Antonio Becerro a 30 años de la creación de La Perrera: “Algunos dicen que somos cuicos, otros que somos delincuentes, otros que somos terroristas… pura estupidez a la larga”
El Centro Experimental Perrera Arte lleva tres décadas instalado en el Parque de los Reyes, haciendo resistencia. Su creador y director ejecutivo rememora los inicios con The Clinic, y reflexiona sobre una historia de noches inolvidables, libertad en expresión en todos sus formatos y el orgullo del mundo under como opción cultural. Sobre las polémicas que rodearon en algún minuto sus muestras, dice: "Sabía que no íbamos a sobrevivir poniendo cuadros solamente, o haciendo un arte más convencional”.
Por Isabel Plant 11 de Octubre de 2025
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Antonio Becerro (60 años) se sienta en su escritorio en el segundo piso del Centro Experimental Perrera Arte -o La Perrera, como es conocido-, y explica que debe, incluso en el interior del edificio, mantenerse con lentes oscuros. “No puedo por la luz”, dice y muestra unos ojos enrojecidos por la alergia; la misma condición incómoda que lo tiene, en parte, viviendo buena parte del año en el sur, huyendo de la capital.
Vestido de riguroso negro, pelo blanco, rápido para el humor, Becerro está flanqueado por Dante, el perro de La Perrera que tiene pinta intimidante, pero resulta ser de una ternura faldera, y el que se echa a dormir al lado del creador del espacio de creación under más mítico de Santiago.
—Igual te da una onda el lente oscuro. Ayuda al personaje.
—(se ríe). Sí, sí, yo creo que todos al final somos la construcción de lo que queremos. Tienes que sostenerlo después: no puedes arrugar.
En ese sentido, La Perrera, a lo menos, no ha arrugado: ya son tres décadas como uno de los estandartes locales de arte a contracorriente. El edifico de principios de siglo -donde se sacrificaban perros históricamente- está ubicado en el Parque de Los Reyes, y celebra sus 30 años con una muestra que incluye obras de Tania González, Carol Contreras, Luz Yankovic, Patricia Israel, del venezolano Nelson Garrido y Jorge Tacla, entre otros.
Además, está presentándose un perro gigante del mismo Becerro, hecho con desechos y con partes originales del edificio de 1927. “Escarbamos, recuperamos el piso y los rieles, y con eso yo armé esta especie de arqueología canina”, dice el artista, famoso por su trabajo con taxidermia a principios de los 2000. Sobre la muestra de aniversario, explica: “Queríamos mostrar el hilo conductor de estos 30 años, la curatoría tiene que ver con la ruina, por eso Tacla, que trabaja con los escombros, o el perro que yo hice, que era basura”.
El barrio, por su lado, ya no es el mismo: lo que a principios del siglo XX fue una zona industrial, hoy tiene torres de edificios; desde la ventana de la oficina de Becerro se ve cómo construyen un supermercado. Y mientras el artista es director ejecutivo, hoy el día a día del espacio es liderado por un grupo de mujeres -Carolina Ibacache es la presidenta, se le suman Rocío Garcés y Carol Contreras en gestión e Ivania Arnao, contadora,-, que empujan la supervivencia de La Perrera con alianzas, creatividad, disciplinas de todo tipo y actividades vecinales. Lo que era un espacio de fiestas míticas, junto con residencias y performance, hoy mezcla sus exposiciones y muestras, con talabartería –“crea tu chaucherita”, con asistencia de muchos vecinos-, festivales veganos, encuentros de capoeira o yoga.
—¿Se puede aburguesar La Perrera?
—No estaría nada de mal, nos vendría bien un aburguesamiento. Nos han dicho de todo: algunos dicen que somos cuicos, otros dicen que somos delincuentes, otros dicen que somos terroristas, otros dicen que no le damos espacio a los artistas chilenos porque metemos mucho extranjero. Pura estupidez a la larga. Con estos 30 años, al mirar para atrás, de verdad yo creo que esto es un milagro. No sé cómo se nos ocurrió recibir este lugar. Tiene una arquitectura muy dura, no solamente la historia: tú querías hacer algo, tenías que tener un taladro percutor. ¿Quieres cambiar un vidrio? Tienes que tener otro tipo de herramientas, porque es un edificio que fue hecho para soportar peso y calor, tiene hormigón armado de aquella época y fierro reforzado. Entonces todo es físico, todo tiene que ver con un esfuerzo. A lo mejor pagamos una especie de purga en La Perrera constante. Y no ha dejado de serlo. Hoy día tenemos mucha más edad, estamos mucho más reflexivos, más sabios también el colectivo en general. Uno mira para atrás y dice: ¿cómo lo hicimos?
Un ícono del Parque de los Reyes
A principios de los 90, el entonces alcalde de Santiago Jaime Ravinet le entregó el edificio que se usó para sacrificar y quemar perros callejeros a un colectivo de artistas, como espacio de creación en una nueva democracia; partió siendo un almacén de arte sin mucho éxito, luego empezó a ser usado como taller. Becerro llegó invitado por David Campusano, y terminó siendo el hombre a cargo.

“Yo me quedé porque Campusano me entregó este lugar así en estado ruina. No todo el mundo resistió esa presión, ni ese esfuerzo. A mí me gusta la ruina, me gusta el sentido del Ave Fénix, me gusta esta cuestión que tiene este lugar, algo también como de catedral, el vacío, me gusta este silencio. Entonces me acomodó estar acá y yo armé mi taller de artes visuales, yo era pintor en ese tiempo, pintaba grandes paños”, recuerda Becerro. “Luego sentí que el lugar era más grande y por qué no, veníamos saliendo de la dictadura, tenía un par de amigos, no tenían taller, y lo abrí a otros artistas. Y luego de ahí nace el proyecto Centro Experimental Perrera Arte. Muchos arrugaron, muchos cayeron en el camino, porque obvio, no teníamos financiamiento, no teníamos de dónde pagar nada, hacíamos esfuerzo evento para tener mínimo ingreso, ni siquiera para el bolsillo de uno”.
—Para pagar la luz y el agua del lugar.
—Claro, y para pagar esta idea de que el arte es un dispositivo legítimo, sanador, dentro de la barbarie. Te da una identidad que rompe con la hegemonía, o sea, todo eso sigue estando. Pero el Chile que nos tocó en ese tiempo era la transición, la democracia, la Concertación. No ha cambiado nada. Yo creo que todo fue un fraude, entonces siempre estuvimos como en la misma lucha.
Hay historias insólitas de esos primeros años: como la vez que Fuerzas Especiales de Carabineros rodearon el lugar. Becerro y el equipo llegaron al Parque, y hablaron con el Mayor a cargo: había una denuncia de que en La Perrera había un centro abortivo clandestino. Habían llegado los medios, era un escándalo, mujeres provida dejando flores. Pero resulta que en realidad lo que había al interior era un trabajo en conjunto con una escuela básica, donde el profesor de Arte era también profesor de Ciencia, cuyos alumnos habían hecho para el Centro Experimental unos fetos en papel maché -hablando sobre el origen de la vida-, y los exponían en frascos. Eran, en simple, artesanías escolares.
“El Mayor miró la exposición con cara de desconcierto, perplejo boquiabierto. Me pidió disculpas y me dijo que Carabineros no estaba para bromas”, dice Becerro. “Joaquín Lavín era el alcalde y llamó al teléfono público que teníamos en La Perrera. Contesté. Escuchar su voz era impresionante (se ríe). Me pidió disculpas, dijo ‘no los vamos a molestar más, y lo que necesiten para la exposición, podemos colaborar'”.
Hoy Becerro vive en el sur, en el parte por su salud, en parte por ganas de estar lejos. “Estoy feliz, porque el Santiago que yo conozco ya no está, está el horror, está lo feo, todo está mal, hay que decirlo”.
—Pero, por ejemplo, este mismo barrio está mejor que en los 90, está menos abandonado, hay luminaria. ¿Las vecinas que estaban hace 30 años están mejor ahora que antes o no?
—En cierto modo sí, en cierto modo no. Hay que reconocer que algunos cambios favorecen, pero también este es un barrio golpeado de las nuevas costumbres, de la explosión de la inmobiliaria, ahora hay un cordón de edificios. Sí hay cosas que son parte del desarrollo, de cómo va cambiando la comunidad también, hay muchos vecinos que pasean sus perros, hay más luminarias, pero botan las luminarias. El desarrollo también trae nuevo tipo de delincuentes, de robo, de incivilidades. El río Mapocho es nuestro testigo más antiguo de Santiago, pero siempre la indigencia está relacionada con él. Un poco más allá hay pequeñas ciudades en el río.
—Volvieron a vivir las personas debajo de los puentes, algo que se había terminado en un momento.
—Volvieron. No es que esté el cabro chico antes, que era cuando nosotros llegamos acá, el que aspiraba neopreno. Otra indigencia. Hoy los rucos son de otra manera. Como agrupación cultural, como colectivo, nos golpeó. Obvio que sí trabajamos con eso, leímos el presente, leímos el entorno, es muy difícil para nosotros separarnos de esta realidad. De los 90 hasta ahora, yo diría que lo único que ha movido nuestras vidas, es el estallido social y la pandemia. Lo demás está maquillado con un nuevo plástico. Pero no ha cambiado en absoluto. Yo diría que incluso ha empeorado.
—¿Como de calidad de vida o de calidad de pensamiento?
—La calidad de vida. O sea, ya casi no hay calidad de pensamiento. El pensamiento chileno, esta cosa rica que teníamos, la extraño. Ahora ya no hay bares decentes, ya no hay lugares donde poder encontrar ese pensamiento. ¿Qué nos ofrece Santiago? Cierran temprano, no hay bohemia, no hay un movimiento cultural.
Los 90 en la memoria
—Los 90 iban a ser una fiesta. Pero hoy día tu generación lo mira hacia atrás y siempre hablan de esta desilusión, de que no fue lo que esperaban. ¿Cómo lo viviste tú, desde el lado artístico? ¿Qué esperabas tú de la comunidad artística que no pasó o que sí pasó?
—Yo creo, como artista y taxidermista, que lo único que no tiene necrosis es la desilusión. No es que nos hayamos ilusionado tanto, porque siempre uno es cauto. Las promesas se cayeron rápidamente. Te prometían con la cultura, los artistas, los agentes culturales incorporados al nuevo Chile, pero apenas entró la democracia, entraron estos gestores culturales sospechosos, mucho productor, los políticos que uno no conocía y aparecieron de repente. Nuestro caballito de batalla siempre fue generar obras comunicantes y también la relación entre los pares, o sea, el arte no es solamente una cuestión decorativa, no es una cuestión comercial.

—¿Sientes que, por ejemplo, hoy se ensalza en el arte local a los que venden más caro, cuánto se monetiza la obra en el exterior, más que la creación misma?
—Claro, el tema de la creación no está en este momento como la piedra angular de los artistas, yo creo que se trabaja para un documento, se trabaja para el mercado y para lo que se ve bien. Todo aquel que se salga de esa norma está mirado como una rareza. Este tipo embalsama perros, este otro gallo hizo esto; hay una especie de centrífuga que te tira para afuera inmediatamente, porque el modelo es demasiado veloz, es muy brutal.
—¿Y había en los 90 ese movimiento cultural? ¿O era más de los 80? Estar oprimidos permitía también el querer liberarse constantemente. Un enemigo común genera algo.
—Por cierto. Da fuerza al enemigo común. Este tiene más cabeza, se camufla por todos lados. Yo creo que los 90 vivieron mucho rato con la factura cultural de los 80. Y los 90 es como la carne de cañón, lo que se sacrificó. Porque después es refácil, a partir del 2000 en adelante es otro tipo de manifestación, entonces ya todo el mundo estaba con el modelo neoliberal, la tarjeta, el individualismo caló muy fuerte aquí en Chile, y por tanto los movimientos culturales, los artistas y todo fueron arrasados.
Cuando se le pide a Becerro rememorar algunas de las noches más míticas de arte y fiesta en La Perrera, material de leyenda, parte recordando una llamada Lex Luthor, donde el DJ estaba ataviada como enemigo de Superman, enjaulado. “Venían personas de todos lados de Santiago. Y lo pasamos en la raja. La fiesta partió a las 11 de la noche y terminó como a las seis de la mañana. Con toda la estética, barras de hielo derritiéndose, música, una iluminación que no existía tampoco en Chile en ese entonces; fue al principio, con mucho frío, tormenta y toda la cuestión”, dice.
También recuerda “la vez en que Pedro Lemebel estaba curado en el suelo, y nadie sabía quién era este personaje, hubo que levantarlo, acostarlo ahí en un sillón para que nadie lo pisoteara. A veces teníamos dos ampolletas aquí abajo, no había más luz que esa. Y con eso hacíamos eventos”.
Y, también, recuerda con cariño una velada en que Carmen Berenguer hacía una lectura de poesía para algún aniversario. “Estaba lleno pura gente vestida de negro, hombres, mujeres, todo de negro. Hasta las pulgas de negro”, dice. La poeta estaba leyendo un texto en relación a los perros, cuando se corta la luz. El parque completo, no solo el edificio, a oscuras. “Hubo un silencio y de repente la Carmen se pone a aullar. Y todos, el público, aullando como unos tres minutos hasta que llegó la luz. Eso fue maravilloso, Fue muy lindo. Y de ahí la fiesta”, dice Becerro.
—¿Mucha resaca en los 90?
—Sí, o sea, yo era un hombre fuerte. Hoy día yo no puedo hacer esa. Yo tengo el mal de Ménière y tengo esta cosa alérgica. Había resaca, pero uno podía continuar dos días, tres días. Era alucinante recibir a Chile sin Pinochet, entendiendo que se nos venía un futuro. Todo eso tenía que ver con estas conversaciones en los bares, en los encuentros, siempre armando ideas, armando proyectos. Todo eso está relacionado. Yo no le hago a la falopa ni nada de eso, pero respeto a la gente que la hace y que crea. Hasta ahí llego. Pero sí, había mucha, mucha resaca, mucho jolgorio, mucho encuentro.
No son treinta años, es una vida
Becerro dice que es de Santiago centro, que siempre ha estado por aquí. También recuerda un paso muy breve por la escuela de Arte de la Universidad de Chile, de donde se salió rápidamente. Ha pintado, ha hecho sus famosas esculturas con perros muertos, y por estos días, su trabajo está centrado en video arte, en cortos escritos y dirigidos por él, de “docu-ficción”. “La extraña desaparición de Jhendelyn”, por ejemplo, comenzó con un llamado que recibió, donde le ofrecían el cadáver de una yegua en las cercanías de Melipilla –“el tipo de llamado que recibo”, dice riendo con ganas- y Becerro, famoso taxidermista, sintió que no lo podía dejar pasar. La yegua, según su dueño, era muy coqueta, y el video resultante, que comienza con una especie de representación poética del caballo, pasa del campo hasta la misma La Perrera, y termina con la entrevista de hombre que era su dueño.
—¿En qué minuto aparece tu taxidermia? Y cómo se cruza con la leyenda de La Perrera? Los perros muertos también se transformaron en una identidad del espacio, tu propia obra con el espacio.
—Yo lo hice a propósito. Bueno, yo me considero un artista matérico experimental, por eso le puse Centro Experimental a La Perrera. Nunca me gustó el lenguaje quieto, conservador, entonces necesitaba nuevas materias para hacer mi escultura y me pegué el salto; no es llegar y decir voy a hacer taxidermista. Estudié en el Museo Historia Natural, vi lo complejo que era porque yo iba a la carretera, recogía perros muertos, un pequeño Frankenstein, pero lo vinculé precisamente a La Perrera. Fue de una manera profética tal vez, porque yo siempre dibujé perros, siempre estaba con el tema del perro, por qué está tan cerca del hombre. Pero estratégicamente y maquiavélicamente asocié las dos cosas a propósito, para que el lugar tuviera esa fuerza. Sabía que no íbamos a sobrevivir poniendo cuadros solamente, haciendo un arte más convencional solamente. Necesitábamos romper, correr el cerco. Y eso era la taxidermia para mí.

—Rompe un tabú, manipular a los muertos.
—Claro, pero es un tabú para acá. Un tabú bastante estrecho, diría yo, porque en realidad los chinos, por ejemplo, trabajan con cadáveres de toda la vida, y todavía siguen trabajando. Yo resumí eso en una frase: hay dos formas de conservar la especie. Una es con la repetición, como recurso de retención de la imagen y la otra es con Taxidermia. Lo que a mí me interesaba era presentar el arte como una lectura renovada, más política. Y para eso tenía que romper con esta cuestión tan hermética, tan conceptual. El arte de los 90, o una corriente, se conceptualizó demasiado, tomó distancia de la gente. Tenías que buscarle la quinta pata al gato, una huevada realmente latera. Mira, el arte, la izquierda relacionada a eso, es lo primero que me golpeó a mí de todo ese mundo. Es la arrogancia con la que se habla, esa certeza, como que fuéramos el ombligo del mundo. Y con juicio sobre el otro, súper prepotente, las universidades, los profesores. Yo creo que en mi caso lo mejor fue haberme retirado de todo eso y haber conocido el arte desde una experiencia más personal.
—¿La chapa de ‘under’ les caía bien, les cae mal?
—Es que éramos under, éramos una alternativa a la cartelera, al dossier chileno, éramos underground. En el sentido de oscuro, de presentar otras alternativas. Por este lugar pasó Pato Guzmán, Raúl Ruiz, Pedro Lemebel, Carmen Berenguer, o sea, sí había un pensamiento underground, se movía por la ciudad. Una vez Carlos Leppe me dijo que en los pasillos del Bellas Artes dicen: ¿Hola, La Perrera la conoces? Ser under nunca nos dio un peso denigratorio.

—Ya que mencionas el Museo Nacional de Bellas Artes: en los últimos años están justamente intentando llenar espacios, sumar a la colección artistas de disidencia, artistas de pueblo originario, más mujeres. Han generado bastante ruido justamente por algunas acciones de arte que han desarrollado ahí. ¿Cómo ves tú eso que está entrando en ese espacio?
—Yo lo veo como medio añejo en realidad, pero es una opinión personal. Encuentro que es muy poco natural, lo encuentro muy forzado, como que tienes que entrar por ese lado. Esa es mi opinión. Pero la llegada a la gente es la que me preocupa a mí, que siga manteniéndose en esta cuestión críptica, hermética, intelectual, arrogante, que solo los entendidos nomás pueden saber de eso. Yo estoy por una cuestión más popular, me interesa más que la gente común y corriente entre al Bellas Artes. Y yo no he ido más al Bellas Artes desde que expuse en el 2015, una exposición que se llamaba “Encontrar un cielo” y que era una invasión de perros. Si esa infraestructura cultural como el Bellas Artes, que debería tener la cuestión administrativa solucionada, falla, qué queda para el resto. Yo me llevé la gran decepción, no por los administradores, sino que porque ellos también tienen sus propias complejidades. Entonces uno no es llegar y tirar un juicio.
—¿Existía el peso de que por ser under, La Perrera necesitaba demostrar más para que tomaran en serio el arte que hacían? Que no fuera visto solamente como un espacio de carrete, de choque, de polémica, de provocación, sino que también es un espacio de construcción.
—Sí, lo que pasa es que la construcción es provocativa, desarmar y construir es provocativo, sí o sí va a ocurrir igual. Y no es que nosotros buscáramos la polémica, yo jamás me imaginé que iba a quedar la cagada a ese nivel.
—Cuando presentaste “Óleo sobre Perro”, una de tus obras, que era financiada por Fondart, y algunos parlamentarios reclamaron y pidieron que devolvieran fondos públicos porque eso no es arte. Y explotó.
—Claro, explotó. Había un programa, “El Termómetro”, me invitaron….
—Te invitaron a hablar y terminaste tirándole un perro muerto a Fulvio Rossi en cámara.
—(risas) Oye, pero mira, súper profético. Dime que no hay un hueón más cagón que ese. Se cortó con el corta uñas.
Becerro defiende la propuesta que han hecho de arte en estos 30 años, las residencias que ofrecieron, lo inclusivos que han sido incluso cuando lo inclusivo fuera “moda”, todo el trabajo de gestión cultural independiente: “La Perrera fue creciendo, fue ladrando, fue pelechando con su propia filosofía. Eso yo creo que ha sido lo más marginal y lo que más ha costado entender. Nosotros seguimos creyendo que el arte es un dispositivo de libertad. Sin la volada. Me cargan los volados. Es un dispositivo de libertad al que uno se puede acoger. Y es muy íntimo. En realidad estoy reevaluando mi posición como artista, porque antes yo tenía otra mirada. No es una herramienta de cambio. Los políticos no están ni ahí. Yo nunca había visto tanto ignorante en mi vida. Esa es una desilusión”.
El costo de la marginación
—Alguna vez comparaste que La Perrera es hoy el símil a lo que fue la carpa de Violeta Parra. ¿Por qué hiciste esa comparación?
—Sostengo esa afirmación, porque hemos sido el patito feo, fuimos marginados. A la Violeta la tiraron, menos mal que alguien le puso una carpa y allá en La Reina para que muriera. Nosotros hemos sido igual tratados por esta democracia, por esta Concertación, por todo esto. Violeta Parra es el dolor máximo de la desidia, de la indiferencia. Nosotros no hemos caído porque no queremos morir en ese mito. Somos la carpa y la Violeta Parra. El doble estándar de Chile, eso de que la inviten a tocar en el Club de la Unión y la hagan salir por la puerta de servicio. Entonces, en ese sentido, nos comparamos, nos da orgullo. La perrera no ha tenido el reconocimiento que debería tener a los 30 años, un reconocimiento que se transforme en recurso. No necesitamos confirmaciones, afirmaciones a nuestro ego, no me interesa que me digan, oye, que lo estáis haciendo bien, sigue adelante. Estamos en un mundo en que el dinero es un modo de filosofía, incluso para vivir necesitamos más recursos para desarrollar más nuestras artes, relacionarnos más con la gente. Nadie se va a forrar aquí.

—¿Están tan dispuestos entonces a hacer el juego del recurso del arte? Lo has criticado, el que los artistas se meten en este sistema y es todo muy comercial. ¿No quieren eso, o no?
—A nuestra manera, sí. ¿Y por qué no? Porque tiene que ser todo igual, ustedes tienen los recursos, pongan el ojo donde lo tienen que poner, no pongan censura y vamos a seguir funcionando. Lo que te digo yo no tiene ninguna contradicción, lo que nos interesa a nosotros es tener recursos para desarrollar nuestra actividad, nuestro calendario. Nadie se va a forrar.
—Decías que era un milagro que siguieran vivos. ¿De qué vive La Perrera?
—La fórmula siempre es la misma, vivimos de nuestro trabajo, postulamos cuando se pueda a fondos, siempre nos va mal (se ríe). Pero ahora último nos dio el reconocimiento el Ministerio de las Culturas con el programa PAOC (Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras) Este es un programa que va bien encaminado desde mi punto de vista, porque va hacia el camino a la asignación directa, no es concursable. La administración hoy lo ven las mujeres: Carol Ibacache, Rocío Garcés. Y ellas tienen otro modo de hacer las cosas, súper eficiente. A mí me pone histérico la burocracia, por ejemplo. Ellas tienen paciencia. Vivimos de eso ahora, de la mirada de la mujer: buenas para hacer negocio, generamos recursos propios, prestamos servicios como colectivo.
—Todo menos punk de lo que uno puede imaginar desde fuera de La Perrera, sobre todo ya 30 años después.
—Claro, se conserva un espíritu punky. Aunque la figura punky del desordenado a mí no me gusta. Yo creo que la actitud punky la tiene uno adentro, o sea, para mí es más punky mi perro, para mí más punky Patricio Manns, Violeta Parra.



