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19 de mayo de 2009

El ¿genoma? de la Concertación

Por

POR PATRICIO ARAYA

Me reuní con un “desconcertado”, para que me explicara qué es el ADN de la Concertación, de qué está formado su polímero, cuáles son sus bases, cuál su filosofía, su leit motiv, qué la diferencia en su conjunto de una de sus partes, el PPD, un partido “funcional”, no ideológico; pragmático. Y también para resolver una pregunta de sentido común: ¿los Presidentes de la República han sido a su turno los jefes supremos de la Concertación, sus líderes?
“Anota”. –Me ordenó. Eso hice. Para mi sorpresa terminé tomando nota de una larga lista de nombres ligados a ese conglomerado –unos más que otros–, desde fundadores emblemáticos a simpatizantes recientes; desde lobbyistas como el ex MAPU Enrique Correa (hoy en su propia consultora y más bien alejado del seno concertacionista) a Pablo Halpern (megaexperto en comunicaciones y hombre clave en el gobierno de Frei y en su actual campaña), por nombrar algunos. “Te pregunté qué es el ADN de la Concertación, no quiénes la integran”. –Le reclamé, después del primer nombre. “Es lo mismo”. –Me dijo.
El propósito era contar con un elemento más sólido y permanente que permitiera entender qué es la Concertación, qué le ha permitido gobernar el país durante dos décadas a través de cuatro mandatarios consecutivos, qué la sostiene en el poder, qué la diferencia de la derecha y de la izquierda de los últimos años de donde provienen algunos de sus más connotados representantes, al cabo, buscaba dar con un elemento menos rudimentario que una simple y previsible lista de nombres –una especie de Lista de Schindler, de unos “elegidos” que sobrevivieron a la dictadura–, que con el paso del tiempo se van sumando y restando de sus filas, algo que le diera sentido a la frase “las personas pasan, las instituciones quedan”. Pero, nada. Sólo nombres.
“O sea, que no hay tal filosofía ni liderazgo presidencial alguno, ¿alguien sabe ahí entonces para dónde va la micro, qué hay del mentado “pueblo” como alter ego de su lucha durante la dictadura, qué hay de “la gente” a la que tanto prometieron, de la participación ciudadana, de la democracia, de las grandes alamedas… del arcoíris de octubre?”. –Insistí. “Esas son puras huevadas, sentimentalismos baratos que no sirven para nada, demodé total, cachai?; aquí lo que cuenta es el poder y quién lo alcanza, cómo lo consigues, cómo lo mantienes, cuánto te sirve y para qué lo utilizas, a quiénes puedes intimidar con él, quién te “timbra” para la pega de tu vida o para un boleteo salvatore, por último”. –Ahora entendí.

Santos propios

La Concertación, aquel lugar donde confluyeron las dos principales facciones militantes previas a la dictadura (los que se quedaron en el país, unos a rostro descubierto, otros en sus escondrijos, y los exiliados), y a las que a fines de los ochenta se sumó una parte significativa de la sociedad civil no militante que anhelaba retornar a la democracia, hace mucho rato que dejó de ser ese referente político, moral y social que logró aglutinar el descontento y la esperanza en una sola voz.
Aquella instancia ciudadana que en 1988 llegó a contar con 17 partidos políticos y que hacía gárgaras con las palabras “pluralismo” e “inclusión”, para en las décadas siguientes reducirse a los cuatro actuales (PS, PPD, PRSD y PDC), hoy ya no es una entidad ideológica como pretendían sus fundadores, ni tiene ese carisma que la vio crecer bajo su arcoíris, ni tampoco tiene la necesidad de un manual de comportamiento corporativo, tal vez porque el enemigo a derrotar fue vencido y la victoria arrasó con la mística, lo cierto es que ni siquiera es una institución declarativa, cuya misión y visión figuren en algún sitio de la red. De lo anterior se colige que la idea de crear un partido funcional como el PPD, al cabo, se transformó en el modus operandi de toda la Concertación, no un ethos donde pensar el país, sino una sede social para negociarlo todo. No una coalición liderada desde la primera magistratura, sino una asociación de fútbol amateur con algunos equipos más influyentes que el resto.
Por su parte, los cuatro Presidentes consecutivos de la Concertación han ido distanciándose cada vez más de los partidos y de sus bases –de su militancia disciplinada–, para erguirse como mandatarios unipersonales, “apolíticos”, que ejercen su poder prescindiendo de otros, acotando sus decisiones más importantes a un círculo de hierro, cuyo objetivo principal pareciera ser la mantención de su influencia actual y futura. Los partidos tampoco lo hacen nada de mal, llegando al paroxismo de las agendas propias y paralelas a la del jefe. Es decir, cada uno con su santo. Alucinados en el famoso “cupo” para algo.
Se trata, por un lado, de una gran familia, “de donde puedes irte y volver cuando quieras, con o sin rencores, créelo”, y por otro, de un grupo de amiguis circunstanciales –esto es más real, lo anterior es medio mamón–, ni siquiera grandes correligionarios con pasado común, sólo conocidos aquí o allá en el exilio, cuando más, con mucho o escaso sentido de la lealtad política o humana, ¡qué importa!… aliados en ocasiones y acérrimos enemigos en otras, unidos por la necesidad del amamantamiento fiscal; células de poder que manejan fondos públicos, una descomunal agencia de empleos, una generosa e inacabable caja pagadora, funcionarios que se distribuyen por todo el país controlando la maquinaria estatal; una nomenklatura donde es posible hallar desde doctores en todos los ámbitos del conocimiento hasta maestros chasquillas expertos en asesorías gastronómicas, muchos de ellos con escasa o nula instrucción académica; muchos egresados de, o con carreras a medias. Muchos ex de todo: ex GAP, ex MAPU, ex MIR, ex humanistas, ex comunistas, incluso, ex pinochetistas; mucho travestido. El denominador común de la gran mayoría de estos concertados es su convicción mesiánica de sentirse imprescindibles. En justicia, también allí hay gente muy valiosa; poca. Hombres y mujeres que se pierden en el tráfago de componendas que se tornan indispensables.
“En serio, ¿no hay al menos un lema deportivo o un himno religioso?”. –Persistí. “Sí. Hay uno… Señor, no te pido que me des, ponme donde haiga”.

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