* Algo sobre las convulsiones agónicas del “alma de Chile”.

POR PEPE LEMPIRA
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Hubo un tiempo lejano en Chile… En ese entonces, un magnate para ser elegido presidente de la República, en la práctica tenía que vivir como un anacoreta; alimentándose con apenas unas cuantas galletas de soda y transcurriendo sus días en la mayor sobriedad. Fue el caso de Jorge Alessandri, quien siendo presidente del directorio de la enorme Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, pasó por esta vida teniendo domicilio en un departamento muy normal -con vista a la Plaza de Armas de Santiago- desde el cual llamaba al alcalde de la capital para indicarle que no dejara encendido el alumbrado público durante el día, pues había que evitar el derroche del erario.

Alessandri II parece ridículo hoy. De hecho, cualquiera estará tentado a explicar su conducta colgándole un par de palabrejas: tacaño y reprimido. Sobre todo en comparación a muchos chilenos actuales… Un diálogo callejero escuchado por Lauzán entre quienes celebraban: “Si ahora tengo auto ¡con Piñera voy a poder tener una 4×4!”. Ese es el verdadero cambio, y no ocurrió en esta elección: se necesitaron una dictadura y cuatro gobiernos de la Concertación para conseguirlo.

SI NO PISABAN CRÁNEOS, PISABAN HUEVOS

La, ahora anacrónica, actitud de Alessandri, tenía entonces mucho de prudencia explicable e instinto de autoconservación. Porque los líderes de la derecha declarada sabían en el fondo de su alma que debían pisar huevos, disfrazarse o dar golpes militares para llegar al poder. Eso, por lo menos desde que pasó de moda el cohecho y el acarreo masivo.

La actitud relativamente cautelosa (o culpable) de esos caudillos del Club de la Unión era necesaria en un país que -aunque no tuvo la desdicha de pasar por las guerras mundiales- pasó por un siglo XX verdaderamente de mierda. Una centuria en la que transitó desde el feudalismo y los azotes en los campos, a holocaustos sociales terribles; pasando por éxodos bíblicos, por un hambre y una escasez tan mordientes, que llevaron a las personas a los abismos de la miseria y degradación humana, e imprimiendo algunas de las características de personalidad en que los chilenos se reconocen a sí mismos: la desconfianza, el escepticismo, el pragmatismo, la valoración de la astucia y el aperrar.

Según estiman los historiadores, en las primeras décadas del siglo XX una de cada cinco mujeres chilenas adultas se lanzaba a la calle a enfrentar a los riesgos de la gonorrea y la condena social, por no tener un mendrugo que echarse al gaznate. Traducción: estadísticamente casi todos los chilenos de mi edad tienen al menos una bisabuela que debió hacerse puta para comer.

Y pasemos a los abuelos… En los años 30 llegó de visita a Santiago el escritor argentino Roberto Arlt, quien se había criado en los barrios marginales de Buenos Aires, entre la tuberculosis y pandillas de niños malcomidos. Y pese a no ser virgen en miserias, no pudo contener su espanto ante lo que llamó “pobreza africana” de Chile.

Arlt resumió su diagnóstico: “Dudo que haya país en Sud América donde las masas hayan sido más cruelmente explotadas, hambreadas, masacradas y calumniadas que las masas proletarias chilenas. Albergándose, cuando pueden, en un conventillo que nos recuerda las más salvajes descripciones gorkianas, semidesnudos, en compañía de sus mujeres semidesnudas, estos tremendos desdichados han tenido que soportar sobre sus espaldas una sociedad que engendra, ¡vean ustedes!, literatos como Benjamín Subercaseaux, banqueros como Edwards, financieros como Ross Santa María, políticos como Alessandri (el padre de Jorge), es decir, los arquetipos más ferozmente enemigos del pueblo que pueda soñarse para castigo del mismo”.

Ahí están las raíces de las certezas sobre las que se construyó el alma de Chile en siglo XX. El alma de un pueblo que se sabe con todo en contra, más o menos alerta y que olía la rapiña desbocada con bastante facilidad.

QUÉ CAMBIÓ

Chile no es el Haití de mediados del siglo XX, pero algo conservamos de esa “pobreza africana”, que en tiempos de Roberto Arlt era tan material y visible. Ahora, ubicándonos al tope de los países con peor distribución del ingreso, acompañando –nuevamente- a varias repúblicas bananeras del África.

La vieja pobreza, aparte de engendrar niños vivos, también creaba un abismo entre “ellos” y “nosotros”. Pero hoy la ilusión está completa. Y el hombrecito que piensa que Piñera le traerá un 4×4 (en el que malgastar bencina extra, yendo al supermercado o a ir a dejar a los niños al colegio, porque no lo usará para subir cerros), vive en el espejismo de la identificación total con el magnate. Siente que él mismo puede ser algo así como un mini-millonario parecido a él. A ese huevo duro exhibicionista de sus millones, que si puede dará la vuelta olímpica junto a la Selección Chilena en las canchas de Sudáfrica, tal como se convirtió en una lapa adosada a los tenistas laureados en las Olimpiadas de Atenas.

Entonces, ante Piñera, el arribista no se escandaliza de sus pillerías o de su hedonismo. Ya no. Siente que aprende… Por eso mismo, la promesa de cerrar la puerta giratoria a la delincuencia es -desde ya- la primera gran mentira del nuevo gobierno. Porque “el cambio” trae implícita una lección completamente distinta: para triunfar en la vida hay que ser por lo menos un poco delincuente.

Sí. He hablado con muchos votantes de Piñera que tienen la peor impresión de él como persona. “Si yo sé que en privado es lo más ordinario, prepotente y asegurado que hay”, me dijo uno de sus seguidores, que tiene amigos comunes con el presidente electo. “Pobre Cecilia”, agregó esta persona. Y aun así le dio el voto, aduciendo la “eficiencia” de LAN y que era bueno “ventilar”.

Eso es lo más desolador. Nadie en sus cabales parece pedirle honestidad a un presidente que promete barrer la corrupción y a los apitutados… Si ya al día siguiente de su elección la Bolsa de Comercio se encarga de aclararnos de qué se trata todo. Las acciones de las empresas de Piñera suben sideralmente. Y eso porque el mercado puede ser ciego, pero no es estúpido. Los operadores en inversiones saben que esas empresas valen más ahora, que su principal socio se hizo con el poder total, y es presumible (sincerémonos) que cuenten con toda la información privilegiada que les podía faltar. En resumen, que esas compañías tienen ventajas comparativas subterráneas, que son la base misma del libre-mercado, aunque el dueño de PYME, prefieras no darse cuenta y tener fé en su propio esfuerzo.

Y así de paso el ciudadano aprende las razones de su candidato para no desprenderse antes de sus carpetas de especulador: las acciones del Presidente de la República siempre suben de precio. El mismo compatriota puede en la noche deleitarse viendo un capítulo de “Los 80”, halagado por esa versión anticuada y exótica de nosotros mismos: esa de los honestos padres de familia que conservaban sus valores aun en épocas plagadas de asesinos.
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PD: El título es de Osorio.