Por Andrea Guzmán, desde Buenos Aires.
A mediados de Julio del 2010 se promulgó en Buenos Aires la ley que modifica el Código Civil permitiendo el matrimonio igualitario entre homosexuales. Después de tres años de intenso debate, Argentina se convirtió en el primer país latino en conceder la adopción de hijos y el matrimonio en igualdad de condiciones a personas del mismo sexo. Norma Castillo y Ramona Arévalo, ambas de 68 años y con una unión civil concretada un año antes, son la primera pareja de lesbianas casadas en Latinoamérica.

El barrio les organizó una gran fiesta para festejar que, después de 30 años de relación, su amor es también reconocido por el Estado argentino. “Siento mucha felicidad. No pensé que nosotras íbamos a vivir para ver este cambio”, dice Ramona.

Junto a Norma llevan varios años viviendo en el barrio porteño de Parque Chas y su casa se ha convertido en el centro neurálgico de las decisiones vecinales. “Heterosexual se hace, no se nace”, dispara Norma, atareada desde el comedor. “Se hace. Porque no se le da a la persona el derecho de crecer y decidir en libertad lo que es y lo que quiere. La religión y las leyes solo hablan de la reproducción, te condicionan desde que naces. Adán y Eva no existieron, nosotras existimos”.

Activista

“A vos te rascan un poquito y se te escapa la verdad”, esa era la frase recurrente que su amiga Teresa le lanzaba divertida cada vez que se encontraban.“La verdad”, se repetía. Le enojaba ser parte de un chiste que no terminaba de entender. Debía ser otra de las tonterías de Teresa, esa joven alocada e impulsiva que se había vuelto una de sus amigas de confianza durante los 70’.

Seguramente lo decía, como siempre, por decir. Porque ella, Norma Castillo, criada por rigurosos católicos, amante de John Conteh y Muhammad Ali y activista de izquierda por la franja morada de la Universidad de la Plata, no tenía nada que esconder. No fue hasta el 77 que, bordeando las vías de un tren que la llevaría al exilio en Colombia, la verdad cobraría significado.

Jorge Videla había declarado el golpe de estado un año antes, Norma Castillo figuraba en la categoría de subversivos. Con 35 años, trabajo, novio y a meses de terminar la carrera de Zoología

– que había cursado intermitentemente entre la dictadura de Onganía y el gobierno de Isabel Perón- tomaba las pertenencias que había podido reunir y pisaba el terminal de su vida en Argentina. Ahí, despidiéndose de Teresa, con un profundo dolor y con las heridas abiertas por la tortura, recibía un golpe de verdad desconocida, inesperada: “Vos me querés a mí”.

A Ramona Arévalo la sofocaba la vida al otro lado del Río de la Plata. Uruguaya, vivía con su madre y abuela, dos mujeres conservadoras y aprensivas. Hace mucho había pasado los 20 años y aun así le hacían imposible salir de casa y llevar una vida normal. Desde muy niña, un amigo escultor de la familia venía maravillándola con historias provenientes del Norte. Era Colombiano y había llegado a Montevideo huyendo de la violencia en su país a fines de los 40‘.

“Cuando seas grande, tú vas a terminar en Colombia”, le decía, y así plantó la semilla. Añorando las costas del Pacífico fue que un día Cachita, como es mejor conocida, huyó de su encierro en Uruguay rumbo a esa tierra prometida. Consiguió un trabajo, se asentó en Pivijay y tiempo después, junto a una pareja de la que se separó prontamente, tuvo un hijo, Mario.

Homofóbica

“Me quedé helada, sin saber qué hacer”, recuerda Norma del día en que dejó La Plata. “Sentí una luz dentro de la cabeza. Y a la vez me sentía mal, un monstruo. Yo estaba ubicada en mi condición de heterosexual, siempre había sido muy homofóbica y en esa época ser homosexual era una atrocidad, una degeneración. Estuve así unos años, tuve una pareja masculina para cerciorarme y finalmente me di cuenta que era verdad: me sentía atraída por las mujeres”, agrega.

Norma y Cachita se conocieron en Colombia, ambas huían de represiones diferentes. Se hicieron amigas en un grupo que reunía a exiliados del Conosur. Por esos años Chile, Argentina, Uruguay y Brasil compartían gobiernos totalitarios, a los que se sumaban Bolivianos y Peruanos. Se fueron enamorando en silencio, con miedo al rechazo la una de la otra.

“No me lo cuestioné mucho. Nunca me había planteado el lesbianismo y nunca dije jamás. A mí nadie me preguntó si me acostaría con una mujer y sin embargo estaba enamorada de Norma.”, cuenta Cachita. La misma determinación que la impulsó a dejar su hogar fue lo que la llevó a poner orden la mañana que siguió a esa noche que lo cambió todo. Cachita Arévalo, silenciosa, resoluta,
carácter bien conocido por sus amigos hasta hoy, citó a Norma apenas amaneció. “La senté y le pregunté si volvería a hacer lo mismo. Me dijo que sí”.

“Uno quiere, por supuesto, la aprobación de los demás y sigues ese mandato, esa obligación de ser heterosexual. Cuando por fin me quise un poco a mi misma, me di cuenta que una cosa es lo que exige la sociedad o la religión y otra cosa es la vida real. Y lo que uno decide y siente”, dice Norma.

Por eso, esa noche de fiesta, envalentonada por el ron colombiano que habían estado compartiendo, hizo una última cosa antes de caminar de vuelta a casa. Se acercó a Cachita, su mejor amiga en el exilio, y con un mordisco en la oreja, suavecito, inseguro, inició el resto de sus vidas.

Abuela y Abuela

Cachita y Norma tienen ambas 68 años, 31 de relación, 27 de convivencia y pocos meses de matrimonio. Juntas han recorrido una ruta ajetreada. Juntas se mudaron al interior de Argentina a fines de los 90’ para cuidar a la madre agónica de Norma. Juntas vivieron la crisis económica del 2001 y se fueron a Buenos Aires, ahí iniciaron una cooperativa de viviendas sociales, la misma que
prontamente dará hogar a 31 familias.

Las dos enfrentaron a la madre de Cachita que se opuso con fervor a la relación. “Cuando por fin aceptó nuestra visita, instaló una cama en nuestra pieza, en medio de las nuestras”, cuenta con humor Cachita. Y juntas criaron a Mario, el hijo de Ramona, que al crecer volvió a Colombia, comenzó a trabajar en un taller mecánico y, en cuanto decidió casarse, le pidió a Norma que fuese su testigo de matrimonio.

Hace 10 años las hizo abuelas de una niña y adoptó como suyo a un niño de la relación anterior de su esposa. “Se crió muy bien y es muy comprensivo, nunca tuvo problemas con nuestra relación y entre las dos lo educamos”, dice Ramona. “La realidad se las da vuelta a esas personas que niegan el derecho de adopción a los homosexuales. No somos un invento y no son un invento los 30
años que tenemos viviendo un amor normal, Mario se crió con su madre lesbiana y su pareja, no se “contaminó”, no se “traumatizó”. Eso no existe”, dice Norma.

Natura Vence

Hoy viven las dos solas en una casa de varias habitaciones en Parque Chas, que el otro año planean habilitar como un centro cultural y de recreación para el barrio. A Cachita, paciente y minuciosa, le gusta la costura. La rebeldía de Norma se traduce en arte. De vez en cuando presenta exposiciones de sus cuadros hechos totalmente con elementos naturales y reciclados.

Retratos de mujeres que admira como la escultora Lola Mora y la presidenta Cristiana Fernández se mezclan con declaraciones como su cuadro favorito, una máscara texturada donde se asoman dos ojos, “Natura Vence”, se titula. “Nosotras tuvimos que vivir escondidas mucho tiempo, por el rechazo y también por nuestra propia auto censura, pero la verdad es que si te das cuenta que sos
lesbiana o gay no lo podes matar, no lo podes hacer desaparecer, tu naturaleza vence esa máscara” cuenta Norma.

“Pretender que no haya homosexuales en el mundo es imposible, sería como luchar contra la propia biología. Si el sexo tuviese que ser únicamente heterosexual, nadie se enamoraría de una persona del mismo sexo. Y ya ves”, explica.

Por eso, hace ya varios años decidieron darle simbolismo a su relación, llevarla abiertamente y asistir de diferentes formas a quienes seguían en una situación bien conocida por ambas. Viviendo aun en Colombia, instalaron una discoteca gay en Barranquilla.

“Éramos doctoras corazón”, ríe Cachita. “Y nos dimos cuenta que mucha gente tenía una vida muy distinta toda la semana, de matrimonio por ejemplo, y el fin de semana vivía otra, se liberaba”, agrega. “También hemos tenido que luchar contra el prejuicio de que somos promiscuos e infieles. Los heterosexuales también engañan a sus parejas y tienen orgías, por nuestra parte, vivimos un
amor común y corriente”, dice Norma.

Ya en Buenos Aires, han decidido seguir en esa postura y afirmar la idea de que no sea necesario vivir una doble vida. Al llegar a la ciudad fueron cobijadas por el colectivo LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales) que trabajó activamente en campañas a favor del matrimonio homosexual, y desde ahí dieron con Puerta Abierta, comunidad que hoy es dirigida por Norma.

Se trata del primer centro de jubilados gays y lesbianas de Latinoamérica, que cuenta con actividades, reuniones y asistencia psicológica para personas de la tercera edad. “ A mi me tenía preocupada que uno llegaba a ser viejo y no había un lugar para nosotros. ¿Dónde estaban todos esos homosexuales viejos?”, dice Norma.

“Al principio se llenó de personas y han ido desapareciendo, a la larga vuelve el temor y el prejuicio. La discriminación no es solamente por ser homosexual sino por ser viejo, se le niega mucho la sexualidad a los viejos. Nosotras tenemos la suerte de poder mostrar y tener orgullo de estar enamoradas y desear a alguien del mismo sexo. De mostrar que a pesar de ser viejo el deseo existe”, agrega.

Finalmente Casadas

La noche huracanada de mitades de julio es bien conocida en Buenos Aires. Hasta la madrugada del 15, Norma y Ramona estuvieron en vela. Ahí mismo, frente a los plasmas de un bar en la Plaza de Congreso, reunidas junto a los integrantes de LGBT y contando ya con una unión civil concretada, se abrazaron escuchando la noticia que habían esperado tanto tiempo.

“Que nosotras hayamos contribuido algo en esta ley, es algo espectacular. Somos libres y nos sentimos personas. Tenemos un documento hecho con el consenso de la legislación”, dice Norma. Agrega: “Es el último tramo de la vida, hay que darle”, ríe.

Ambas esperan que la medida se extienda a más países de Latinoamérica, sienten que es un momento iniciático en una historia que conocen bien. “Hay personas que necesitan que alguien de el puntapié inicial”, dice Cachita.

Lo importante para ellas, no es solo que ahora exista la opción de concretar la unión con el consentimiento del Estado, una relación se valida con una vida y no con una ley, sino que con la medida se apuesta por los derechos humanos en general y se reconoce formalmente una historia.

“Esta es la misma vida que nosotras, como muchos, hemos llevado por 30 años. No es justo que tengamos que vivir como seres patológicos, lo que está naturalizado es una injusticia”, dice Norma.

Ramona está en el patio organizando a los miembros de la cooperativa de vivienda. Antes que termine el verano y después de varios años de gestión, se concretará finalmente la entrega de las construcciones. Norma revisa documentos recién entregados, este año la quieren postular como diputada por el Partido Solidario de Carlos Heller, donde participa desde que volvieron a Buenos Aires.

Se acuerda de su tiempo como militante en la Universidad de la Plata y de cuando fueron invitadas a la Casa Rosada junto a otras parejas recién casadas. “Yo a ti te vi en la tele”, le dijo Néstor Kirchner aun en vida, tan informal, se acuerda.

Se acuerda que hace un par de años se organizaron varias cooperativas para manifestarse en el microcentro; antojadizamente no les querían aprobar los fondos por los que habían esperado tanto tiempo, y cuando un policía la agarró de los hombros, a ella, una anciana indefensa, le dio un solo rodillazo en la entrepierna por subestimarla. Se acuerda que hace 30 años se animó a hacerle un gesto decisivo a su amiga Ramona a pesar del juicio y la improbabilidad.

“La injusticia me rebela”, culmina, como si en esa frase cupiera toda su historia.

* Imágenes: Lucía Merle de diario Clarín.