Al fondo de la mina está oscuro, y también al fondo del pensamiento de cada familiar que aguarda afuera. Debe ser horrible respirar imaginando a un ser querido adentro, viviendo lo invivible. De lo que ahí sucede, no sabemos nada, y todo indica que seguiremos sin saberlo durante largo tiempo… o para siempre. En la oscuridad de la cabeza de la madre que espera al hijo deben proyectarse por estos días las escenas más atroces que uno pueda concebir, pero también ilusiones inconcebibles. ¿Y si en “las entrañas de la tierra”, como dicen los periodistas cuando les da por la poesía, existiera un paraíso perdido, una ranura por la que se entrara a ríos y bosques subterráneos? A mí me cuesta mucho suponer que cualquiera de los mineros esté con vida. Las informaciones que circulan dan a entender claramente que el derrumbe fue tremendo. Aseguran que la mina “se sentó”, es decir, que los distintos niveles fueron cayendo uno sobre el otro, como cuando los aviones entraron en las Torres Gemelas, y los últimos pisos de esos rascacielos quedaron convertidos en los primeros. Sólo que nada de esto sucedió aquí a la luz del día, sino adentro de la tierra, donde la naturaleza es piedra y barro, y el cielo no existe. Si alguno de ellos estuviera vivo, la situación en que habría que figurárselo es tan macabra, que alivia imaginarlo muerto. Yo intuyo que estamos ante la tumba más profunda de Chile. Es más, si alguien llega a salir de ahí, será un resucitado. Habrá conocido la muerte en carne propia.

Los 33 mineros del yacimiento San José ya recorren como fantasmas las calles de nuestro país. Es difícil hacerles el quite. Tarde o temprano, penan en casi todas las conversaciones. La ciudad se mueve aparentemente como de costumbre, pero a sabiendas de que camina sobre un terreno embrujado. Debajo nuestro late un dolor colosal. A los más cercanos, según comentan, se les ha quitado el hambre. Los alimentos que les envían están acumulándose sobre el cerro. Hacen misas, prenden velas, confían en que la fe mueve montañas, y esta vez moverá la que ha sepultado a sus parientes. El discurso público no se atreve a patear tanta esperanza. ¿Cómo, en qué momento, cuál será la razón esgrimida para convencer a esa gente de que los suyos están muertos, si nadie ha descendido ni ha visto sus corazones apagados?

Es verdad que el tiempo lo diluye todo, y que nada es para siempre, pero este tipo de fantasmas no desaparecen tan fácilmente. ¿Acaso alguien podrá volver a pasear por la boca del socavón sin escuchar voces o al menos estremecerse? Es la herida de la injusticia y la crueldad de la ambición, es cierto, pero mucho más todavía es la historia de 33 personas de las que nunca sabremos lo que vieron ahí, lo que pasó por sus mentes, lo que alcanzaron a vivir tras el derrumbe de todo el mundo sobre sus cabezas. Imagino el ruido ensordecedor, el polvo, el desconcierto, y después el silencio atroz, ese que huele a fin de cuento y en el que retumba el abandono. Afuera, una historia como la del Desierto de los Tártaros, la espera infinita de algo que nunca ocurrirá. Adentro, el miedo, la noche oscura del alma, la soledad absoluta. Treinta y tres cuescos plantados en la piedra, a poco menos de mil kilómetros de profundidad, entre el oro y el cobre, como diamantes relucientes de secretos, y gritos en la oscuridad.