1.El dolor humano es una experiencia compleja. Los más conscientes de su dolor saben bien que hay de varios tipos. Por ejemplo, uno que es gozoso, ese al que se recurre voluntariamente para entrar a una escena y darle la intensidad afectiva que merece. Una contemplación atormentada tiene la elegancia del beso mordisqueado. Un auch eficaz y bien delineado.

Luego hay otros dolores que son ante todo una queja. Una demanda que busca sólo justicia para sí. Un lamento, un grito, una frialdad dirigida a un otro de quien se espera amor, reconocimiento o una reparación. La queja es estridente, aun cuando sea silenciosa, porque requiere robarse algo del alma de su receptor a través de su oreja.
Hay al menos un dolor más. El que excede. Es un aullido que no alcanza a precipitarse en las palabras, porque las esquirlas están desparramadas por todo el cuerpo. El dolor exceso es el que hace estallar el yo del que sufre. La angustia no es sino eso: el cuerpo roto en colgajos de carne. Ya que tal dolor no tiene palabras para volver a él a través de una idea, se vuelve desde el cuerpo, se repite en acto. A veces para darle continente a lo que hace agua, se le hacen cortes al cuerpo físico, y así localizar en una cicatriz todo el dolor que anda suelto.

2.El dolor humano se administra de muchas formas en la cultura. Quizá hoy sería preciso decir que se gestiona, porque el lenguaje del management se trasvasijó en lo terapéutico y esto último en lo político. Que los partos duelan pero que el amor no, esa es la consigna. Es decir, el dolor es relativo según el estatuto de la mujer. Si a la madre le duele parir es mejor madre, pero si es la mujer ganosa de amor la que sufre, tal dolor es enfermedad. Y así en general, el dolor es heroico o patético, genera admiración o compasión de acuerdo a sus coordenadas políticas.
Hay un mercado del no dolor. Olvidando que hay dolores que se gozan.

Hay un mercado del dolor. Las terapias catárticas, talleres diversos para revivir el trauma. Olvidando que el dolor exceso requiere palabras y no intensidad corporal. Las tecnologías del trauma sirven para algunos dolores, para los más sofisticados. Pero los angustiados de veras, terminan más fragmentados.

Hay espectáculo del dolor. Generar piedad para recabar fondos. Buena intención sí, no obstante, recluye a sus actores a un cuerpo lastimado, les roba al mismo tiempo su ser sujeto de goce. Recuerdo una chica de la Teletón reclamando: ¡no somos angelitos, somos sexuados!

Hay gestión política del dolor. Derecha e izquierda arrojan a sus víctimas al campo de batalla. Derecha: conduce la paranoia de sus víctimas, así puede levantar muros y desplegar seguridad contra el enemigo de turno. Izquierda: administra el dolor de sus víctimas para derrocar moralmente a su contrincante. Víctimas de ambos lados quedan atrapadas en el dibujo necesario para ser exhibido.

3. Las víctimas pueden quedar presas en el cliché. Alain Badiou plantea que la esclavitud moderna es la de quedar encerrado en el cuerpo, ya sea en el cuerpo del consumo o en el cuerpo de víctima, que no es testimonio más que de sí misma. Quien queda identificado a su cuerpo, queda separado de sus ideas, de la potencia creadora.

4. Las mujeres tenemos especial aprecio por todo lo que tenga que ver con la terapéutica del cuerpo. De ahí un paso a quedar de vuelta arrinconada en él. Será porque el saber y las palabras fueron de dominio masculino durante mucho. Como sea, para bien y para mal, pasa demasiado por el cuerpo de las mujeres.

La catarsis puede ser una trampa. Una revictimización. Como las impresionantes mostraciones que hacía el doctor Charcot en el siglo XIX de sus pacientes histéricas, quienes contorsionaban sus cuerpos en el espectáculo del dolor frente al público médico. Freud en cambio sospechó del goce de la mirada y prefirió escucharlas a verlas. Primero cayó en una teoría general, supuso que eran todas víctimas de un trauma; pero la cura vino recién después de abandonar esta idea. Comprendió la complejidad del dolor, hecho de angustia, de entramados de deseo, goces opacos, de presiones y confusiones. Habilitó que cada una tuviera una palabra propia con la que llevar el cuerpo.

5. #metoo evidenció una violencia estructural hacia las mujeres. Todas víctimas de una práctica generalizada, cierto. Reconocer una injusticia moviliza la revolución de un pacto social. El “yo te creo” es el piso imprescindible para el dialogo. Pero hay dolores distintos y hay gestiones perversas. He visto a mujeres alentándose a reconocer todo el dolor heredado de varios milenios de patriarcado: respiración agitada, taquicardia catártica, mujeres habladas por otras, mujeres resumidas en un cuerpo sufriente.

Una cosa es el reconocimiento social del abuso, otra, la homogenización del dolor para su utilización política. Encerrando de vuelta a las mujeres en un cuerpo víctima-testimonio, que debe mostrarse y fetichizar el dolor.

La transformación subjetiva viene desde el deseo, desde una afirmación. Las mujeres no podemos ser otra vez esclavas del cuerpo.

6. La justicia puede definirse en negativo: que no haya víctimas. Deseable por supuesto, pero ese énfasis en su definición corre el riesgo de que la política imposte una terapéutica, además de volverse policiaca. Derivando en una infantilización de la ciudadanía y en el aumento de las atribuciones de la autoridad para controlar e inmiscuirse en la vida.

O bien, puede encontrar otro acento, como en “La idea de justicia” de Badiou: asumir la igualdad como una afirmación antes que como un programa, no se trata de querer que los seres humanos seamos iguales, sino de declarar que lo somos y sacar las consecuencias de este principio.