Yo creo en Dios, pero en los católicos nunca. Estudié en el Colegio Alemán de Valdivia, justo en la edad cuando tienes la mente más fresca. Después nos vinimos a Santiago, y estuve en las Monjas Alemanas. Eran unas monjas ridículas, porque las cabras que estaban internas las hacían bañarse con una cuestión para que no se vieran el cuerpo. Yo no lo podía creer. Gimnasia no existía. Nos tapaban enteras para no mostrar las piernas. O sea, ellas tenían un pensamiento asqueroso, porque todo era pecado. ¿Cuándo dejé de ser católica? Cuando hice la primera comunión, ¿de qué se puede confesar una niña de siete años? “Le saqué manjar a mi mamá”, “le mentí”, cosas así. Y el cura me dijo “¿pero nada más?, ¿qué hace con sus manos en la noche?” Y me empieza a hacer preguntas sexuales, que yo en ese momento no entendía, pero me incomodaba. Esa fue la primera y última vez que me confesé.

No me encanté con la natación, me encanté con el deporte en general. Fue como a los 9 o 10 años. Soy valdiviana, de provincia y mi papá era bogador del Club Alemán Fénix. Lo veía remar de chica en el río Valdivia. Me encantaba esa dinámica que había con los otros remeros. Yo creo que de ahí me picó el bichito de la competencia. Hay gente que dice “ay, pero es que no hay que ser así”, pero no, el deportista que quiere ganar, tiene que tener la mentalidad de competencia: si no la tiene, no va a ganar nunca.

Mis padres se vinieron de Valdivia a Santiago, y ahí él se hizo socio del Club Alemán que existía en ese tiempo, que estaba en la calle Carlos Antúnez con Los Leones. Ahí había estadios, piscinas abiertas, casinos, tan bonito como el Estadio Italiano. Y al frente había una cancha de saltos y caballos.

Ahí tomaba clases de equitación y una vez a la semana de natación. Yo tenía una hermana mayor que ya falleció, que también nadaba pero le faltaban ciertas condiciones para ser una nadadora destacada. Cuando llegamos había un entrenador, y mira los años que han pasado y nunca se me olvidó. Me dijo “mire, esta niñita -por mi hermana- tiene condiciones, pero tú…”. En ese tiempo mi hermana era flaca, bonita, alta. Yo, en cambio, era baja y media gordita. Bastó que me dijera eso para que yo actuara en respuesta a eso. Me dije: “yo voy a ser nadadora y a este caballero le voy a demostrar algún día que estaba equivocado”.

En ese tiempo los deportistas éramos un poco como la farándula. Salíamos en los diarios, nos sacaban fotografías. Una vez, cuando nadaba para la Universidad Católica, el rector nos dijo “las nadadoras no pueden salir en traje de baño, es el colmo, un escándalo”. ¿Y qué hacíamos nosotras al salir de la piscina y subir por la escala? ¿Me iba a poner un paragua? Al final le dije a mi mamá que no estaba dispuesta a estar ahí y partí a la Universidad de Chile. Ese fue mi peak siendo joven. Nadé muchísimo, fui campeona de Chile. Habían menos estilos y menos carreras, eso sí. Nadé hasta que se me ocurrió enamorarme y casarme.

Mi marido era un teniente de Ejército de Caballería y como yo había aprendido y sabía andar algo a caballo, me dediqué a los caballos, que siempre me encantaron.

Reconozco que deportivamente soy ambiciosa y pragmática. Yo quería ser campeona de Chile de salto y de natación. Y lo conseguí, en el año 1965, ya casada y con dos niños. En ese tiempo, era muy joven todavía, me llamaron mis amigos nadadores y me dijeron: “Oye Eliana, no hay buenas nadadoras, te vamos a inscribir aunque no hayas nadado durante años, porque hay un resquicio legal que podemos usar y te vamos a poder inscribir”. Respondí que sí al tiro, pero le dije que no me pusieran más de 100 metros, porque no me había entrenado natación en años. Como igual estaba haciendo deporte, mis músculos estaban activos y logré ganar. Ese mismo año salí campeona de Chile en salto. Hasta ese momento, ese era mi sueño. Además, era muy raro que se llegara al tope con dos cosas tan distintas.

Después de ese episodio ya no nadé más y me dediqué 100% a la equitación. Mi marido ya no estaba en el Ejército. Luego me divorcié y me puse a hacer clases. La vida es así. Tenía que mantener a mis dos hijos y ambos eran deportistas.

“La natación es bien ingrata con la vanidad de las mujeres. Primero, el pelo no te dura nada, la tintura menos. Las gorras se caen, se resbalan. No hay tintura de pelo que resista al cloro o a los químicos del agua. Me tuve que tatuar la línea en los ojos, porque no había rímel que resistiera. No es broma, me la hice para no parecer una alemana pobre”

Dejé los caballos varios años después, un día que se me ocurrió amansar a un potro árabe. Estaba parado, se enojó y se dio la vuelta. Me pilló en el aire y se me quedó una pierna en el estribo. Me lo quebré y hasta el día de hoy tengo un fierro con ocho pernos. Eso me dolió harto, no lo puedo negar. Ahí mi hijo me dijo “mamá, ¿sabe qué?, no ande más a caballo”. Paré por un buen tiempo.

FALTA DE HUMANIDAD

En el 2015 me llamaron dirigentes deportivos para que volviera a la natación. Tenía 80 años. Estaba medio incrédula ese día, pero mi hija me contó que existía la natación máster, una categoría amateur. En ese momento no sabía qué era. Estaba nadando pero peor que un gato. Atroz.

La natación es bien ingrata con la vanidad de las mujeres. Primero, el pelo no te dura nada, la tintura menos. Las gorras se caen, se resbalan. No hay tintura de pelo que resista al cloro o a los químicos del agua. Me tuve que tatuar la línea en los ojos, porque no había rímel que resistiera. No es broma, me la hice para no parecer una alemana pobre. Aprendí a aceptar mis arrugas. Tengo amigas que tienen buena situación, que se han operado y no tienen ninguna arruga, pero no se pueden ni agachar, entonces yo compenso eso.

Para los hombres que nadan es más fácil, ellos se ven estupendos y todos sacan unos cuerpos realmente extraordinarios, unos físicos que tú dices “exijo una explicación”. Bueno, toda la gente joven luce excelente con este deporte, pero a medida que pasan los tiempos, los cuerpos cambian. Cuando eres joven, te crees la muerte y crees que tú nunca vas a ser vieja, y que nunca te va a pasar nada, y por eso que los jóvenes se mueren, chocan, se curan y hacen todas las idioteces que hacen.

La gente dice “yo nado”. Tienen una piscina, se tiran, hacen piqueros, salen y vuelven. Eso es mojarse, entretenerse. Pero nadar distancias, eso es otra cosa. Empecé otra vez. De a poco. Les decía: “inscríbanme, voy a hacer el loco, pero háganlo”. Cuando ya tuve dos o tres meses de agua, me empecé a sentir más preparada para competir en serio. Ahí salí campeona de Chile, con récord nacional, porque la natación máster de mi edad está poco popularizada a nivel de competencia. Y no es que no lo hagan las señoras. Si uno va a las piscinas municipales va a encontrar personas de todas las edades nadando, pero no las incentivan a competir. En otros lados faltan lugares. Y no es que no hayan piscinas, el problema es que no están pensadas para eso, muchas no tienen ni tribunas.

Yo siempre pienso, ¿por qué no llaman a alguien que sepa diseñar estos espacios? Es hasta poco inteligente, es una cuestión de salud. Si los organismos encargados pensaran en las cifras de la OMS, en donde dicen que por cada dólar que un Gobierno gaste en deporte, se ahorra seis en salud, seríamos un país desarrollado.

Sé cuales son mis limitaciones. En el deporte y en la vida. Los que están por encima de la gente, en cargos públicos, creen que se las saben todas. ¿No te has fijado que cuando hay un partido de fútbol, típico que una persona que no ha hecho nunca deporte despotrica contra el futbolista porque no le pegó a la pelota bien y se le fue para un lado, y dice “ah, yo le habría pegado de taquito”, y ese gallo no ha jugado nunca? Bueno, eso pasa en este país en todo orden de cosas.

Una vez me invitaron a la comisión de la Cámara de Diputados, donde me recibieron gentilmente. Recuerdo que les dije “aquí se viven enjuagando la boca con la tercera edad”. Se la enjuagan, pero no se lavan nunca los dientes. ¿Qué han hecho por la tercera edad? Nos invitan a las pobres viejas a ser candidatas a reinas de un lugar, a hacer el ridículo. Le ponen una corona a una señora que no tiene un diente porque no ha tenido plata para ponérselo. Yo encuentro que eso es el colmo, es como reírse de todos los viejos.

“Yo tenía un excelente traumatólogo que atendía por Fonasa, y un día voy, dos meses antes del Panamericano, para que me revisara bien y me dicen “¿tiene Isapre?”, “no, señorita, yo he venido acá siempre”, “ah, es que el doctor ahora ya no atiende por Fonasa”, ¿Qué podía hacer yo?, cuesta $40.000 la consulta y gano 160 mil. No tienen humanidad. Eso es lo que le está faltando a Chile”

Muchas familias tratan a sus viejos a las patadas, además que ganamos una porquería. A los señores políticos se les olvida que el 20% o más, en este momento, de los votantes son tercera edad. Y tercera edad que va a votar, porque hay un compromiso con ello. No como la juventud que “ah, que yo no quiero nada, no me interesa”.

Pienso que la tercera edad debería tener una agrupación de peso. Para defenderse a sí misma, no para defender a un partido, sino que a ellos. Porque nosotros no tenemos futuro, la gente joven tiene futuro, pero yo no. Y por eso nos ignoran. Puedo estar regio hoy día, pero uno nunca sabe.

Me hago exámenes de rutina siempre y el último doctor que me vio, me dijo “sabes qué Eliana, no vengas más en un año”. Tengo todo bajo y eso es solo por el deporte. Mucha gente me ha preguntado: “Usted es la nadadora, ¿nada todavía?”, porque ellos hacen una relación directa de las arrugas con el músculo.

Lee los diarios de hoy, de ayer, de anteayer, los programas de televisión, de políticos, de no políticos, lo que tú quieras… Todos hablan de la tercera edad, ¿pero quién hace algo? Todavía no arreglan el problema y ¿quieren darle plata a los inmigrantes? Entonces, yo, perdóname, pero la caridad empieza por casa. Si tú tienes un hijo, al primero que vas a alimentar va a ser a tu hijo, no al hijo del vecino. Y no es que el hijo del vecino no lo merezca, que quede claro, pero partamos de la base de que la caridad comienza por casa.

Yo no he tenido nunca un masajista, ni kinesiólogo, ni he tenido nunca un nutricionista que me diga “usted tiene que comer esto para su edad”. Yo tenía un excelente traumatólogo que atendía por Fonasa, y un día voy, dos meses antes del Panamericano, para que me revisara bien y me dicen “¿tiene Isapre?”, “no, señorita, yo he venido acá siempre”, “ah, es que el doctor ahora ya no atiende por Fonasa”, ¿Qué podía hacer yo?, cuesta $40.000 la consulta y gano 160 mil. No tienen humanidad. Eso es lo que le está faltando a Chile.

DEPORTE EN CHILE

Yo no recibo financiamiento del estado. A mi me apoya mi hijo. a La natación amateur, el atletismo amateur, el voleibol amateur, los deportistas amateur se lo pagan todo ellos. Con la gente que hace deporte en Chile, hay que sacarse el sombrero.

Soy una anciana con una jubilación de $160.000 mil pesos mensuales. Si yo viviera de esa plata, estaría en la calle pidiendo limosna o qué sé yo, en un hogar. Es por eso que quiero ayudar y de alguna forma cambiar las condiciones para nosotros los adultos mayores. El que me mantiene es mi hijo. Mi departamento es propio. Lo demás lo paga él. Los gastos comunes, las contribuciones y plata para que pueda moverme y existir. ¿Cuántas personas están en mi caso? Para él también es un esfuerzo porque no es millonario. Fuimos 46 nadadores al Panamericano y esas son 46 familias comprometidas con eso.

Yo a veces cuando estoy en una piscina y veo que alguien no sabe nada, yo encantada le digo “ven”, y lo dejo nadando en media hora. ¿Cómo le voy a decir “oye, págame, veinte luquitas”?, no se me ocurriría, y le he enseñado a nadar a tanta gente gratis. En este país todo es platita. ¿Dónde está la amistad, el cariño?

La gente cree que no se va a morir, que nunca va a llegar a esta edad. Mucha gente junta plata y para qué explícame tú. Tengo personas conocidas que tienen excelente situación, pero no son capaces de abrir un poquito las manos y se van a llevar todo para la tumba. ¿Qué piensan? Yo estoy sana, pero mañana me puede dar un ataque al corazón y se acabó. Yo no tengo mi vida comprada. Pienso en el futuro en la medida que tenga salud. A mí me da pena leer en los diarios cómo roban las autoridades. Yo me pregunto para qué, si no la alcanzan a gastar. No tendrían tiempo para gastar esa cantidad de plata que roban. No entiendo el afán de seguir ganando.

¿FEMINISMO?
Yo pienso que somos iguales, ni más ni menos que el hombre. Esa es mi opinión, y hay taraditos por un lado y taraditas por el otro. Somos iguales en todo. Pero, las mujeres tenemos una gracia: somos mucho más valiosas en lo moral.

Nunca he sido cuestionada en mi disciplina deportiva por ser mujer. Tengo una personalidad fuerte y los hombres en ese sentido no son tan tontos. Saben muy bien con quien están hablando. Cuando era joven y último modelo, nadie nunca trató de propasarse conmigo tampoco. A lo más me han dicho “te ves regia” y eso para mí no es acoso.

Tampoco nunca me he sentido menoscabada por ser mujer. Habría que buscarlo en mi historia personal y me parece aguja en un pajar. O sea, siempre el hombre trata de ponerte el pie un poquito encima, pero yo no tengo mayores complejos al respecto. Tengo que decir que en este momento, me siento discriminada cuando voy a un banco y no tienen asientos, y tú tienes que hacer una cola, porque no tienen ninguna caja para la tercera edad, y ese gerente, ¿creerá que no va a ser viejo? Increíble, si el tiempo pasa con una rapidez insólita. Me he sentido discriminada por ser vieja, no por ser mujer.