¿Qué significa el “caso Rojas” para la derecha? Repite algo que ya sabíamos: parte de este sector todavía tiene problemas de autocomprensión y carece de un discurso persuasivo sobre su vínculo con las violaciones a los derechos humanos. Uno intuye que en ella subyace una especie de pinochetismo solapado, que se sabe políticamente indefendible y que se deja entrever sólo por accidentes o exabruptos. La renuncia de Rojas representa con nitidez ese fenómeno: expresiones enfáticas y combativas como “montaje” o “versión falsa de la historia” no pudieron sino recular al someterse al escrutinio público.

En el perfil publicado en La Tercera (el mismo que gatilló toda la polémica), el exministro declaraba no “pertenecer” al “ADN de derecha” por su posición liberal en varios temas: religión, matrimonio, aborto. Son visiones, afirmaba, que “obviamente a cualquier persona de derecha no le resultan cómodas”. En sus palabras se aprecia el peculiar sentido que ha cobrado la expresión “renovación” en el conglomerado. Si la derecha tradicional era conservadora y paternalista, afirma la narrativa, la derecha renovada tiene que ser liberal y emancipatoria. Sólo así podrá enfrentar los tiempos que vienen, encarnar liderazgos viables y reconectar con una ciudadanía exigente. La esfera pública no es lugar para imponer nuestros propios valores, y todo aquel que lo intente está condenado al fracaso. Un gabinete sin complejos no merece nada menos que una derecha sin complejos.

Pero fue esa misma derecha con tan poco ADN de derecha la que terminó en un embrollo tan típicamente de derecha. La suma de factores escaló el conflicto hasta que sólo era viable la renuncia. Sin quererlo, el exmirista se reencontró con Marx: “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. La derecha renovada se descubre incapaz de hacer su historia a su libre arbitrio; aunque emancipada de su pasado conservador, termina encadenada a un pasado aún más esclavizante, el mismo de la derecha tradicional. El mundo liberal tiene, quizás, el mérito de recordarnos que el aborto o el matrimonio son fenómenos controvertidos (y el establishment conservador tardó demasiado en comprender esto), pero su modo de argumentar arriesga conducir a una transformación estéril. Lo que sus adherentes presentan como un cambio bastante radical se revela dependiente del pasado; se reencuentra una y otra vez con los mismos problemas. Su “renovación” tiene escasa conciencia de cuánto se parece a la resignación. ¡La tradición podrá oprimir nuestros cerebros, pero al menos no nuestros úteros!

Ese es el ADN de derecha que ve en la izquierda, como lo expresaron con total transparencia Nicolás Ibáñez y Álvaro Vargas Llosa, sólo odio y vociferación, el uso instrumental de una agenda para perjudicar al gobierno. Cuando Jacqueline van Rysselberghe afirmaba que la izquierda se “nutre del conflicto” hablaba precisamente de esto (¡en algo están de acuerdo liberales y conservadores!). La mirada puramente reactiva (véanse los tweets recientes de Rojas) le impide al conglomerado preguntarse por los aspectos genuinos del fenómeno: ¿cómo podemos hacernos cargo de una herencia autoritaria en la derecha? ¿Todavía padecemos los efectos de una política de violencia sistemática, de la que este sector tuvo una cuota grande de responsabilidad? ¿Qué implica esto para nuestra cultura política? Dudo que nuevos “diálogos de conversos” nos den la respuesta a estas preguntas.

*Investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad