Esta es una historia de silencios que, sin embargo, empieza con una balacera, a las 5 de la tarde, un día de diciembre de 1974.

Desde mucho antes de esa hora, la brigada Caupolicán de la DINA había copado el sector de la Plaza Pedro de Valdivia y las calles California, Andacollo, la avenida Francisco Bilbao hasta Ricardo Lyon.

Esperaban a Alejandro de la Barra (24) y Ana María Puga (25), militantes del MIR e integrantes del equipo de inteligencia de la organización. Sabían que su hijo, Álvaro, iba a un jardín infantil en Andacollo 1620.
En octubre del mismo año 1974 había caído Miguel Enríquez, secretario general del MIR, en una casa de la calle Santa Fe, en San Miguel.

Alejandro de la Barra manejaba, según la mayoría de las versiones, un Peugeot 404. Pero también pudo ser una citroneta. Horas antes, un funcionario de Villa Grimaldi, una suerte de “mocito” como el del Cuartel Simón Bolívar, pasó por el sector en micro y reconoció a los agentes y los camiones frigoríficos en que se movilizaban para los operativos. Cruzó miradas con ellos y cuando iba a saludarlos, le hicieron un gesto de “callado, mejor”. Ahí entendió que venía algo grande.

Alejandro de la Barra y Ana María Puga quizá intuyeran algo, también, porque no se detuvieron frente al jardín donde estaba Álvaro, cuyo único recuerdo del Chile anterior a 1990 es el de una ventana de un segundo piso desde la que veía entrar y salir niños. La ventana de la sala cuna del jardín infantil, hoy demolido.

El Peugeot —o la citroneta— avanzó hasta la esquina de Andacollo con Bilbao. Cuando empezaron los balazos, Alejandro y Ana María ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar. Murieron en el lugar y Marcelo Moren Brito, que participaba del operativo junto a Miguel Krasnoff y Ricardo Lawrence, entre otros, hizo a un lado los cuerpos, se puso al volante y se los llevó, en el mismo auto, hasta Villa Grimaldi. Allí los dejaron en el estacionamiento: Krasnoff se permitió patearlos e insultarlos. Les lavaron la sangre con una manguera y luego los llevaron al Servicio Médico Legal para que fueran entregados a sus familiares.

No todos los detalles están en la sentencia que en 2014 condenó a Manuel Contreras, Miguel Krasnoff, Pedro Espinoza, Moren Brito, Ricardo Lawrence y Ricardo Jaime Astorga como autores, cómplices y encubridores de los asesinatos. Los cuenta, con una presencia de ánimo sobrecogedora, Álvaro de la Barra Puga, hijo de Alejandro y Ana María, que por estos días recorre Chile con su documental Venían a buscarme, en el que se interna por los caminos de una identidad borroneada —aunque nunca perdida del todo— y que debe construirse y reconstruirse para entender el complejo puzle de la violencia, la clandestinidad, el secreto y esos silencios que hay en el fondo de todas las familias.

La película, contenida y al mismo tiempo estremecedora, se exhibe en la sala de la Cineteca Nacional hasta el 8 de julio, y en ella De la Barra entrevista a familiares y antiguos militantes del MIR, sigue pistas, descubre detalles olvidados de unos padres que, para él, fueron durante su infancia y adolescencia sólo la imagen fija de dos únicas fotos en blanco y negro.

Una identidad velada

Álvaro de la Barra nació el 10 de agosto de 1973, un mes antes del golpe de Estado, ya en la clandestinidad. Su padre militaba en el MIR desde los 17 años, había estado preso a fines de los 60 y estaba fichado. Cuando lo inscribieron en el jardín de la calle Andacollo, lo hicieron con un nombre supuesto, usando el apellido de su hermano mayor, Hernández. No tenía certificado de nacimiento.

La tarde de la balacera, la responsable del jardín infantil esperó y esperó. Luego entendió lo que había pasado, revisó el cuaderno donde estaba anotada la dirección de los abuelos maternos de Álvaro y lo llevó al departamento del matrimonio Puga Rojas.

Ahí empezó una cacería que duraría varias semanas. Hasta hoy no hay claridad de por qué, muertos Alejandro de la Barra y Ana María Puga, la DINA seguía tras los pasos de una guagua de un año y meses. En una ocasión, Álvaro fue sacado por arriba de las tapias de una casa en Pedro de Valdivia Norte después de que uno de sus tíos se encontrara en la calle con Osvaldo Romo Mena, el Guatón Romo.

Sentado en un restorán de Vicuña Mackenna, Álvaro de la Barra sopesa cuáles eran las alternativas.

—Muertos tus padres, parece un sinsentido tomarte como rehén, usarte como moneda de cambio.

—Esa es una hipótesis que se barajó. Que yo podía ser un gancho para alguien más. O para que hablara alguien que ya estaba preso en Villa Grimaldi. Pero a mí me dejó con escalofríos algo que me dijo la directora del PIDEE, Rosa María Verdejo: que una de las opciones que se le ocurrían es que la Carola haya sido la que quería estar conmigo. Y tiene sentido, porque si no ¿por qué no me buscaron inmediatamente en el colegio, si sabían que estaba ahí?

Entonces, llegaron a Villa Grimaldi y la Carola les dijo “¿y el cabro, giles? ¡Devuélvanse!”. La pregunta es quién me podía querer tanto. La Carola, que me cuidaba.

“Carola” es el nombre político de Alicia María Gómez Gómez, que cayó en manos de la DINA a principios de octubre de 1974. En las semanas siguientes, las detenciones arreciaron. Carola se convirtió en delatora y, a diferencia de otras mujeres que pasaron por un proceso similar, como Luz Arce o Marcia Alejandra Merino, “la Flaca Alejandra”, nunca se arrepintió de haber cambiado de bando y delatar a sus compañeros. En 1991 seguía siendo funcionaria de la Dirección de Inteligencia del Ejército, DINE. Álvaro tiene la convicción de que fue ella quien entregó a sus padres. Y uno de los momentos más conmovedores de Venían a buscarme es la escena en que Hernán Aguiló, por años jefe de la “fracción militar” del MIR, le cuenta a Álvaro que Carola “era como tu madrina”. De la Barra intentó entrevistarla para el documental, pero ella lo evitó. A pesar de que alguna vez había dicho, en un careo, que “sólo hablaría con el hijo del Nano” (como también llamaban a Alejandro de la Barra).

Trasladado de casa en casa por un grupo improvisado de amigos, familiares y gente anónima que se concentró en evitar que “el Piti”, como hasta hoy lo llaman sus familiares y amigos, cayera en las redes de la máquina represiva de la dictadura, Álvaro salió finalmente de Chile gracias a Ana María Feres, que lo inscribió como hijo natural suyo y declaró que había nacido en una casa. Con esa identidad supuesta vivió hasta que en 2005 una sentencia de los tribunales chilenos lo reconoció como hijo de sus padres biológicos.

El niño clandestino y perseguido se subió a un avión con destino a París, a cargo de una azafata, para reunirse con sus tíos Pablo de la Barra y Silvia Hernández. Poco después, la pareja se separó y Álvaro viajó con Pablo a Caracas, donde vivía exiliado su abuelo Pedro de la Barra, fundador del Teatro Experimental de la Universidad de Chile.

Con los años, Álvaro se fue haciendo y sintiendo venezolano. Todavía habla como venezolano, se mueve con soltura, se ríe incluso en los peores momentos de su relato. El 9 de junio, en la sala de la Cineteca Nacional en el CCPLM, en un cine foro de los muchos a los que ha asistido en estas semanas, una mujer pidió la palabra y se presentó: “Yo soy Flora de la Barra, mi papá era primo hermano de tu abuelo”. Álvaro se paró de un salto, recorrió la sala en cuatro o cinco zancadas y la abrazó largo rato.

—Siguen apareciendo cosas. En cada función a la que voy aparece algo.

No sólo familiares. En esa misma función en la Cineteca, al final, fue un hombre el que tomó el micrófono: “Tú sabes que ese día de la emboscada, tu papá tenía que juntarse con mi señora, que está acá, pero no puede hablar. Y ella estuvo esperándolo, hasta que más tarde nos enteramos por qué no había llegado. Pero ella es la persona que tu papá tenía que contactar”. Intercambiaron teléfonos y quedaron conectados, porque el mapa de la tragedia todavía no termina de completarse. Hasta ese día, Álvaro sabía de dónde venían sus padres, incluso identificó a un dirigente del MIR que se bajó del auto unas cuadras antes y salvó la vida, pero no había cómo saber hacia donde se dirigían después.

El legado del tata

Álvaro de la Barra se crió en Caracas con su tío Pablo, cineasta y autor de la mítica Queridos compañeros, y con su abuelo, fallecido en 1977:

—Mi abuelo decide irse porque Alejandro se lo pide: ándate, porque te van a buscar para agarrarme a mí. Se encuentran en una casa en el cajón del Maipo. Es ya el año 74 y lo sacan de la universidad, del departamento de Teatro, de la compañía, de todo. Entonces lo invitan de Venezuela. Él dice bueno, acepto, me voy a dar clases a Caracas, y se va en el mismo barco con la familia Letelier. Cuando llega a La Guaira, se entera de la muerte de mi papá. Ahí le da un infarto y no se recupera nunca más. Yo lo vi sus últimos tres o cuatro años, convaleciente, saliendo un par de veces de la casa, y por lo general en cama.

Pedro de la Barra, director, dramaturgo, pionero del teatro chileno, creció tanto como personaje en Venían a buscarme que hoy Álvaro, su nieto, trabaja en una nueva película que se propone rescatar el legado de ese personaje que para él era “el tata” y cuya relevancia sólo sopesó en octubre de 1990, cuando viajó a Chile con la familia venezolano-chilena para repatriar los restos del director.

—Fue impresionante: bajar del avión, que tenía escalerilla, y ver a treinta, cuarenta personas vestidas de negro en la pista de aterrizaje. Y dije “nos están esperando, ¿quiénes?”. Le digo a Pablo “¿quién es toda esta gente?”. “Son estudiantes de teatro que vienen a recibir a tu abuelo”. Inmediatamente se me quitó el susto de que fuera la DINA que nos estaba esperando, y empecé a entender que el abuelo era un personaje. En ese momento. Esa imagen la he estado buscando, la perseguí para esta película. ¿Tú sabes que borraron todos los archivos de la tele? Porque me acuerdo que estaba la tele, filmando la llegada del avión, cuando bajamos el sarcófago. Pero no hay ninguna imagen.

Esa vez, Álvaro se quedó una semana. Seguía siendo un adolescente de identidad velada, con una imagen difusa de sus padres, que llamaba (y sigue llamando) papá a su tío Pablo y que empezaba, poco a poco, a retomar las hebras de una historia que lo supera. Conoció La Moneda, la sala Antonio Varas del Teatro Nacional Chileno, el Cementerio General:

—Llegamos, estuvimos en todos los actos protocolares, y nos fuimos. Lo mío fue saludar a los familiares que estaban en el aeropuerto, y poco más. Pero para mí era como que al fin había estado en Chile, tenía el aroma de Chile: “Puta, qué raro huele acá”.

A mediados de junio, Álvaro estuvo en Antofagasta, donde Pedro de la Barra creó el teatro universitario en 1962. Vivió allá hasta que lo expulsaron de la Universidad de Chile y partió al exilio. Quienes lo conocieron en los 60 y lo ven ahora en los fotogramas de Venían a buscarme —tres o cuatro fotos tristísimas— extrañan su sonrisa: “Tu abuelo siempre estaba sonriendo”, le dicen.

Álvaro ha entrevistado a muchos de los actores y actrices que trabajaron con su abuelo, en Antofagasta y en todo Chile. El hilo conductor del nuevo proyecto es conectar a la gente que conoció y trabajó con Pedro de la Barra con la generación de los que hoy tienen sobre 40 y no supieron de él como teatrista, como le pasó al propio Álvaro: “Quiero también trabajar con las obras que tiene el tata con estudiantes de la Chile de ahora —agrega—. Se trata de mezclar las tres generaciones en un traspaso de conocimientos. Una manera de dejar un legado, para las nuevas generaciones, de quien fue don Pedro de la Barra. Todo esto parte de la premisa de que yo soy nieto de mi abuelo, pero descubro que es una figura pública que tiene una obra y no sé cuál es. A partir de ahí queremos trabajar”.

Hablar para encontrar respuestas

Así como la figura de Pedro de la Barra crece y termina por convertirse en un nuevo proyecto, en Venían a buscarme son muchos los “personajes secundarios” que por momentos se toman la pantalla. Ocurre, también, con los sobrevivientes del MIR, como el ya citado Hernán Aguiló —padre de la también cineasta Macarena Aguiló, autora de El edificio de los chilenos, sobre su infancia en La Habana—, Andrés Pascal Allende o René Valenzuela Bejas, “el Gato”, que a principios de los 90 cumplió una larga pena de cárcel en España acusado de colaborar con ETA. Los suyos son testimonios que poco se han visto en la pantalla grande, y que insinúan, tímidamente, la necesidad de una mirada sobre la represión y la lucha armada que vaya un poco más allá de las historias en blanco y negro.

—¿Qué te pasa a ti con los compañeros de tu papá que sobrevivieron, y que hoy a la vuelta de muchos años hacen la reflexión —no todos— sobre si hicieron lo correcto, si estuvo bien, si se podría haber hecho de otra manera? Hay un momento muy potente en que el Gato Valenzuela cuenta como tu papá se sube al auto un día y le dice “pucha, murió mi mamá”, y los dos se quedan en silencio, y Valenzuela reflexiona sobre lo desconectados que estaban de sus propios sentimientos.
—Ellos, en general, no han hablado. Y yo traté de mostrarles, antes de la filmación, que hay que hablar. Porque hay que contar esas historias para que su generación y la de sus hijos nos podamos responder todas las preguntas que no nos han respondido en la vida. Sus hijos propios y nosotros como identidad etaria, digamos. Porque también tienen que responder las preguntas del resto de nuestra generación que no son hijos de ellos, que tenemos que ir sabiendo qué pasó y cómo llegaron a eso, cuáles fueron las condiciones que tenían para las decisiones que tomaron, políticamente, y también en el cotidiano. De esa forma creo que podemos contarles a nuestros hijos, o responderles si nos preguntan, qué fue lo que pasó exactamente. Creo que la película es una de las primeras veces en que hablan todos. Me quedo contento porque después de la película entendieron que hay que hablar. Muchos me lo han dicho a la salida: me han dicho “oye, huevón, hagamos una película”. Y yo les digo ya, pero yo no. Yo ya tuve mi cuota.

A partir de esa necesidad de hablar, Álvaro propone un diálogo que pasa por las políticas de memoria pero que empieza, sobre todo, en las sobremesas familiares:

—Hay hijos de militares que no saben qué hizo su abuelo. Que no saben qué pasó con este tío. Y con la película, mostrándola, me ha pasado que se me acercó, por ejemplo, la hija de un general que estaba a cargo de Isla de Pascua. Y me dice “eso es por mi lado paterno, pero por mi lado materno, mi hijo también tiene un abuelo que era pescador y está desaparecido. Y nosotros creemos que este abuelo desapareció a este otro abuelo, y es un tema que nunca hemos podido tocar. Viendo tu película, encontré un tono, una manera de afrontar el tema sin que esto se vuelva un enfrentamiento entre las dos partes de la familia. Y que mi hijo, que está preguntando dónde están estas personas, pueda hablar, y podamos conversar sobre lo que no nos han contado”.

“Ya tenemos dos generaciones que no tenemos respuestas, que no hemos tenido la información, incluso en nuestras propias familias. Ahora, sí: es un tabú generalizado, porque la dictadura consolidó eso: que no se hablara. Porque tu vecino te podía sapear, te podía denunciar todo el mundo. Creo que eso tenemos que hacerlo todos, y en la medida en que lo hagamos en las familias vamos a poder destapar otras cosas a las nuevas generaciones, y para el futuro.
Porque si no las nuevas generaciones van a crecer con un periodo muerto, que no sabemos qué pasó ahí.

—Una especie de desierto.
—‘¿Y esto qué fue? Fue una dictadura que hubo’. Y nada más. Sin bemoles, sin escala de grises, sin tono, sin profundidad.

—Y sin esos heroísmos cotidianos de tomar una guagua, inscribirla en el Registro Civil y subirla a un avión para salvarla.
—Y sin respuesta sobre por qué se perseguía a niños. Cómo una dictadura militar puede perseguir niños. Cuál puede ser el fin. Porque en Argentina está bastante estudiado, pero acá, de eso no se ha hablado.