Me inicié leyendo al psiquiatra de Franco

El año 1974, yo iba en cuarto año de Medicina en la Universidad de Granada, en Andalucía. Ese año, a un profesor se le ocurrió hacer un simposio sobre sexología. Me apunté para asistir pero, la noche anterior a que se realizara el encuentro, llegó una orden militar desde Madrid: Franco había lo prohibido.

Por esos años me encontraba militando de forma clandestina en el Partido Socialista del Interior, eran un joven rebelde. Y como vi que Franco había prohibido la sexología, me dije “voy a ser sexólogo”.

Revisé todos los libros que pude encontrar, que no eran muchos. Sólo algunos libros de Freud estaban permitidos. En cambio, la dictadura de Franco había prohibido los autores de la izquierda freudiana: Wilhelm Reich, Herbert Marcuse y Lacan.

Estaba revisando el sicoanálisis, hasta que me topé con un libro que hasta hoy es una rareza: “El libro de la vida sexual”, de Juan José López Ibor. ¿Quién era él? Nada menos que el siquiatra de Franco, a quien le permitieron publicar un compendio del trabajo de Masters y Johnson y Kingsey. Claro que Ibor tildó a sus trabajos como “perversiones” y “fetichismos”.

Enfermedades, infartos y sexo

En una entrevista que me hicieron en República Dominicana, coincidí con un cardiólogo al que le preguntaron sobre cuándo es recomendable tener sexo luego de sufrir un infarto. Él dijo: “yo utilizo el protocolo de Hellinger y Friedman, que consiste en que si el enfermo es capaz de subir dos tramos de escalera, quiere decir que puede hacer un coito”. Inmediatamente dije: yo prefiero hacer el coito primero y si no me muero, entonces subo los dos tramos de escalera.

Actualmente existe un consenso llamado Plains Town. Un protocolo perfectamente estructurado para que los médicos y cardiólogos evalúen la salud del paciente y si este está en condiciones de volver a realizar una actividad física.

En todo caso, hay tipos de relaciones que pueden volver a tener casi inmediatamente luego de sufrir un infarto. Como el coito tipo karezza o tántrico, de estar, hacer la penetración y estar ahí quietecito, acariciándose y eso, se puede hacer casi inmediatamente después de un infarto. Aunque lógicamente, si piensas hacer el salto del tigre, tienes que esperar más tiempo.

“Cada una de las yemas de los dedos tiene unos 100 receptores nerviosos, y eso no está ahí porque apareció de pronto, sino porque en el paleolítico nos tocábamos mucho. Hoy las familias sólo tocan y acarician al perro”.

El riesgo de morir de un ataque cardíaco en una persona que ha tenido un infarto se multiplica un poquito por diez, en relación a una persona que no ha tenido. Pero sigue siendo de dos en un millón. En mi vida de médico, solamente he visto a una persona que ha muerto haciendo relaciones sexuales: lo revisé, y le recomendé que fuera inmediatamente a un cardiólogo. El hombre le dijo a su familia que iría al médico, pero en vez de eso se fue a ver a una amante que tenía en Linares. Ahí se quedó quietecito sobre ella.

Cuando dicen que una persona se muere al tomar viagra, bueno, imagina una persona con riesgo cardiovascular que se toma un viagra, y que dice “aquí hago el salo del tigre y todo”. No se mueren por el viagra, sino por el esfuerzo de una persona con riesgo cardiovascular.

Sacerdote sexólogo en Madrid

Franco murió el año 1975, y desde entonces pude comenzar a recibir libros que ampliarían mi visión. La sexología es una ciencia increíble, en una sola disciplina te une a la antropología, la sociología; puede llenar tu vida por completo.

El año ’78 descubrí que se había abierto el primer instituto de sexología en Madrid. Su fundador fue Efigenio Amezúa, un hombre que había sido sacerdote de la orden de los dominicos. Ése es el problema del celibato: cuando la gente se reprime mucho, el lóbulo frontal estalla y deja de conexionarse con el sistema límbico, y entonces la gente hace cosas como fundar un instituto de sexología.

El celibato es una fantasía, algo totalmente irrealizable. No se pueden poner puertas al mar.

La religión castiga al cuerpo para que no peque, lo somete a penitencias. Y llega un momento que, de tanto utilizar el lóbulo frontal para reprimir, este se cansa y deja al sistema límbico preso. Desde ahí vienen todos los abusos que vemos en personas reprimidas: desde sacerdotes católicos hasta conservadores de derecha. ¿Por qué? Sus mentes elaboraron una sexualidad bastante patologizada. Cuando el individuo no puede acariciar, golpea; cuando no puede amar, hace la guerra. En alguno de mis libros lo dije: muchos dictadores de la historia no llevaban una buena sexualidad.
Cuando egresé, el director me propuso que fuera profesor. Desde el año ’84 he formado ininterrumpidamente a generaciones y generaciones de sexólogos.

Capitalismo genital

Para mi tesis doctoral, hice un estudio de la sexualidad de 66 culturas alrededor del mundo. Llegué a vivir durante meses en lugares como el Tíbet y Micronesia para ver si era lo cierto lo que Malinowski y Margaret Mead nos habían descrito como paraísos sexuales.

Una de mis conclusiones es que las sociedades más pacíficas coinciden con las sociedades en que la mujer y lo femenino tienen un protagonismo importante, y que tiene una moral sexual más relajada, más abierta. En cambio, las sociedades más agresivas son las que reprimen la sexualidad y donde las figuras femeninas bajan a un segundo plano.

La sociedad occidental es una sociedad súper agresiva. Basta abrir un periódico y ver qué pasa, toda esa agresividad inútil. Pero no es una idea nueva. En su libro de “Eros y Civilización”, Herbert Marcuse hizo un paralelismo con la plusvalía de Marx y postuló que uno de los problemas de nuestra sociedad occidental era algo que llamó la “plus represión”. El sistema burgués capitalista, afirmaba Marcuse, redujo la sexualidad a los genitales, para así dejar al resto del cuerpo dispuesto para producirle al sistema.

“El sistema burgués capitalista, afirmaba Marcuse, redujo la sexualidad a los genitales, para así dejar al resto del cuerpo dispuesto para producirle al sistema”.

Yo te dirá que, además, estamos viviendo una sexualidad de alta productividad. Es decir, un hombre cree que mientras más orgasmos consiga de una mujer en el menor plazo, mejor. ¡Y eso es una tontera impresionante! Se piensa que un “triunfo” se ha conseguido porque que la mujer tenga un orgasmo, y no. La mujer tiene orgasmos porque ella tiene la capacidad de tenerlo. Y muchas veces, los tiene a pesar nuestro.

¿Sabías que en la antigüedad, en el modelo burgués tradicional, el hombre media su potencia en el número de eyaculaciones que era capaz de hacer en una noche? Hoy hemos convertido la sexualidad en un elemento productivista en término de decir: yo consigo tantos orgasmos en una mujer. Ambas son ideas muy neoliberales.

El capitalismo ha convertido el sexo en algo absolutamente productivista. La ha reducido a los genitales y la ha hecho escuálida respecto a la real capacidad que tenemos. Y ha reprimido a los cuerpos. Nuestros cuerpos están muy frustrados, muy reprimidos. El sistema capitalista nos ha jorobado tremendamente.

Sexo y cáncer

¿Cuál es el momento más difícil para una mujer que sufre de cáncer? A mi aún me sorprende, pero los estudios dicen que la peor parte para una mujer es cuando va a la peluquería para raparse el poco pelo que le va quedando.

Parece mentira, pero lo peor para una mujer es cuando se queda calva. Pues hay que decirle a su pareja que cuando ella vuelva de la peluquería, la bese en la calva y hagan los dos el amor. Para que ella se dé cuenta que sigue siendo deseada. Actualmente dejamos a los enfermos crónicos abandonados a su suerte con respecto a su sexualidad. A una mujer que le quitan sus pechos, su autoimagen se ve afectada, no se siente deseable y nadie le ayuda.

La sexualidad es una capacidad a desarrollar, es una oportunidad. Y como oportunidad, para las personas con enfermedades crónicas es un elemento altamente rehabilitador, porque aumenta su autoestima y su resiliencia.

Hay veces en que las enfermedades crónicas provocan directamente un descenso fisiológico de la respuesta sexual. Es entonces que hay que descubrir a la gente que existe una sexualidad de piel. La piel que tenemos es la piel más sensible de todos los mamíferos. En tan solo 2,5 cm2 de piel humana hay 1300 células nerviosas. Cada una de las yemas de los dedos tiene unos 100 receptores nerviosos, y eso no está ahí porque apareció de pronto, sino porque antiguamente en el paleolítico nos tocábamos mucho. Hoy las familias sólo tocan y acarician al perro.

Los micronesios cuando yo estuve, no paraban de tocarse todo el día. Yo los veía cómo se ponían en fila, uno detrás de otro, y así tocándose la espalda, tocando y tocando y se pasan un buen rato. Los niños van por ahí tomados del brazo.

Amor pasión y monogamía para pobres

En mi estadía en Micronesia descubrí que allí no existen los celos, tampoco hay amor pasión, que es una enfermedad muy occidental y transitoria.
El amor pasión funciona, normalmente, como un chute de dopamina. Y se produce porque es algo que no tienes, y que quieres conseguir. Los micronesios, como lo tienen a mano todo el día, no les va eso. Durante las noches, los hombres “gatean” hacia las chozas de otras mujeres, y ellas deciden si acostarse esa noche con él o no.

Realmente no somos seres monogámicos. Sólo somos monogámicos porque somos pobres. ¿Conoces a algún rico que sea monogámico? No. Todas las especies monogámicas son así porque son pobres, no tienen tiempo de estar haciendo un cortejo cada año. ¿Te has divorciado alguna vez? Es carísimo. Es horriblemente costoso, un lío. Es mucho más práctico elaborar desde el amor pasión un amor maduro. Pero nadie nos enseña a hacerlo.

Pero luego, cuando se acaba, cambia todo. Ahí entran los pedos, los rulos en la cabeza, el otro caga adelante de ti. Durante todo el amor pasión, a ti no se te ocurre tirarte un pedo durante una cena romántica, ¿no?