Aldo Silva tenía 17 años cuando abordó un Yliushin de la línea aérea soviética Aeroflot, en el viejo aeropuerto de Pudahuel en Santiago, el 4 de septiembre de 1973. Ese día, el gobierno de la Unidad Popular celebraba el tercer aniversario de la victoria de Salvador Allende en las elecciones presidenciales de 1970. Una semana más tarde, al mediodía del 11 de septiembre, el parte del general Javier Palacios cambiaría la historia de Chile para siempre: “Misión Cumplida. Moneda tomada, Presidente muerto”.

Junto a Aldo viajaron 93 jóvenes de entre 17 y 24 años, casi niños, entre ellos cuatro mujeres. Muchos eran menores de edad, aunque hubiesen podido votar en las elecciones municipales de marzo del 73, porque la mayoría de edad en la época se alcanzaba a los 21 años.

En el libro del historiador Cristián Pérez Viaje a las estepas. Cien jóvenes chilenos varados en la Unión Soviética tras el golpe, Aldo Silva cuenta que tuvo que ir de San Bernardo a Calera de Tango “a buscar la autorización notarial que mi papá me había dado y había paro de micros. No sé cómo pude ir y volver a tiempo, pero lo hice”.
Para hacer los trámites del viaje —sacar pasaportes, vacunarse, llenar papeleo— debieron atravesar un Santiago sitiado, invadido por las excavaciones del Metro, que servían de cantera para los enfrentamientos cotidianos entre partidarios de la UP y de la Confederación Democrática, CODE, que agrupaba a los partidos de oposición, desde la DC al Partido Nacional.

Aldo y sus compañeros y compañeras fueron becados por la Unión Soviética para estudiar mecánica agrícola en la Escuela Media Técnica Profesional Nº 9 de Akhtyrskiy, en la región de Krasnodar, 1.400 kilómetros al sur de Moscú y casi en la frontera de Ucrania.

La mayoría de los becados estaba vinculada la Confederación Campesina e Indígena “Ranquil”, formada en 1968 gracias la Ley de Sindicalización Campesina de 1967 y que agrupaba a los sindicatos campesinos partidarios del gobierno de Allende. Su misión en la lejana Unión Soviética de los 70 era formarse como mecánicos agrícolas, para volver, en 1976, a impulsar la mecanización del campo chileno y aportar así, desde su especialidad, al proceso revolucionario que encabezaba Allende.

Casi 45 años después de ese viaje, Cristián Pérez logró reconstruir, en parte, la historia de los 94 chilenos. No hay papeles, no hay archivos, no hay ningún documento que registre el viaje. Los archivos de la Ranquil fueron quemados en la calle el mismo día del golpe de Estado:

—Buscamos y no encontramos archivos en Chile que dieran cuenta de este viaje. Revisamos en el Ministerio de Relaciones Exteriores, y encontramos muchas becas que se daban a estudiantes chilenos para ir a estudiar a la Unión Soviética, sin embargo la salida de ellos no nos apareció. Y eso significa o que no se registró, o que deliberadamente se eliminaron los archivos. Tampoco hay mención en los diarios. Esto también tiene que ver con el contexto histórico: ellos salen el 4 de septiembre, el día en que Allende celebraba su tercer año, y el golpe es inminente. Lo hicieron rápido: sacan pasaporte, abordan el avión, saben que los van a esperar.

— Y está también la explicación de que no se quería llamar la atención, que no apareciera esto como una injerencia de la URSS en el gobierno de la Unidad Popular.

— Se les pidió que mantuvieran la reserva, es un momento en que hay enfrentamientos diarios, el centro está lleno de piedras. La situación era compleja. Probablemente esa es la razón para que no exista un registro.

Aldo Silva recuerda que se enteró de las becas gracias a una revista de la época (probablemente Ramona) y que fue uno de los últimos en inscribirse. Su audacia lo llevaría a pasar tres años en Akhtyrskiy, a casarse con una de las chilenas del grupo de becarios, a graduarse como economista en la Universidad Patricio Lumumba para la Amistad entre los Pueblos, en Moscú, y a regresar a Chile justo antes del derrumbe de la URSS: “Yo me fui justo antes de, y volví justo antes de”, dice, sonriente.

Sentado junto a Pérez en una mesa de un café de Santiago, Aldo Silva mira de vez en cuando hacia la Alameda, como recordando los días en que debía cruzar por entre los hoyos del metro para llegar al Registro Civil, y las noches que alojó antes del viaje en una casona de la calle Dieciocho.

—Nosotros íbamos a cumplir con el compañero Allende —dice—. Eso era lo principal. Éramos conscientes de eso, íbamos contentos, alegres. Era parte de nuestra vida.

Siempre que se habla de la Unidad Popular, de las expectativas de transformación del país, se habla desde un punto de vista bastante romántico. Pero este proyecto del que ustedes fueron parte tenía romanticismo, pero también tenía mucho pragmatismo. Había que hacer funcionar las máquinas que no estaban funcionando, había que mecanizar el campo. Han pasado 45 años y la gente ya no se acuerda cómo era el campo chileno. Ustedes por una parte tenían este compromiso, pero por otra iban en busca de una formación eminentemente práctica.
—Justamente, nosotros íbamos a estudiar mantención de maquinaria agrícola. Eso era desde armar la máquina, desarmar la máquina. En ese tiempo en Chile había lo que se llamaba los pooles de maquinaria, máquinas de los países socialistas que estaban llegando y estaban en diferentes partes de Chile. Y se necesitaban más especialistas, esa era la tarea que teníamos nosotros. Tienes que pensar que en esos tiempos todavía se araba con caballos. Fuera de eso nos enseñaron a hacer las partes que se necesitaban para reparar las maquinarias. Todos esos ramos teníamos: tractores, mecánica de automóviles, cerrajería, reglas del tránsito, conducción, como diez ramos. En la práctica nos llevaban al campo.

¿Qué pasa cuando se enteran del golpe de Estado, muy poco después de llegados a su destino final?
—Ahí se nos acaba el mundo. Es la gente la que nos dice “esto está pasando en Chile”, pero hablaban ruso. Nos hacían “Allende, pum pum” y cosas así, y nosotros dijimos “algo está pasando aquí”.

“Donde nosotros estudiábamos, había profesores a los que les faltaban brazos y piernas. Tú llegas ahí y todo eso te impacta. Para el aniversario de la Revolución, tú los veías desfilar con sus medallas, sin una pierna, sin un brazo y en vehículo especial que les daba el Estado. Esa gente te enseña muchas cosas, nosotros con ellos tuvimos mucho contacto, pedimos tener contacto con ellos porque era gente, para nosotros, más sabia, que había sufrido más y podía enseñarnos muchas cosas. Porque no era fácil.

“A nosotros, cuando nos dicen, todo se nos viene abajo. Nos veo a todos yendo a la residencia a llorar, a llorar, a llorar. Y todos: ‘me quiero ir, me quiero ir, me quiero ir’. Eso era lo único que pensábamos: irnos. Nada más.

¿Y ahí ustedes piden conocer a estos veteranos de lo que los soviéticos llamaban la Gran Guerra Patria?
—Nosotros hicimos una huelga, y en esa huelga, ¿qué pedíamos? Armamento. Conversábamos en las noches y un muchacho decía “yo vengo de Los Andes, yo sé un paso clandestino desde Argentina”. Y entonces decíamos “vamos por ahí, bajamos por allá, llegamos a la casa del Chico, de ahí nos vamos para allá”.

Tenían su plan.
—En realidad era un plan ilusorio, pero vivíamos de ese plan. Y alguna vez pensamos hacerlo realidad. Ya después con el tiempo tú te das cuenta de que esto no era para un día ni para dos días. ¿Qué hacíamos? Íbamos a ver televisión. ¿Qué mostraban por televisión? El Mapocho. Cuerpos. Gente acribillada. Y tú, cara que veías, era algún familiar tuyo: fuera o no fuera. Y en eso vivíamos.

¿Cómo fue el proceso de adaptación cuando se dan cuenta de que es imposible regresar, de que no pueden volver a combatir a la dictadura?
—Después de la huelga, los soviéticos nos llaman y nos explican que no hay salida en esto, que ellos no nos van a mandar a Chile, porque significaría mandarnos a la muerte. Y si nosotros fuimos representando la Confederación Campesina e Indígena Ranquil, es la Ranquil la que tiene que decir “mándenme a mis becados”, porque la mayoría de nosotros trabajaba en el departamento juvenil de la Ranquil. Nos toca el Año Nuevo 73-74. Los soviéticos nos organizan una cena de Año Nuevo: no fue nadie, quedó todo tirado, porque el dolor era muy grande. Nos quedamos en nuestras piezas, recordando a las familias. Luego ya nos damos cuenta de que esto no da para más, y es que ellos nos dicen cosas muy sabias: ¿ustedes para qué vinieron? ¿cuál era la misión? Estudiar. Y estudiar para qué. Para la revolución, para el desarrollo del campo chileno. Entonces, ¿qué tiene que hacer? Estudiar. Y cuando sea necesario, y los llamen, ustedes se pueden ir. Dijimos “mire, necesitamos alguien que nos ayude”. Y sale el tema de la Segunda Guerra Mundial, y todo lo que ellos tuvieron que sufrir para llegar a Berlín. Entonces nosotros pedimos tener encuentro con los veteranos, y ellos nos fueron contando las dificultades, lo que vivieron. Y eso te va enseñando.

Como muchas veces durante la entrevista, Aldo Silva se calla un rato. Piensa. Recuerda. Y luego dice:
—No sé decir si tuvimos una depresión. Y si tuvimos depresión, ¿cómo logramos salir de ahí? ¿La pasamos o no la pasamos? ¿O la llevamos dentro?


Imagen: Aldo Silva

¿Esa conversación con los veteranos de la Segunda Guerra les ayudó?
—Sí. Fuera de eso, en las mañanas nos levantábamos a correr. Porque había que estar preparado para alguna cosa, en algún momento. Teníamos una rutina porque si no, nos encerrábamos y nos poníamos a recordar. A las 6 de la mañana salíamos a correr, dos vueltas a la cancha, volvíamos, nos bañábamos. Teníamos un horario super estricto. Y lo cumplíamos.

¿Cómo empiezan a darse las relaciones con la gente del pueblo, con las familias? Y por otro lado ¿cómo manejaron los conflictos? Porque en un grupo de casi cien personas, en circunstancias tan difíciles, tiene que haber habido conflictos.
—Nosotros maduramos de la noche a la mañana. Por ejemplo: se iba a casar un muchacho, y se hizo una reunión para ver si se casaba o no se casaba. Porque no correspondía, porque Chile estaba de duelo y estaba luchando.

Ya estaban muy compenetrados de la burocracia soviética.
—La discusión duró hasta que uno dijo “¿ustedes se acuerdan de Sandro?”. ¿Y qué tiene que ver Sandro? ¡Que al final la vida sigue igual, poh! Nos reímos, pero así te vas dando cuenta que así es la cosa. Se dio una cosa muy interesante: la desgracia que nos ocurrió a nosotros les pegó muy fuerte a los soviéticos. Nosotros pasamos a ser parte de la familia de ellos. Y en amores y desamores también: típica cosa de que se deja a uno por otro. Aprendimos mucho de ellos, porque los rusos si te tienen que decir algo te lo dicen en tu cara. Y eso empezó a verse entre nosotros: “Yo te estimo mucho, pero actuaste mal”.

Eso es muy poco chileno.
—Justamente, aquí somos que sí, que puede ser, que yo no me meto en nada. Aprendimos mucho de ellos, nos hicimos amigos de la gente. Cuando nos fuimos la gente lloraba. Había artículos en los diarios de allá: “Con los chilenos en el corazón”. Y hablaban de cada uno. Ellos cuentan casi lo mismo que está en el libro, pero visto por ellos: “Parece que el sol ya no calienta, se fueron los chilenos”.

¿Cómo fue tu propia peripecia en la Unión Soviética? Tú fuiste de los que terminó el curso técnico y se fue a la universidad.
—Terminé el curso y me fui a la Universidad Patricio Lumumba, a Moscú. Me recibí de economista, lo que acá la Universidad de Chile reconoce como ingeniero en administración. Me casé con una de las cuatro chilenas del grupo y nos fuimos juntos.

Eso es curioso, más allá de las cifras (90 hombres y 4 mujeres): los hombres chilenos se casan con rusas, las mujeres chilenas se casan dentro del grupo.
—Es que se da de la siguiente manera: tú estás solo y necesitas a alguien. Alguien que puede ser tu amigo, empezar como amigos, y después viene el golpe, y ese amigo pasa a ser tu marido, y con el tiempo te das cuenta de que ya no es tu marido, es más que tu marido. Es la persona a la que tú te aferras, porque te tienes que aferrar de algo. Si a mí me dicen “estos muchachos que se fueron contigo, ¿qué son para ti?”: más que mi familia. Están ellos y después está mi familia. Porque yo con ellos comí mierda, con ellos sufrí. Todos vivimos lo mismo, nos ayudamos unos con otros. En los matrimonios, como yo lo veo, yo pasaba a ser como papá para ella y ella pasaba a ser como mamá para mí. Éramos pareja, pero no éramos sólo pareja.

¿Crees que si hubiese habido más mujeres en el grupo se habrían producido más matrimonios?
—Depende de las condiciones. Es el golpe el que lo cambia todo. La misma cara te cambia, ya no estabas tan alegre, a pesar de que con el tiempo vas recuperando eso. Pero dentro de ti siempre llevas ese dolor. Yo recuerdo cuando le dieron la libertad a Corvalán [Luis Corvalán Lepe, secretario general del Partido Comunista, canjeado por el disidente soviético Vladimir Bukowski a fines de 1976], estábamos en el pueblo y la gente estaba feliz, porque pensaban que con la libertad de Corvalán ya Chile había cambiado. Y nos iban a felicitar.

Eso fue un acontecimiento muy importante en la Unión Soviética. Se transmitió en directo por la televisión el momento en que Corvalán llega a Moscú y Brezhnev lo recibe llorando.
—Lo recibe con un beso. Los rusos también lloraban, y nos decían “ahora son libres”. Pensando que eso era todo, que eso iba a cambiar algo.

¿Cómo viviste tú el momento en que el Partido Comunista empieza a reclutar militantes para los aparatos militares? Tú eras socialista y no pasaste por esa experiencia, pero ¿cómo fue?
—Es que fueron temas del Partido con los diferentes militantes.

¿Pero lo comentaban entre ustedes?
—No. Mira, te voy a contar una cosa. Esto yo lo veo así. Nosotros llegamos allá, típicos campesinos, a comer ciruelas verdes, con sal. Y nos da una diarrea la yegua de grande. ¡Quince hueones al hospital! Después nos llaman a todos y nos dicen “el doctor quiere hablar con ustedes”. Empezamos a pasar de a uno. Cuando sale el primero, le preguntamos: “¿oye, y?”. No, nada, te hacen una pregunta no más. Todos decían lo mismo. ¡Y no poh, te ponían en cuatro patas y te metían un algodón para adentro! Pero nadie decía nada. Así mismo pasaba con esto otro. Eran cosas personales de cada uno.

Tampoco está identificado el personaje que oficiaba como reclutador, al que los becados llamaban “el hombre del sombrero”.
—[Cristián Pérez] No teníamos certeza. Ellos no lo nombran y por eso el nombre no se incluye. Yo ahora, con el libro publicado, podría decirlo: era Carlos Toro.


Imagen: Cristián Pérez, gentileza de Vera von Reitzenstein

El dirigente del PC según los testimonios recogidos en Viaje a las estepas, tenía un alto poder de convencimiento y parecía conocer en detalle la vida y los intereses de los jóvenes campesinos. Pérez identifica a cuatro becarios que fueron seleccionados para integrarse a las tareas militares que el Partido Comunista impulsaba para superar el llamado “vacío histórico”, que era el concepto acuñado para explicar la inexistente resistencia armada contra el golpe de Estado y la dictadura de Pinochet. En el verano boreal de 1977, mientras los estudiantes de la Escuela Media Técnica Profesional Nº 9 de Akhtyrskiy participaban de unos trabajos voluntarios, un auto del Partido recogió a Germán Henríquez “Chico” Chandía, Alberto Reyes, Raúl González, Roberto Osses y tal vez dos jóvenes más cuyas identidades no han sido confirmadas, y los trasladó al instituto para que recogieran sus pertenencias. Viajaron en tren a Moscú, y unos días después volaron a Sofía, Bulgaria, con apenas un salvoconducto expedido por las autoridades soviéticas (sus pasaportes chilenos habían expirado) para integrarse a la Universidad Militar Vasil Levski, de la que egresarían como tenientes. Desde allí partirían a terminar su formación en Cuba, y a unirse, posteriormente, a la guerra del Frente Sandinista contra la Contra, en Nicaragua.

Del grupo, varios permanecieron en la ex URSS. Aldo sigue en contacto con ellos, y reflexiona:
—En Volgogrado, tenemos Héroes del Trabajo Socialista. Condecorados por la ex Unión Soviética. Otros se quedaron en Krasnodar, o en el mismo Akhtyrskiy. ¿A qué van a volver esos muchachos ahora? Piensa tú que yo tengo 60 y tantos años, y tengo ahorrados 3 millones de pesos para mi jubilación. ¿Qué me ha dado a mí el Estado? ¡Nada! Al contrario. Además, nosotros siempre fuimos “los campesinos”, y eso es despreciativo.

—¿Cómo fue vivir en Moscú durante los cambios que dieron origen a la perestroika y derivaron en la disolución de la Unión Soviética?
—Muere Brezhnev, llega Andropov, luego Chernenko. Sale uno y muere, ponen a otro y muere también. Y después aparece Gorbachov, como un líder totalmente diferente. Para nosotros era muy difícil de entender qué significaba la perestroika, para el mundo exterior quizá era más fácil, pero nosotros nos preguntábamos qué quiere decir esto de la perestroika. Se suponía que se trataba de reconstruir el sistema socialista. Pero empiezan a desaparecer todos los dirigentes, o te decían que el escritor tanto era un traidor: por ejemplo, Máximo Gorky. Y eso lo decía la perestroika. Todas las personas que para ti fueron ídolos, dejaban de serlo de un día para otro. Y de pronto, MacDonald’s.

¿En qué momento tomas la decisión de volver?
—Yo tenía dos hijos, y a esos hijos había que darles una patria. Ellos estudiaban en la escuela cubana Guerrillero Heroico Ernesto Che Guevara, de Moscú. Y otra vez tengo que agradecer a la solidaridad de los compañeros cubanos.

¿En español?
—En español. El ruso era idioma extranjero. Yo recuerdo que cuando nosotros llegamos de vuelta, estábamos en Maipú en un asado, la bienvenida, y de repente nos acordamos de los niños. ¿Dónde están los niños? No están. Y estaban en una pieza llorando: “Papá, yo quiero a mis hermanos cubanos”. Y la niña: “yo quiero a mis hermanas cubanas”. Y eso te traumatiza. Piensa tú, ¿qué nacionalidad tienen esos niños? Nacieron en la Unión Soviética, estudiaron con cubanos, llegaron a Chile. ¿Qué les dio la Unión Soviética? Todo. ¿Qué les dio Cuba? La amistad, los ayudaron a desarrollarse. ¿Qué les ha dado Chile?

Cristián Pérez: Ahí cabe una reflexión sobre como los chilenos tratamos a nuestros compatriotas, como el Estado chileno, o los partidos políticos en otros casos, maltrata a la gente, la mira con desconfianza.

Y está lo que dice Aldo: el estigma de ser campesino.
—Pérez: De ser campesino, pero además de ser campesino en la Unión Soviética. Cuando llegan son vistos como terroristas, como delincuentes, por el solo hecho de haber vivido allí. Tratamos mal a los campesinos, los miramos con desconfianza, y hacemos lo mismo hoy con los inmigrantes. La visión que ellos tienen, y es la que yo me hice, es que el Estado chileno los maltrató. Los ha maltratado sistemáticamente.

Tus hijos, Aldo, ¿lograron integrarse en Chile?
—Creo que no. Cuando fue el golpe de Estado en Rusia [1991], ellos lloraban. Porque ese era su país. Y ahí tú empiezas a decir chucha, qué hice. Para qué me vine. Pensé hacerlo mejor y me resultó peor. Yo les hablaba de mi padre, “con el abuelo vamos a ir para allá, vamos a ir para acá”. Y mi padre muere antes de que yo llegue.

¿Cómo vives tú este Chile que ha cambiado tanto desde 1973?
—Vuelves a un país que ya no es tu país. Yo salí de un país de hermanos, a cumplir una misión. Salí de 17 años. De esos 17 años me acordaré de 12, con suerte, un poco más, un poco menos. Pero llego a la URSS y vivo 17 años allá. Y vivo 17 años, y me acuerdo de los 17 años, formé una familia, estudié. Y regreso a un país que no es mi país, donde no están los compañeros, no están los amigos.