“Ninguna obra de Cencosud necesita un túnel por Andrés Bello. Estos son inventos… No es problema nuestro. Piensan que los (arreglos) va a hacerlos Cencosud, ¡ni loco! No tenemos ninguna necesidad… La autoridad no puede pretender que uno solucione el problema de Andrés Bello y de la rotonda Pérez Zujovic. Ja!, es para la risa”. Esto fue lo que dijo Horst Paulmann al diario El Mercurio, el año 2010, cuando muchos todavía pensaban que el progreso se medía por la altura de una torre. La arrogancia llegó a ser inmensa, tanto, que la educación fue sinónimo de nicho de mercado, y también la salud y hasta las jubilaciones. Y sucede que, efectivamente, eran nichos de mercado. Crecieron las clínicas privadas, las Isapres, las AFP, las universidades. Grandes fortunas han circulado en torno a estos negocios.

En la medida que el país creció, se multiplicaron los barrios y los automóviles. Aumentaron los consumidores y se concentraron los proveedores. Los negocios a gran escala se mostraron más capacitados que los pequeños emprendimientos para generar plata rápido, y el grande fue comprando al chico, hasta invadirnos las multitiendas y las cadenas. El Estado era visto como un estorbo. La fuerza individual no podía ser humillada con restricciones y dificultades. Apenas existían los ciudadanos, esos homo sapiens que, más allá de los destellos del dinero, deambulan por las veredas, de espaldas al capital. Las calles se llenaron de vehículos, las aguas fueron privatizadas. Con tal de generar energía para no parar el ritmo de la competencia, se pasó literalmente por encima de culturas, como la Pehuenche, y fueron inundados cementerios donde habitaban memorias que ninguna tecnología ni riqueza existente es capaz de procurar. Bajo la tierra chilena, lo único verdaderamente valioso que se pensaba que había, era el cobre. Su precio se fue a las nubes en las bolsas del mundo. La presión por sacarlo rápido hizo proliferar las centrales termoeléctricas, capaces de ser instaladas en un santiamén, con buenos costos, y cerca de las minas.

El que chillaba en nombre de una colonia de gaviotines arrasada, era un ecologista histérico. Entonces vino el terremoto con sus réplicas, y así como flaquearon construcciones de concreto, la comunidad que veníamos construyendo desempolvó sus propias flaquezas. No deja de ser misteriosa la coincidencia temporal. Al salir corriendo de los recintos particulares, nos encontramos con la república descuidada. Las manifestaciones del 2011, fueron, en cierto modo, marchas de reconquista. Uso “república” como contraparte de “mercado”. Nadie quiere una economía centralizada, pero de pronto la codicia lo invadió todo. Jorge Errázuriz, dueño de CELFIN, alcanzó a defenderla como un valor admirable. A Paulmann llegó a parecerle ridículo hacerse cargo de las consecuencias viales de su mega boliche. Los gritos callejeros, con toda su diversidad rondante, piden algo de orden en la mesa. Reorganizar el partido.

Nada semejante a tirar el mantel, pero acordar algunas reglas básicas para que vuelva a ser divertido el juego: que todos partan de donde mismo, que todos puedan poner sus fichas, que cada cual espere su turno, que nadie se crea dueño del tablero. Se le está pidiendo al Estado que se ponga los pantalones, o sacuda la falda. Por mi parte, considero que la ciudad se está volviendo intransitable. Si pienso en el futuro, alucino con trolleys y tranvías.