El día que Juan Pablo II fue al Parque O’Higgins yo andaba en el Parque Bustamante con mi pareja y su hija de 6 años. Estaba cortada la Alameda y justo pasó por ahí el Papamóvil. Lo miramos antes de seguir hacia los juegos, sin mucho interés, porque yo no tengo cercanía con las instituciones religiosas.

Mientras la niña jugaba, pasó un manicero diciendo: “¡Maní bendecido por el Papa!”, y yo le tiré la talla: “Ah, entonces deben tener veneno”. Después nos fuimos y yo llegué a la casa de mi madre, en Rosas con San Martín.

Pasaron unos días y en la madrugada del 9 de abril yo iba llegando a la casa como a la una de la mañana. Me acosté a leer Condorito y como a la 1:30 sentí ruido abajo y a mi madre gritar. De repente aparecieron dos gallos de civil, uno con metraca. Eran de la CNI. “¡Levántate, concha tu madre, comunista culiao!”, y garabatos pa allá y pa acá.

Mientras uno me apuntaba con la metralleta, el otro empezó a registrar mi pieza, a botar los papeles y a sacar todo lo que pillaba. Yo no tenía idea de por qué estaban en mi casa, pero a uno se le salió. Me dijo: “¡Así que andabai dejando la cagá en el parque, hueón!”. Yo sabía de los desórdenes del Parque O’Higgins por la prensa y pensé: “Puta, me están involucrando en eso”.

“IDENTIFICADOS VIOLENTISTAS”
De ahí no hubo más palabras, bajamos y me sacaron de la casa. Apenas salí del umbral del departamento me taparon la cabeza y me llevaron a ciegas. Me hicieron bajar los cuatro pisos por la escala y me subieron a un auto. Por las voces que escuché supe que había dos personas adelante y una en el asiento de atrás conmigo, que me puso la cabeza en su falda y me apuntó con la pistola.

Yo había sido dirigente político en la Universidad de Chile, muy amigo de Julio Santibáñez, que fue dinamitado en Lo Curro; era el tiempo de la masacre de Corpus Christi, el año anterior había ocurrido lo de los degollados. Yo pensé que sería uno más.

En mis años de universidad estuve un par de meses en las Juventudes Comunistas y después pasé a formar parte de la juventud del MIR. Pero cuando pasó lo del parque, yo llevaba tres años egresado de Ingeniería Eléctrica, tenía 25 años y estaba bastante desconectado. Me puse a trabajar y ya no tenía actividad política, pero tenía contactos y ayudaba a compañeros perseguidos. Me llevaron al cuartel Borgoño, aunque yo entonces no lo supe. La entrada tenía un bandejón de tierra y cuando subimos ahí pensé que me estaba llevando a un sitio eriazo para matarme. Pero sentí abrirse un portón y me metieron.

Mientras todo esto pasaba, se estaba imprimiendo la edición de El Mercurio que saldría el 9 de abril, que titulaba: “Identificados violentistas del PC en el Parque”. En la portada había unas fotos que me identificaban a mí y a Jorge Jaña como los responsables de los disturbios en el Parque O`Higgins para la visita de Juan Pablo II. “Son intensamente buscados”, decía el diario, pero nosotros ya estábamos secuestrados, sin saber quién nos había detenido ni por qué. Recién al otro día se emitió un decreto que nos acusaba formalmente y daba las órdenes de detención. Pero El Mercurio se había adelantado.

TORTURADOS E INCOMUNICADOS
Dentro del cuartel me hicieron sacar la ropa, me pasaron un overol y una alpargata que se me salía y una que me quedaba muy apretada. Desde entonces estuve vendado hasta el final. Y empezaron los interrogatorios, en los que nunca me preguntaron por el asunto del parque, sino sobre quiénes eran los dirigentes de la universidad, con quiénes me contactaba yo, qué actividades tenía, cuál era mi cargo en la organización, etc. Yo les decía que tenía dos trabajos, que no andaba en la cordillera creando escuelas de guerrillas ni mucho menos.

Yo siempre fui dirigente público y di la cara. Como yo no les decía lo que querían, porque no tenía esa información, me sentaban en un sillón con un milico a cada lado, que me pegaban golpes de puños en los muslos, uno tras otro. Como yo seguía sin hablar, me pegaban en la cara y la nariz, dale que dale. Al final llegué a las parrillas, a la corriente en los genitales, en los pies.

Después de la primera sesión de interrogatorios empecé a sentir los quejidos de Jorge Jaña. Yo a él lo conocía de la universidad y tiene una voz muy especial, por eso lo reconocí. Y me preguntaba qué hacía él ahí, que estuvo siempre ligado a las pastorales, ese era su “frente de lucha”, una militancia cristiana.
Después de unos cinco días me mandaron a duchar, me pasaron la ropa con la que había llegado y me sacaron la venda. Vi a dos tipos que empezaron a preguntarme cosas y como yo no sabía quiénes eran, no contestaba nada. De repente se presentaron, eran suizos de la Cruz Roja. Uno me hablaba y el otro, por medio de papelitos, me preguntaba si me habían torturado, qué me habían hecho, etc.

Ellos me dijeron que estaba en Borgoño, que mi familia sabía de mí y que luego debía salir y ser puesto a disposición del juzgado. Después que se fueron, me tuvieron parado como cuatro horas con un gallo apuntándome, a punto de dispararme ante cualquier movimiento. Entonces, me llevaron a la Fiscalía Militar y me dejaron vendado en un baño. Después de mucho rato un gendarme me habló y recién me di cuenta que estaba solo.

La Fiscalía Militar nos dejó, a mí y a Jorge Jaña, detenidos e incomunicados en la Penitenciaría por los cinco días que se podía tomar para investigar, antes de formular cargos. Entonces empezó el proceso por el caso del Parque O`Higgins. La fiscalía nos tenía todo el día parados contra una pared, sin interrogarnos ni nada. Pasados esos días, el juez Marco Aurelio Perales, de los tribunales civiles, se puso a conversar con nosotros.

Ni siquiera nos interrogó. Medios como el Fortín Mapocho o La Época habían estado siempre informando del caso y había salido tanta gente dando testimonio de haberme visto el día de los desórdenes del parque, mis vecinos, el manicero con el que eché la talla, etc, que al día siguiente estábamos en libertad incondicional.

AGUSTÍN EDWARDS: REO
Cuando llegué a la casa recién vi la portada del 9 de abril y me enteré del rol jugado por El Mercurio en todo lo que me había pasado. Me dio asco ver cómo un tipo tiene tanto poder como para hacer mierda la vida de una persona común y corriente, que no ha cometido delito alguno. Y como que el resto de la sociedad lo apoyaba. “¿Qué le hice a este gallo para que me haya hecho esto?”, me preguntaba.

Yo tenía cierta conciencia del rol jugado por ese diario durante el gobierno de Allende y después del golpe, pero nunca me imaginé que me iba a tocar a mí. Yo no era un gallo que estuviera armando una resistencia ni andaba haciendo campañas. Yo creo que los militares tenían una lista, donde estábamos todos los “peligrosos”. “Aquí podemos meter a este gallo”, deben haber dicho. Yo estaba en la lista, igual que los miles de torturados, presos políticos, muertos y desaparecidos. Yo digo que me gané la beca, acumulé los puntos necesarios para que me tocara.

Jaña y yo estuvimos cinco días en la penitenciaría acusados de terrorismo, sin contar los cinco días que estuvimos secuestrados en Borgoño. Cuando fui liberado por la fiscalía -pues no se pudieron formular cargos en mi contra ya que ni siquiera estuve en el parque ese día- El Mercurio lo informó en una pequeña nota en el cuerpo C del diario. Sin comparación con la portada con nuestras supuestas fotos que nos había acusado días antes. El Mercurio, después del daño que había hecho, se quedó calladito.

Lo del juicio por injurias y calumnias fue más que nada idea de los abogados de la Vicaría de la Solidaridad, que después de ciertas dificultades y gracias a los padres de Jorge Jaña, que eran parte de la guardia papal, tomaron nuestra defensa. Yo lo que buscaba con esa acusación era perseguir al responsable de un daño grande que me habían causado y generar algún contraataque a esto que estaban haciendo ellos contra todo Chile, haciendo lo que querían.

El abogado Luciano Fouilloux prestaba servicios a la Vicaría y tomó el caso. Él indagó y cachó que el decreto que nos acusaba formalmente de haber causado los desmanes en el parque había salido un día después de nuestro secuestro y de la acusación de El Mercurio y su portada. ¿Cómo un diario se iba a adelantar a los decretos del gobierno? “Aquí tenemos un caso”, pensó el abogado. Y empezaron los juicios. Edwards fue careado con el vocero de la dictadura, Francisco Javier Cuadra, pues decía que éste le había entregado nuestros nombres como los responsables de los desórdenes del parque, pero Cuadra lo negó y Edwards tuvo que reconocer que tenía contacto directo con la CNI, que le entregaba información. Entonces fue procesado y declarado reo. Yo nunca lo vi, pero creo que estuvo un par de horas en Capuchinos, antes de salir bajo fianza. Esto, en plena dictadura. Y es la única vez en su vida que ha estado preso. Después estuvo con arraigo 11 meses. No es menor.

Lo que seguía para nuestro caso era continuar indagando y desenmascarar a los de la CNI que habían entregado nuestros nombres a Edwards. Y se nos aparecieron los grandes personajes como Gordon y un aparataje de pesos pesados. Y no quisimos meternos con ellos, porque eran una mafia, muy peligroso. Ya había sido bastante penoso todo lo que habíamos pasado y se sobreseyó el caso. Nunca tuvimos una disculpa por parte de Edwards ni de su diario. Yo creo que debe haber quedado incluso hambriento de hacernos más daño después del contra ataque.