Por PATRICIA SANTA LUCÍA

Se nos dice hasta el cansancio, como diría Felo, que vivimos en un país casi perfecto. Sin embargo, no nos dicen que la mayoría no es feliz. Según estadísticas de la OMS, Santiago encabeza las capitales con más depresión en el mundo. Para la Sociedad Chilena de Salud Mental, cerca de un millón de personas sufre del mal. Pero las estadísticas son pobres y limitadas, porque en Chile muy pocos tienen acceso a atención siquiátrica. Hasta hace poco las ISAPRE no la incluían en sus programas y, en la actualidad, su costo es altísimo. Sin embargo, la depresión chilena salta a la vista en el Metro, las calles de Santiago, en las poblaciones pobres donde mujeres, normalmente Jefas de Hogar, la esconden en el alcoholismo, automedicación o ludopatía en las máquinas del barrio. Esto también sucede entre los jóvenes, y en las pocas noticias a las que tenemos acceso se conocen numerosos casos de depresión aún en adolescentes.
Desgraciadamente la depresión lleva al suicidio y, pese a que tampoco se cuenta con estadísticas continuas, precisas y confiables sobre este fenómeno, diversos estudios coinciden en que el suicidio ha aumentado en Chile y, especialmente en los jóvenes.

– Entre 1983 y 2003, las cifras de suicidio fueron graves en el segmento de los jóvenes entre 20 y 24 años, “porque además de ser las más altas, son las que más aumentan, afirma la Dra Romero.
– Minoletti (2004), a partir de estadísticas del Ministerio de Salud, afirma que entre 1990 y 2002 las muertes por suicidio aumentaron en 115% en la población nacional.
– Hasta 2006, las tasas fueron más altas en adultos mayores, pero ello comienza a revertirse a 15,8 por 100.000 habitantes de 20 a 29 años contra 14,4 en personas de más de 60 años .
– Otro estudio concluye que la tasa de suicidio en jóvenes entre 15 y 24 años aumentó entre 1990 y 2005. En la Región Metropolitana de 8,83 por 100.000 en el año 1990 a 9,28 por 100.000 habitantes en 2005 .

Buscando razones, la Universidad Bernardo O’Higgins en “Tendencia al suicidio 2010”, informa que el 76% de los jóvenes chilenos entre 18 y 28 años admite que ha pensado alguna vez en quitarse la vida y que el 71% ve su futuro con pesimismo. El 81% se ha sentido inútil, el 82% fracasado y con ganas de “abandonarlo todo”; el 75% “a veces nota que podría perder el control sobre sí mismo”; el 73% tiene poco interés en relacionarse con gente y el 71% considera que quitarse la vida es una opción frente a una situación desesperada. La causa inmediata al momento del suicidio sería esta sensación de desaliento o una depresión no tratada, porque la mayoría de los suicidas se encuentra entre los jóvenes de menores ingresos, es decir en aquéllos que no tienen acceso a atención siquiátrica.
Algunos expertos concluían en 2004 que la depresión provenía del tipo de crecimiento económico globalizado de los últimos 20 años, debido al cual el trabajo era más tensionante e inestable que otrora. También a la ausencia de vida de barrio, de asociatividad, sindical, gremial, y política, “cuyo extremo es el suicidio y el incremento en el abuso de alcohol y drogas”.
Después de 2004, la precariedad del trabajo se ha acentuado y la indefensión se hizo más patente, especialmente en los jóvenes de bajos ingresos que aceleradamente han comprendido que para acceder a educación, posibilidades de trabajo, familia, hijos, tendrán que afrontar un mundo competitivo y excluyente, donde, entre otras diferencias, hay dos tipos de educación y de salud.
Por una parte, una salud barata que no sirve para mejorar y por otra, una salud que te pone tetas, te embellece o adelgaza.
Por una parte, una educación barata que no los educa, que no sirve para encontrar un buen trabajo, ni para incorporarse al sistema. Una educación pagada a crédito en universidades que ofrecen títulos inexistentes con publicidad engañosa. Por otra, la educación que se necesita para dirigir las grandes empresas, asumir cargos de Gobierno y enseñar en las universidades de elite. Esa educación que culmina en las universidades del primer mundo.
Los jóvenes, de los sectores llamados C y D, saben que trabajando en supermercados, servicios menores, jamás obtendrán los ingresos requeridos para tener todo aquello a lo que la publicidad los reclama. Saben que aunque corrieran a altas velocidades no podrían alcanzar a los de “la gran velocidad”. Pocos son los que tienen la capacidad para triunfar por sobre sus condiciones objetivas, aunque todavía debe haber algunos Neftalís Reyes o Lucilas Godoy.
Los invade la desesperanza. Contribuyen también a ello los sacerdotes pedófilos, políticos corruptos, profesores amargados, padres ausentes, tensionados o alcoholizados, madres abandonadas, sostenedores y dueños de universidades que no tienen nociones elementales de educación interesándoles sólo el negocio.
Algunos jóvenes se conforman y consecuentemente luchan contra su sino, otros pasan a las filas de la “Generación Nini”, es decir que “ni estudian ni trabajan” cargando a sus familias con su sustento y sus destinos. Los más bellos, según los cánones internacionales que exige la TV, pululan a su alrededor para ser descubiertos. No se sabe lo que sienten los que no lo logran. O los que lo logran para un reality y luego son olvidados.
Otros se resisten a perder los sueños y los buscan en las drogas y el alcohol. De ahí, algunos se lanzan a la búsqueda del dinero fácil arriesgando sus vidas. Cada vez son más jóvenes los que se embarcan en operaciones de gran riesgo. Es otra forma de morir. Lo saben y conscientemente no les importa.
PREFIEREN MORIR JÓVENES Y RICOS, QUE VIEJOS Y POBRES