En un artículo aparecido en el el diario español elperiodico.com, titulado “En un laberinto y sin comeer”, el periodista Edwin Winkels cuenta la historia de César Hugo Rodríguez Gutiérrez, soldador chileno de 52 años radicado hace 4 en España. Rodríguez, hace 20 días, estacionó su modesto Hyundai repleto de pancartas y banderitas frente al consulado chileno en Barcelona y de ahí no se ha movido. Está en huelga de hambre y sólo ingiere mediante un suero bebidas isotónicas. La razón: se vio involucrado en una red de falsificación de pasaportes, asunto del que se declara completamente inocente, y quiere que le arreglen los papeles, operación que el consulado se niega a realizar.
“Está desilusionado, por su lucha contra la burocracia, contra los poderes, contra abogados que le cobran pero que luego le engañan, dice. «Una mafia judicial» -señala el artículo- En resumen, que ya es difícil: tras casi perder todos sus ingresos en Chile por ser un sindicalista disidente, se vino en el 2004 a la España de sus cuñados y de un hermano que vive aquí, encontró pronto trabajo como soldador, de lo que siempre ha ejercido. Su empresa le gestionó los papeles. Tras casi dos años, al comprar su coche, el concesionario descubrió que su tarjeta de residencia era falsa. César fue víctima de una red de chilenos en Terrassa que habían falsificado decenas de estos documentos. «Los delincuentes ya están libres, de vuelta a Chile, yo sufro aquí todavía las consecuencias», dice.
Rodriguez lleva más de cuatro años intentando regularizar su situación, pero ya tiene ahora un antecedente como imputado en esa falsificación de la que él dice ser víctima y no autor. Tiene arraigo, tendrá trabajo en cuanto tenga papeles, dice, pero una tras otra vez le deniegan las peticiones. «Soy buena persona, nunca he hecho nada malo. Veo a otros que roban, los meten en la cárcel y luego los legalizan».
Transeúntes se detienen con curiosidad ante el coche. Compatriotas le han ofrecido pequeñas ayudas, pero él solo quiere los papeles, escapar del laberinto burocrático donde anda perdido. Del consulado le han pedido que se vaya, su abogado chileno no está de acuerdo con su huelga de hambre. Le da igual. Le salta una lágrima. «Si no me dejan trabajar y comer, pues no como».”