Editorial: ¡Secretos a voces!

Mucha información está circulando. Lo que antes no salía en la prensa y moría como rumor entre unos pocos, ya no se conoce a la velocidad del boca a boca. Las nuevas tecnologías –desde la televisión satelital en adelante- se han extendido prácticamente por todo el planeta. Gracias a la cibernética, un comentario cualquiera puede avanzar con la rapidez de miles de bocas en miles de bocas. Los secretos están amenazados como nunca antes.

Hay gente que se expone sin mayores contemplaciones en parcelas a las que todos tienen acceso. La farándula, sin ir más lejos, se define por la exhibición de la vida privada con que funcionan sus miembros. En la farándula rasca llega a niveles escalofriantes. Luli y Adriana Barrientos son un fenómeno. Se meten la una a la cama con el novio de la otra, probablemente sólo para reconocerlo después ante las cámaras. Son como García Márquez: “Vivir para Contarla”.

Pero esto va mucho más allá de ellas. En Facebook y twitter se ha ido imponiendo, con toda naturalidad, la costumbre de mostrarse y, al hacerlo, manifestar un parecer y una existencia tan válida como la de cualquiera. Cunde la sensación de que hay menos reservas que guardar. Aumentan cada día quienes asumen públicamente su homosexualidad. A las lesbianas todavía les cuesta más.

Aunque en el Congreso berreen cada vez que se habla del aborto, pronto será un debate insoslayable. A medida que los argumentos de quienes defienden su despenalización se vayan conociendo, habrá más que adhieran a ellos, y lo mismo, quiero pensar, con el tratamiento irracional que se da al tema de las drogas. Hasta aquí estas son vistas como causas herejes o propias de esnobs que las pintan de modernos, cuando hay argumentos de libertad y respeto igualitario al ser humano que las sustentan.

El asunto es que la sociedad chilena se ha ido abriendo de manera evidente, así como está sucediendo hoy mismo en muchos lugares del mundo, a espaldas de sus autoridades e instituciones de prestigio La información está circulando de un modo recién inimaginable. Semanas atrás cayó Mubarak en Egipto, cunden los reclamos contra el gobierno de Asad en Siria, donde el martes renunció su ministerio completo, y los libios están muriendo en medio de un fuego cruzado, cuando lo que quieren es vivir a su manera. Parece que la democracia viaja junto con la información. Cuando sólo el faraón sabía, su pueblo lo consideraba dios.

He aquí, de hecho, la importancia fundamental de la educación: que nadie pase gatos por liebres, que nadie lea por otro, que cada cual haga su propia suma. Y del periodismo, y de la divulgación de la cultura.

En la actualidad, no es fácil que dure una organización hermética. Lo que se ha sabido de la Iglesia, unos cuántos lo supieron siempre, y otros muchos lo suponían. Lo que ha cambiado, es que sus “pecadillos” ahora están al alcance de las mayorías. Los abusos sexuales de un porcentaje de la curia, las perversiones de las monjas, los dobles discursos de la beatería se van volviendo insostenibles cuando la verdad de la milanesa se difunde.

Promesas demagógicas e irresponsables como las de la intendenta Van Risselberghe fueron registrados por un teléfono móvil y publicitadas sin dificultad. WikiLeaks demostró que tienen cada vez menos fuerza “los secretos de Estado”. No son pocos los peligros que encierra esta incontrolable transparencia.

Desde ya, la intimidad tiembla, faltas pasajeras pueden dar lugar a consecuencias irreparables y, apenas manipulado, un hecho inocente consigue abrir la llave del escándalo. En lo medular, sin embargo, esta nueva realidad democratiza. El misterio siempre ha sido el arma fundamental del poder, esa que a los pobres o a los viandantes comunes y silvestres les ha estado vedada por decreto.

Fíjense, si no, hasta dónde llegan las cámaras de televisión a la hora de inculpar a un desvalido, mientras prácticamente nunca las hemos visto entrar en el territorio de los mandamases. Un tupido velo empieza a correrse. Está por verse con qué nos encontraremos.

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