“El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros voy a hablar”.

La frase había sido pronunciada por el propio Papa Francisco cuando el 18 de enero pasado se aprestaba a dejar Chile después de un periplo de tres jornadas, todas éstas acompañado por el obispo de Osorno.

Ese día, y dejando una estela fría, un sabor amargo de boca en la comunidad de la ciudad sureña, el santo Padre salía ante las cámaras de televisión a respaldar al cuestionado prelado. “No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia”, afirmaba el papa argentino.

Pero la cosa cambiaría a las pocas semanas. El mismo Francisco enviaba a dos emisarios del Vaticano para atender los testimonios de las víctimas. Para recabar información respecto del rol de Barros. Como encubridor de Karadima, como lo apuntalan.

En paralelo, el cura Peter Kliegel de la ciudad de Osorno escribía una carta a la iglesia chilena en la que fustigaba: “En su discurso en el Palacio de la Moneda el Papa manifestó su “dolor y vergüenza ante el daño irreparable causado a niños por parte de ministros de la Iglesia”. Yo siento dolor y vergüenza ante la actitud de mi obispo diocesano, Don Juan Barros, que en todo este viaje papal se “refugió” aparentemente en la presencia del Papa, pero en tres años, en varias oportunidades, no fue capaz de enfrentar en Osorno la persona de Don Juan Carlos Cruz, víctima de Karadima, para un diálogo aclarador en presencia de nosotros, sacerdotes y diáconos. Cada vez nuestro obispo “desapareció”. Siento vergüenza por mi pastor y obispo. Duele”.

El comienzo de la caída

El inicio de la historia, o del camino que se cierra la mañana de este lunes 11 de junio, casi cinco meses después de la venida del Papa a Chile, partiría de alguna manera el 20 de febrero de este año con las declaraciones del arzobispo de Malta, Charles Scicluna, quien en Santiago expresaba: “He venido a Chile enviado por el Papa Francisco para recoger informaciones útiles concernientes a Monseñor Juan Barros Madrid, obispo de Osorno”.

De ahí en más, y tras enfermar y ser relevado en la toma de declaraciones por Jordi Bertomeu, la noche comenzaba a venírsele encima a Barros.

“Es muy gratificante y en cierto sentido reparador que personas en la Iglesia por fin te inviten para poder ser escuchados, para contar lo que hemos vivido, que se tomen las cosas en serio, sobre el abuso, encubrimiento y sobre las dinámicas de poder que han marcado el caso Karadima, de Juan Barros y de otros obispos que no han hecho lo que corresponde”, decía ante los medios el querellante del caso Karadima, José Andrés Murillo, luego de reunirse con Bertomeu.

A los dos días, el propio Barros declaraba ante Bertomeu y el obispo de Rancagua, Alejandro Goic, lo ubicaba en el precipicio:  “No lo juzgo, pero en su situación yo hubiera dado un paso al costado”.

De esa escena transcurrirían algo más de mes y medio hasta que el Papa, acaso arrepentido, convocaba a los obispos chilenos a Roma. “En lo que me toca, reconozco y así quiero que lo transmitan fielmente, que he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”, declaraba.

Juan Carlos Cruz, víctima de Karadima, era quien anticipaba la caída al decir: “va a venir un terremoto en la Iglesia chilena y varios obispos van a salir, no solo Barros”.

Entonces llegaba el encuentro de los obispos con el Papa, en mayo, y trascendía que todos ponían su cargo a disposición hasta que el máximo jefe de la iglesia católica se pronunciara.

De eso, a casi un mes, se sabe ya que Barros no va más. Que deja su cargo. Que el Papa le ha aceptado la renuncia. “Les pido con humildad que me disculpen por mis limitaciones”, ha dicho el prelado.