Insularidad y catástrofe

Estamos llenos de pueblos abandonados o de territorios olvidados o “naturalmente” alejados de la razón administrativa, oficial y metropolitana. Zonas ruinosas y desoladas que están, a veces, muy cerca del área de influencia de las zonas de poder, que toman la decisión de la distancia por olvido administrativo. Hemos escrito tanto de eso, incluso yo he intentado fundar una escritura montada sobre ese evento. Yo viví en la isla de Chiloé (disculpar autorreferencia, pero es clave para el desarrollo teórico que emprendo) y la sensación de pueblo abandonado y despreciado por el centro sólo era neutralizada por cierto orgullo levemente suicida (maravillosamente identitario, por lo demás) y por algún proceso de patrimonialización del territorio que incluía el abandono como parte de su encanto. En el mismo archipiélago de Chiloé, se me viene a la memoria, algunas islas al interior de la isla -a(isla)das radicalmente-, pequeños espacios de humanidad precaria que hacían recordar algún relato de Lovecraft.

La otra posibilidad es un proceso de balnearización institucionalizada que hacen ciertas jerarquías con lugares específicos hasta donde llega la varita mágica del poder político. Es lo mismo en Patagonia y en los desiertos. Hay zonas cercanas, como donde vivo ahora, en el litoral central, por ejemplo, que también son brutalmente despreciadas por el poder central. Y lo peor es que gran parte de su población, abandonada, despreciada, desolada y ruinosa, respeta y se prosterna ante los que tienen la sartén por el mango.

Todo esto tiene como consecuencia una brutal sensación de insularidad. Y Chile tiene una profunda vocación de isla, visto desde fuera y desde dentro. Los pueblos abandonados se pueden clasificar en desolados, en estado de ruina, en patrimonales ruinosos, en tristes, en precarios, etc. Todos ellos exhiben variadas patologías abandónicas, ya sea de imposibilidad de mudanza, como de la de asumir con resignación vivir en un espacio marcado por la lejanía.

La novela neoclásica “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe debiera ser lectura canónica, en el sentido de que la insularidad podría ser un signo de refundación de la modernidad y no el área en donde ésta no es posible, con todo el contenido educativo que la novela implica. La tesis que funda la estrategia cultural del colectivo “Pueblos Abandonados”, al que pertenezco, es precisamente esa, la de generar desde la misma zona ruinosa y desolada el eje de una nueva modernidad o continuidad.

En algún texto filosófico o antropológico que trataba de las topologías leí que la catástrofe es el quiebre abrupto de la continuidad, casi un accidente del paisaje. Lo que ocurre es que estamos invadidos por la sensación catastrófica y tenemos un mes prolífico a este respecto. El problema es la inmediatez comunicacional del tema, su banalización en siglas que implican ahorro articulatorio, 11 S y 27 F, toda una economía de la catástrofe, es decir, de un bien productivo que hay que administrar. Por lo pronto, si el poder político “sabe manejar” la situación puede revertir en su favor todos los vientos que antes le fueron en contra.

Un pueblo abandonado hace noticia con un acontecimiento como un accidente, ya sea por el hundimiento de una embarcación en el lago Budi o por la muerte de un comunero, por una ola nefasta que mata a la humanidad costera o por un accidente de aviación en su territorio, sólo eso le da peso político administrativo. Hace ruido.

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