POR GUILLERMO MACHUCA

De un tiempo a la fecha, un número nada despreciable de artistas visuales han solido abrumarnos con su infinita bondad, con su inestimable sensibilidad orientada hacia la indigencia ajena. Muchos de ellos son extranjeros, principalmente de países desarrollados, pero también –aunque todavía en reducido número– compatriotas nuestros. Son herederos de cierto arte activista surgido en las revueltas estudiantiles y culturales en los años 60 y reactualizado en la era de los gobiernos liberales de derecha como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Helmut Kohl en los 80. Menos dionisíacos y malditos que los anteriores (algunos incluso se visten en Prada o Dolce & Gabbana), los activistas actuales se mueven entre una sensibilidad new age, de tipo Greenpeace, y una oportunista vocación asistencial onda Hogar de Cristo. Son verdaderos paladines de la mala conciencia; insignes proveedores de productos estéticamente lagrimosos. ¡Nombres, por favor! Siempre lo mismo: suponer que la calidad moral de una constatación depende del riesgo que implica acompañar el juicio con una acusación responsable, ¡con nombre y apellido!
Para estos talibanes de la transparencia, el contenido de lo expuesto importa poco; sólo el placer de visualizar el rostro de quien ha sido acusado. A veces, dar nombres supone una crueldad innecesaria, una actitud marcada por la venganza y el resentimiento. Por el placer malsano de ver caer al otro. Analicemos el siguiente extracto de Nietzsche: “Yo no ataco jamás a personas (…) Si yo hago la guerra al cristianismo, ello me está permitido porque, por esta parte, no he experimentado ni contrariedades ni obstáculos -los cristianos más serios han sido siempre benévolos conmigo-. Yo mismo adversario de rigueur del cristianismo, estoy lejos de guardar rencor al individuo por algo que es fatalidad de milenios”. O este otro, enfocado a ironizar respecto de la cultura alemana en la segunda mitad del siglo XIX: “Y cuando yo he alabado ocasionalmente a Stendhal como psicólogo profundo, me ha ocurrido, estando con catedráticos de universidad alemanes, que me han hecho deletrearles el nombre…”.
Aquí no importan los nombres. ¿A quién le podrían importar los nombres de los susodichos catedráticos alemanes del siglo diecinueve? ¿Significa esto que Nietzsche era acaso un cobarde? Nadie puede dudar de su franqueza. Cuando había que dar nombres no escatimaba ni el más mínimo esfuerzo en enfrentarse de manera descarnada con sus enemigos intelectuales, culturales o políticos: George Sand, Bismark, Wagner, Darwin, Saint Beuve, entre otros. Más en estos casos se trataba de una reyerta personal, no carente de humor, con nombre y apellido (en lo relativo a las ideas generales, que los particulares se pongan el sayo si gustan).
Pero volvamos al artista piadoso; a este paladín de los derechos humanos. Porque de eso se trata, ¿no? De defender a las minorías de toda índole: sexuales, étnicas, culturales o geográficas. La mala conciencia, como se sabe, carece por completo de límites. Todo el mundo, para este hedonismo piadoso, puede ser concebido como soporte de arte (en particular el proveniente de zonas geográficas tercermundistas). Esta clase de artista suele referirse a su producción como un proyecto y a la obra como una pieza; tanto proyecto como pieza han sido la resultante de una serie de gestiones suficientemente avaladas por una cantidad nada despreciable de especialistas en las más variadas disciplinas de las ciencias humanas: antropólogos, etnógrafos, sociólogos, arqueólogos, cientistas políticos, avezados y comprometidos ecologistas (pero sobre todo de un importante presupuesto económico, lo suficientemente jugoso si se toma en cuenta las tribulaciones experimentadas durante el trance surgido en el trato con tantas almas necesitadas de cariño y de asistencialismo social).
El artista piadoso recurre habitualmente a las disciplinas antes mencionadas, con el fin de compensar racionalmente su desbocada o descomedida sensibilidad. Tanta sensibilidad requiere de la seriedad del proyecto, del programa, del fundamento con pretensiones científicas. Se ubica a medio camino entre el trabajo etnográfico realizado en terreno y el reportaje periodístico tipo “Informe Especial”. El problema, en este caso, consiste en determinar si dichos proyectos resultan más eficientes que los programas televisivos conducidos por periodistas como Santiago Pavlovic o Rafael Cavada. Sospechamos que se encuentran por debajo, incluso a nivel estético visual.
Pero el artista piadoso nos da a entender que lo decisivo en sus investigaciones no radica necesariamente en los aspectos visuales. Con la gratificación producida gracias a la ayuda desinteresada prestada a los otros, es suficiente: que el africano vuelve a su terruño; que el kurdo pueda al fin ser respetado; que el amazónico vuelva a gozar de su naturaleza selvática; que la musulmana deje de ser golpeada. Para ello, lo visual (cuestión frívola) debe ser castigado en beneficio del proyecto y su autorizada pléyade de expertos en el tema del dolor ajeno. Toda una cofradía de expertos en el arte de exacerbar una “excitable sensibilidad para la indigencia ajena” (para terminar con otra cita de Nietzsche).