En el parque cementerio parisino de Père Lachaise, entre los sepulcros de varias celebridades, se destaca la tumba de un joven periodista que se ha convertido en sitio de peregrinación femenina por cuenta de lo realista de la estatua que lo rememora.

Victor Noire fue abatido a sus 22 años, justo a la víspera de su boda por cuenta la mano de Pierre Bonaparte, primo del regente emperador Napoleón III -además de sobrino nieto de Napoleón Bonaparte-, en medio discusión derivada de una reyerta política, que terminó mal.

La muerte del entonces oscuro gacetillero tuvo un gran impacto en la sociedad parisina elevándolo casi al pedestal de héroe nacional, en medio de la impopularidad del emperador. Unas 100.000 personas acompañaron el cortejo fúnebre. La indignación fue peor cuando el miembro de la familia gobernante declarado inocente del crimen… Al poco tiempo, aunque por causas diferentes, ya no hubo más imperio.

Noire originalmente fue inhumado en el camposanto de Neuilly. Luego de 21 años fue trasladado al panteón donde están los restos de quienes han hecho historia en Francia, Père Lachaise. Sin embargo, no es esta historia lo que atrae las visitas a la última morada del informador.

Una estupenda estatua -puesta sobre la tumba- fue realizada en bronce por el escultor Amédée- Jules Dalou y homenajea fielmente al cadáver de Victor Noir, tal cual cayó tras el disparo de Pierre Bonaparte: boca arriba, con los labios entreabiertos, las manos que yacen, la camisa desabrochada donde se marca el sitio exacto en donde recibió la bala y el sombrero tirado a un lado.

Tal fue el realismo que un detalle más sobresalió, una protuberante erección que se adivina en sus pantalones.

El mito, que no se sabe de dónde salió, señala que la mujer que desee asegurar su fertilidad, levar una vida sexualmente feliz o conseguir marido dentro del año siguiente, debe colocar una flor en el sombrero, después besar la estatua en los labios y por ultimo frotar el área genital de la efigie.

Lo único cierto es que con el paso de los años, el metal de la estatua se ha venido oxidando, con excepción, claro, del área de la bragueta, que permanece tan brillante como lo estuvo el día de su inauguración, cuando París era un hervidero republicano.