POR PATRICIO FERNÁNDEZ

Los enanos habitan entre nosotros de un modo, digamos, excepcional. No es raro que hayan inspirado infinidad de seres mitológicos. Desde los egipcios, pasando por griegos, romanos y celtas, han ocupado un sitio particular en nuestra imaginación. Son iguales a cualquiera de nosotros, pero también distintos. Yo no sé si ustedes, enanos, lo notan, pero al conversarles, sus miradas ponen distancia y sus movimientos cortos y bruscos denotan cierta propensión a huir. Pareciera que guardaran un secreto delicadísimo. A las mentes fantasiosas les encanta figurárselos como custodios de un tesoro, configurar universos alegóricos en los que cada cosa tiene un significado, y donde los hombres pequeños – gnomos, duendes, pitufos-, quizás porque envejecen sin abandonar enteramente la niñez, son el último baluarte de la inocencia que se va perdiendo. El señor de los Anillos, Blanca Nieves, Las aventuras de Gotrek y Félix, la mitología escandinava…, donde sea que haya un bosque y la razón pierda el gobierno, allí habita un enano. Pero yo no creo, como Scrooge, el misántropo de Dickens, en esas majaderías. La fantasía, desde hace algunos años, me da pereza. Intuyo que aquella sabiduría proviene de territorios harto más pedestres y, por ende, harto más escabrosos. Desde esa altura, se debe vivir con un mundo de amenazas a cuestas. Si un obrero padece el poder del patrón, si un pelado tiembla frente a un teniente, si al hijo le asusta el padre y al flacuchento el musculoso, ¿cuánto miedo sentirán los enanos ante la normalidad? Se me ocurre que muchísimo, porque han de haber padecido tantos abusos, tantos atropellos, tanta humillación, que un día atravesaron la barrera del mundo y descubrieron un valle paradisíaco, al que corren cuando llega el pánico y cuya entrada no puede conocer nadie. Los enanos, como pocos, han de saber lo malos que somos. Disfrutamos de la debilidad del prójimo. En cierto modo, nos alienta la derrota ajena. Necesitamos poner el pie encima para sentir que el mundo nos pertenece, aunque sea una parte minúscula. Si nos golpean, sólo nos sana golpear. Pertenecemos a una especie de naturaleza cruel, quizás como toda la naturaleza, una especie que en cualquier época, variando apenas las formas, pide sangre y dolor los días de carnaval.

Pero a los enanos, como a los gigantes, los rubios, los negros, los orejones o los narigones (pienso en uno de nuestros candidatos), sólo les queda convertir la diferencia en virtud. Touluusse Loutrec era enano, Napoleón era medio enano (y cuentan que una vez, estando frente a su biblioteca, pidió ayuda a un mariscal para que le alcanzara un libro del último anaquel del estante, y apenas el mariscal le dijo, con una sonrisa burlona entre los labios, que lo haría gustoso, porque era más grande que él, Napoleón lo mandó apresar. “Más grande soy yo, tú apenas más alto”, habría dictaminado). Ángel Parra me dijo, una vez, que los de patas cortas estábamos más cerca del suelo. Los palitroques andan con la cabeza en las nubes.

Este número, al igual que la mayoría de los que hacemos, es fruto de la curiosidad. “Los pobres enanos viven/ en unos cuartos pequeños/ con unos techos tan bajos/ que casi tocan el suelo”, escribió Gianni Rodari. Seguramente por eso con frecuencia les pasamos por encima. No sabría qué otra palabra, sino enanos, usar para llamarlos sin tinte ninguno. Hay algo que los ciegos ven y el resto no, algo que sólo escuchan los sordos y pueden acumular los pobres; tal vez, a fin de cuentas, sean sus historias, experiencias únicas capaces de generar una sabiduría que sólo existe a ras de suelo, donde las miradas altaneras no llegan y la risa macabra rebota.