Algunas personas están sorprendidas al saber que no solamente inmigré a Chile, sino también renuncié a mi nacionalidad norteamericana para tomar la chilena. Es que prefiero la libertad y con todos sus defectos Chile es aún más libre que los Estados Unidos de América. No quiero decir que el Estado chileno sea bueno en todo; soy libertario y conforme a mi vivencia, marco teórico y los resultados empíricos hechos por muchos eruditos: todos los Estados son viles.

En Chile no hay justicia, hay delincuencia; es una sociedad tramposa, mentirosa y desconfiada con un odiosa burocracia asociada a horripilantes trámites. La minoría de marxistas es repugnante y fastidiosa. Estas cosas son molestas. Sin embargo, hay docenas de excelentes razones para estar en Chile: los paisajes hermosos, el buen cuidado médico, bajos impuestos, privatizaciones de pensiones y empresas, viviendas a precios razonables en lugares chilenos de Primer Mundo, buena comida, una gran cantidad de libertarios, un enfoque sólido de la familia, fuerte oposición al aborto, etc.

Yo abandoné los EE.UU. y eliminé mi nacionalidad porque no quise estar vinculado con ese Estado y adopté la chilena porque este Estado es un poco menos maligno. Soy más optimista sobre el futuro de Chile que el de Norteamérica. Chile es mi patria ahora y estoy trabajando para que sea aún más libertario.

¿Qué pienso sobre la vieja patria? No mucho; no siento ninguna obligación moral de liberar EE.UU. de su maldad, ni tampoco levantar fondos para liberar a los siervos allá de su esclavitud. ¿Acaso soy un degenerado o indolente por no importarme arreglar el gran despelote allá? Mejor recomiendo a norteamericanos que vengan a Chile.

Para mí, es claro que la vida es una lucha entre lo bueno y lo malo, ayudando a otros ser un poco más libre, aunque mi principalmente deseo es que Chile avance hacia una mayor libertad. Es esta libertad un fuerte imán para atraer a los inmigrantes oprimidos—algo similar al caso de Hong Kong en el Siglo XX. Mi idea no es original, ya que en el Siglo XIX y las primeras décadas del Siglo XX, Valparaíso de Chile cumplió la función de imán. Quiero que vuelva ser igual en Siglo XXI y que el mundo oprimido, pobre ignorante y perseguido llegue a sus costas y el resto del país.

Soy inmigrante y estoy muy agradecido de Chile porque me acogió en marzo de 1996 con 33 años, sin trabajo, con menos de USD$10.000 en ahorros, cinco niños menores de ocho años (y otra por nacer ese julio), y sin hablar mucho castellano. Tuvimos visa temporaria, conseguidas antes de abordar el avión, pero nada más excepto coraje, dedicación y diligencia.

Además, he sido serio en promocionar a Chile. He publicitado y “vendido” al país (desde 2006) a muchos norteamericanos y europeos, llegando varios de ellos—algunos pocos en condiciones similares a mí en 1996. Ahora, éstos hablan, más o menos, en español. Muchos de ellos trabajan acá y están solicitando la nacionalidad chilena. Feliz estoy por ellos y ojalá sean una gran bendición para Chile.

La ayuda de algunos fabulosos individuos (Chicago boys o, en un caso, UCLA boy) que confiaron en mí y me dieron trabajo aunque hablaba pésimo en castellano, facilitó mi crecimiento laboral y el desarrollo de algunos proyectos en este país. No puedo dejar de mencionar y agradecer de manera especial a Álvaro Vial, quien incluso fue el aval que permitió arrendar mi primer departamento en 1997, Harald Beyer, Cristian Laurroulet, y más adelante en 2008 Francisco Labbé, entre otros.

Mencionar a estos nobles hombres no es decir que obtuve trabajo por pituto o favoritismo. En un instante, debí pasar una prueba antes de ser contratado en la Universidad Finis Terra: la prueba consistió en obligarme impartir durante un semestre un curso en inglés sobre temas de libre mercado y políticas públicas, para autoridades y profesores de la universidad. Entonces, gané el trabajo por los méritos observados en mí. Agradezco infinitamente la oportunidad que me dieron. Además, nadie reclamó que iba a quitar el trabajo de un chileno en la universidad. Sus autoridades, con la excepción de Adelio Pipino, fueron pro-inmigrante. De verdad, logré todos mis trabajos en Chile por mérito y ninguno por pituto.

Ahora, yo quiero ayudar a otros inmigrantes como otros han ayudado en el gran flujo de inmigrantes desde 2015. Por ejemplo, estoy especialmente feliz ver a los bautistas trabajando con los inmigrantes haitianos para que aprendan español y la Biblia. Soy libertario en palabra y acción.

A diferencia de otros chilenos, ¿cómo puedo ser anti-inmigrante después de tener tan buena recepción? Me he instalado en el país, trabajando, pagando impuestos, participando en la política e iglesias, escribiendo 1.505 cartas al editor y siendo el sujeto de muchos entrevistas de la prensa. Hablo como la mona todavía, como se dice en Chile, pero estoy relativamente cómodo escribiendo este artículo en español (teniendo personas que me ayudan corregir errores en redacción), antes de ponerlo en inglés. Otro asunto: una hija nació aquí en Quilpué en julio de 1996 y es chilena. Tengo otro hijo que optó por la nacionalidad. Feliz estoy. Siempre he sentido bienvenido a Chile.

Me comentaron Álvaro Vial y Héctor Hevia (entre otros) que fueron a estudiar en las universidades de Chicago y Western Michigan, respectivamente, cuán sorprendidos estuvieron que los gringos les recibieron con mucho bondad, dispuestos a ayudar al extranjero desconocido. De acuerdo que la generosidad y la entrega desinteresada del norteamericano no tiene paralelo en el mundo. (Es un país formado por inmigrantes perseguidos, oprimidos y ignorantes pobres, ¿no?)

Al verme en 1996, me dijeron que aprovecharon la oportunidad de devolver lo que ellos habían recibido: ayuda y la entrega desinteresada. Otras veces me ayudaron otros hombres en 2008 y 2015. Cabe mencionar que Pablo Baraona, Hermógenes Pérez de Arce y súper-libertario Álvaro Bardón se pusieron casi como mis fans en ayudarme ser “un chileno más” y emblemático (¿o enigmático?) de un libertario que creían en todo lo económico que hicieron en Chile bajo Pinochet y que mostraba su preferencia vivir en estos confines en vez de los “fabulosos” Estados Unidos. Estoy agradecido de ellos también.

Pusieron este aviso para mí en La Estrella de Valparaíso en enero de 1996. La Sra. Marta Ramírez (otra fabulosa persona) respondió y nos arrendó una casa de campo en Lo Hidalgo, entre Limache y Villa Alemana. Estoy con gratitud de nuevo porque tuvo interés en mi caso. Desde allí, lancé mi vida en Chile. No ha sido fácil, pero he demostrado que sí se puede lograr éxito como inmigrante en Chile.

Estoy mirando las provisiones del proyecto de ley de Presidente Piñera (abril de 2018) para modificar la ley de inmigración. Creo que va a provocar más distorsión que solución. ¿No sería mejor privatizar la frontera? (He escrito sobre esta política innovadora varias veces.) ¿En qué sentido soy diferente que el inmigrante haitiano a menudo menospreciado? Mi piel es blanco, mis ojos claros y mi formación universitario y posgrado y mi desempeño profesional es lejos mejor que la de ellos. Las diferencias que tengo con inmigrantes de Argentina, Colombia y Venezuela son menores, excepto que ellos ya hablan en español, y no como la mona, y por eso me claramente ganan. Aparentemente hay un prototipo de inmigrante que gusta el gobierno chileno bajo Piñera.

En todo caso, tengo empatía para con los inmigrantes a Chile de 2015-2018. Espero que Chile sea beneficioso para ellos, y que formen parte de nuestro partido política libertario: el Partido Independencia (¡y algunos nuevos Bautistas también!). Normalmente aquellos que han huido de la opresión y la malicia social, perseguidos por la izquierda, llegan a su nueva patria dispuestos a oponerse a la izquierda. ¿Cuán beneficioso sería esas circunstancias para la derecha?

John Cobin, Ph.D.