gente que no se identifique con la derecha en nuestro gobierno. Tampoco creo que la izquierda tenga una superioridad moral, como han planteado históricamente en América Latina. Una izquierda que también ha fracasado en muchísimos de los países donde ha gobernado.

-Si nos circunscribimos a sus funciones como ministro, ¿conceptos como felicidad o tolerancia no sirven acaso para crear confusión o esconder las relaciones de conflictos que se dan en el campo cultural, que es un campo siempre en tensión, de competencias?

-No están escondidos esos conflictos, están abiertos. Vos mismo me decís que hay muchas personas que perciben que la gestión cultural es de ajuste o de lo que sea, entonces yo lo que digo es que me muestren los datos.

Ahora, la nuestra es una fuerza política que no tiene historia en la Argentina, tiene solo diez o 12 años, es de este siglo, no tiene muertos. Y nuestra historia política anterior está basada en muertos, muertos ilustres, próceres, expresidentes muertos. No entramos en la liturgia de la muerte que había en la Argentina. Justificada o no. No me importa. No veo el optimismo como un concepto frívolo. Tengo esa discusión con muchos intelectuales, que tienden al pesimismo de la inteligencia. Creo que hay una transformación generacional que nos está acercando a una mejor institucionalidad, a una apertura en el diálogo.

-Son conceptos que hay que cargar de sentido

-Bueno, en eso estamos. Hace solo dos años que gobernamos.

-Me dice que Cambiemos no tiene muertos, ¿no?

-No.

-Pero quien no tiene muertos, no tiene memoria.

-Yo, como David Rieff, creo que en nombre de la memoria se cometieron también muchos abusos a la hora de pensar el pasado. Se han construido doctrinas oficiales sobre el pasado que yo discuto, lo cual no significa que discuta el pasado y su existencia. Lo que discuto es que hay una idea un poco inaplicable, que es hacer justicia con el pasado. No estoy planteando una visión ahistórica de nosotros mismos, sino cuestionando cierta visión melancólica, una suerte de permanencia en el pasado que obtura el desarrollo del presente.

-En una entrevista usted declaró que no eran el ministerio de los intelectuales. No obstante, ahí mismo, cuando menciona los logros de esta gestión, citas ejemplos que me parecen eminentemente intelectuales, como que hay más visitas a la Biblioteca Nacional o que la Biblioteca ya cuenta con los archivos de Silvina Ocampo y Bioy Casares.

-Lo que quise decir es muy simple. Alguien menciona que hay muchos intelectuales críticos de la gestión cultural del gobierno y yo digo que no gobernamos para ellos. No creo que los intelectuales tengan alguna superioridad moral o filosófica. El voto intelectual no vale más que el de un camionero. En una democracia todos los votos valen uno, y nuestra gestión pública, en un país tan desigual, no es dejar satisfechos a los intelectuales, sino a la sociedad, que cuenten con mayor acceso a los bienes culturales. Eso fue lo que quise decir.

-Hay una visión electoral del asunto cuando me dice que todos los votos valen uno. No se trata de términos cuantitativos, sino de argumentos y discusión pública.

-Claro, pero esos intelectuales, al colaborar con el gobierno anterior, se encuentran en la disyuntiva de que son intelectuales de partido, oficiales. No son intelectuales críticos. Son Sartre, no son Camus. El intelectual argentino kirchernista no habla como un intelectual libre e independiente, sino como un vocero de la oposición, lo cual me parece legítimo, por otra parte.

-He leído crítica de escritores y artistas que no pueden ser calificados de kirchneristas. Juan José Campanella criticó la destitución en 2017 del presidente del Instituto de Cine. Dijo que era una especie de farsa o desmantelamiento.

-Y fue falso.

-Fabián Casas critica su nombramiento como ministro en una columna y no es kirchernista.

-Las críticas de Fabián Casas no son mejores porque las dice Fabián Casas. Fabián Casas es escritor.

-No, pero hay argumentos que hay que atender.

-¿Cuáles son esas críticas?

-Él dice, por ejemplo, que el hecho de que alguien como usted sea ministro de Macri es algo perfectamente lógico, que explica la política cultural de los recortes o los despidos porque esto ya había sucedido cuando lo eligieron a usted director de El Gráfico.

-Sí, hace 35 años que trabajo. No soy una persona que (h) echa trabajadores todos los días en la mañana. Las estigmatizaciones y la utilización de una columna periodística para resolver cuestiones personales me parece (n) abyecta. Y Campanella se enojó porque echamos a su amigo. ¿Qué quiero decir con esto? Él está en contra de lo que hicimos en el INCAA, pero hoy el INCAA está a favor de lo que hicimos en el INCAA porque se hicieron más películas.

-¿Y acaso el INCAA no está favor de lo que se hace en el INCAA porque quienes están ahí ahora actúan en este gobierno bajo la misma lógica del kirchnerismo?

-A mí lo que me importa del INCAA es que la plata, muchos millones de pesos, llegue al fomento del cine argentino. El INCAA tiene denuncias penales de los últimos tres presidentes del Instituto.

-Este presidente, Alejandro Cacetta, que todos los cineastas de la industria decían que era honesto, ¿no lo era?

-Creo que era honesto, pero no alcanza con ser honesto. 

-¿Era ineficiente? ¿No administraba como debía?

-No. Se presentaron una enorme cantidad de denuncias vinculadas con hechos de corrupción, o al menos situaciones poco claras que ocurrieron debajo de esa estructura gigante que tiene el Instituto del Cine. Yo le pedí (a Cacetta) que interviniera sobre esos hechos. No lo hizo y luego pedí su renuncia. No tengo ningún remordimiento por eso.

De vuelta entramos en la tensión entre administración y gestión y políticas culturales. Acá se llegó al delirio de decir que éramos reaccionarios, neoliberales. No, señores, no se puede robar plata. Tiene que participar la justicia y determinar qué pasó. Y en ese caso todo se denunció.

-¿Por qué está a favor del aborto?

-Por múltiples razones. La principal porque creo que los abortos existen y van a seguir existiendo, y no conozco a ninguna mujer que haya pasado por la decisión de abortar para quien no haya sido un tema poderoso, fuerte. Y creo que el Estado le tiene que dar a esas mujeres todas las condiciones de seguridad, institucional y sanitaria, para que puedan decidir en libertad. Tengo otros motivos, pero ese es el principal. 

-¿La gestión administrativa de un ministro de Cultura deja tiempo para leer?

-Cada vez menos. Trato de ver cine, pero leer un libro entero me lleva cada vez más tiempo, se me hace cuesta arriba. Aprovecho los viajes, pero sí, esto me había pasado ya en la industria editorial. Te contratan porque te interesa la cultura pero no te dan tiempo para seguir disfrutando de ella. 

-¿Hay algo contradictorio en ser ministro de Cultura y tener obligatoriamente que alejarse un tanto de ella?

-Es complejo, lo he hablado con amigos, pero tampoco es para toda la vida.

-¿Cansa o reconforta un ministerio?

-Hay días que cansa y hay días que reconforta. Ahora te diría que me reconforta más porque hubo una curva de aprendizaje. Nadie te enseña a ser ministro y, cuando acumulas experiencia, probablemente ya dejas de serlo. Lo que sí me ha permitido este puesto, lo digo un poco desde el narcisismo, es que como ciudadano pude ver el teatro de la política desde la platea, luego como editor de libros, sobre todo publicando muchos libros de no ficción, y hoy lo veo desde el escenario, aunque no sea en un lugar central. Es raro que uno pueda hacer ese circuito en algún lugar. Ahora puedo ver y entender más las ideas diferentes a las mías.