Foto: Alejandro Olivares

Yuri Herrera posa para la foto parado sobre un montón de escombros. Tras él, un quiltro restriega una bolsa con basura. Bajo las líneas del tren, desde el Mapocho, suben los primeros vapores de la mañana. Un joven cruza el puente y nos grita “sapos”. Estamos en el “callejón de los cartoneros”. Desde las casas instaladas en la ribera norponiente del río llegan gritos difusos.

-Ciudad Juárez es como esto, pero a lo bestia -dice Herrera.

Algo que Yuri Herrera aprendió en Juárez: cómo las dinámicas sociales y el paisaje del horror transforman la lengua.
En Ciudad Juárez, por ejemplo, la gente reemplazó el verbo “habitar” por “cartonear”.

En Ciudad Juárez, que se formó a base de una enorme migración interna y que creció caóticamente como mini ciudades de cartón, la gente no se va para la casa. Se va a su cartón.

En Ciudad Juárez no te preguntan dónde vives; te preguntan dónde cartoneas.

Según Herrera, ciertas palabras son síntoma de una realidad mucho más amplia. En este caso, la pregunta “¿dónde cartoneas?” se ha vuelto la palabra franca para hablar de que hay toda una comunidad detrás de este tipo de realidad, explica.

Lo de Yuri Herrera es el lenguaje, la violencia, el narco. Desde la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, investiga cómo se trabaja el lenguaje alrededor de la criminalidad en México. Cómo el lenguaje refleja la realidad, pero también la manera en que el lenguaje la condiciona en el minuto en que la reconstruye.

Por eso, su investigación tiene que ver con la manera en que el gobierno mexicano ha enfrentado al crimen organizado y cómo los medios de comunicación y la literatura han reaccionado y creado su propio discurso. Cómo los espacios son resignificados y cómo las palabras con que se habla en ciertos espacios han cambiado.

-Mi planteamiento es que estos fenómenos son el síntoma de transformaciones más amplias dentro de la sociedad mexicana. No son meras modalidades al margen de la realidad, sino que nos están indicando un cambio en ciertos valores sociales, en la manera en que la economía y la policía están funcionando.

¿Hacia dónde apuntan esos cambios?
-En este momento yo sólo puedo ser pesimista. Creo que estamos acostumbrándonos a la violencia como parte de nuestra vida cotidiana. La manera como hablamos de la violencia, de las víctimas de la violencia, los espacios en los que sucede la violencia, todo eso está construyendo una nueva cotidianidad. Esto tiene que ver con una manera de funcionar del sistema económico que está ganando legitimidad. Ciudad Juárez es un espacio extremo de lo que está sucediendo en muchos otros lugares en México, en que se conjuga la súper explotación laboral, con la omnipresencia de las fuerzas militares y la criminalización de la oposición. No es irreversible, pero en estos momentos es una tendencia.

¿Qué rol empieza a jugar el lenguaje en esta violencia cotidiana?
-Juega de distintas maneras. Por ejemplo, en cómo hablamos de las víctimas. Cuando el discurso gubernamental habla del combate al crimen organizado como de una guerra, eso determina una serie de reflejos institucionales y una cierta manera de relacionarse con la población civil. Si tú o yo utilizamos la palabra guerra, tiene consecuencias muy distintas a cuando esa palabra es utilizada por el jefe de las fuerzas armadas.

¿Por qué?
-Porque implica una manera en la que se entiende el modo de gobernar. Cuando tú hablas de guerra, implica estar hablando de las víctimas como bajas colaterales, lo que es una deshumanización de las víctimas. Por el lado del crimen organizado también hay toda una serie de palabras que se han ido incorporando a nuestro léxico. Y en la manera en que las incorporamos estamos nosotros des-sensibilizándonos frente a esto. Cuando ya no hablamos de que alguien ha sido secuestrado, sino que ha sido “levantado” -palabra que se utiliza para cuando se secuestra a alguien para luego asesinarlo-, uno está adoptando la perspectiva de los criminales. Hay una serie de palabras con las que se describen las maneras toscas en las que las personas son asesinadas.

¿Por ejemplo?
-Cuando son “empozolados”, que es cuando sus cadáveres son disueltos en ácido; cuando son “ensabanados”, que es cuando se les encuentra envueltos en sábanas. Todas estas palabras son pequeños rastros de una sensibilidad que está siendo conducida, a veces por el gobierno, a veces por el léxico del crimen organizado, a veces por la prensa amarillista.

¿Cómo entra este léxico en los medios de comunicación, en el espacio público?
-Por un lado creo que buena parte de este léxico ha sido adoptado de manera un tanto crítica y hay cierta resistencia en algunos espacios de la prensa al decir que no se puede estar reproduciendo las versiones que da el crimen organizado sobre lo que está sucediendo, porque se le está dando una posición de interlocutor a la cual no tiene derecho en los mismos términos en que los actores políticos legítimos lo tienen. Pero por otro lado, lo que hace la prensa es también un reflejo de la percepción que tiene la población sobre la pertinencia de este léxico.

Es decir…
-Es decir, entre los eufemismos que utiliza el discurso gubernamental para hablar de esto, y las palabras terriblemente brutales que utiliza el crimen organizado, frecuentemente una parte de la población opta por adoptar las palabras del crimen organizado. Entonces los medios también están percibiendo la manera en que esto empieza a infiltrarse dentro del lenguaje cotidiano.

UNA MONUMENTAL ESTUPIDEZ
¿Cómo ves la manera de actuar del gobierno mexicano respecto al crimen organizado?

-Ha sido totalmente irresponsable. El gobierno frecuentemente se queja de que quien critique su accionar está en los hechos volviéndose cómplice del crimen organizado.

¿En serio?
-Sí. Y eso me parece una fórmula muy tramposa, porque nadie dice que los criminales no deban ser perseguidos. La crítica estriba en que toda esta guerra fue comenzada sin planeación, sin tener un trabajo de inteligencia serio, sin consensuar sus mecanismos con otros sectores de la población. El gobierno se ha sumado a una de las acciones globales más estúpidas de las últimas décadas, que es la guerra contra las drogas. La guerra contra las drogas, para utilizar la forma en que fue denominada en Estados Unidos, comenzó formalmente en la época de Nixon, pero verdaderamente como una política de gobierno con muchísimos medios, con muchísimos recursos, empezó con Reagan.

¿Y?
-A partir de entonces ni ha descendido el consumo de drogas, ni la violencia originada por el negocio del narcotráfico, ni la cantidad de recursos involucrados aquí. Todos esos indicadores han aumentado y ha aumentado también la cantidad de víctimas. Cuando tú decides que este es uno de los problemas fundamentales del país y que hay que hacer algo al respecto, ¿cómo es que tomas la decisión de sumarte a una estrategia que a todas luces ha sido fallida? Es o una monumental estupidez o simplemente es que tú estás sumándote a esta estrategia, a sabiendas de que no va a funcionar, y te estás sumando por otras razones.

¿Cuáles serían esas otras razones?
-Buscar un enemigo que te puede servir para legitimar las razones por las cuales Calderón empezó todo esto, de una manera análoga a lo que hizo Bush con el tema del terrorismo, que fue elegir un enemigo impreciso, pero que te permite convocar a la unidad nacional. Además, como es un enemigo impreciso con el cual tú no vas nunca a definir las condiciones de su derrota, permite que esta guerra sea una guerra en la cual tú solo defines los términos y su duración. El crimen organizado debe ser combatido, pero de una manera distinta.

¿Cómo?
-Todo el asunto de las drogas, creo, debe ser concebido no sólo como un asunto policiaco, sino como un asunto de salud pública y cultural mucho más complejo. Las drogas no son un accidente, son parte central de nuestro modo de vida. Tomamos drogas todo el tiempo, lo que pasa es que esta guerra está dirigida a unas cuantas de ellas, mientras que hay otras muchísimas drogas producidas por estos carteles legales transnacionales que son las compañías farmacéuticas.
Parece ser que los gobiernos toman este enemigo indescriptible, se aprovechan un poco y generan un miedo en la población.

¿Cómo se vive eso en México?
-El gobierno mexicano insiste en que lo que hay no es tanto un problema real sino un problema de percepción. Me parece que no se dan cuenta que al decir eso se están dando un tiro en el pie. Cuando tú como gobierno lo que estás generando es que la población viva con miedo, ahí hay un problema muy serio, un problema que tiene que ver con cómo la gente percibe su calidad de vida diariamente.

A ver…
-En México la cifra de asesinatos resueltos por las autoridades siempre es menor al 10%. El 90% de los asesinatos quedan sin investigar. No es que tengamos un sistema judicial deficiente, sino que no existe. Es una fachada para legitimar algo más. Cuando tú no tienes un sistema judicial que proteja tu integridad, tus propiedades, tu familia, vives en un estado de zozobra permanente. ¿Cuál es la reacción, la solución que se puede dar a esto? Militarizar. Estás viviendo bajo dos opciones. Por un lado tienes la opción del crimen organizado ante la cual se han rendido algunas zonas del país, y por otro lado te acostumbras a vivir en un régimen militar. Eso evidentemente contradice cualquier idea de cómo debiese ser un país democrático.

¿Existe una cierta mitología en torno al narco?
-Se da de dos maneras. Una tiene que ver estrictamente con una fetichización del narcotraficante, esta especie de hombre poderoso con esta aura de invencibilidad, que tiene que ver con la cantidad de recursos que tiene, con la impunidad con la que procede dentro de la sociedad. Pero hay otra parte que no tiene que ver sólo con la cantidad de violencia que ejercen impunemente, sino con los espacios que llenan a los que han sido abandonados tanto por los empresarios como por el Estado y otros grupos de la sociedad.

¿Cómo?
-De lo que estoy hablando es de que hay una cantidad de jóvenes, los “ninis” -esa palabra se originó en Chile, yo la escuché aquí cuando vine en 1997-, porque ni estudian ni trabajan. Es una palabra que se está utilizando últimamente en México. O sea, tienes una gran población que no tiene acceso a la educación ni al empleo, y de repente llegan estos otros grupos que ofrecen opciones, salidas económicas. Y también salidas simbólicas: están ofreciéndote ser alguien dentro de la sociedad. Cuando tú vives en un lugar como Ciudad de Juárez y puedes conseguir empleo en una maquinadora trabajando catorce horas al día por un sueldo miserable, y llega alguien y te ofrece pagarte lo que tú ganarías en un mes por estar parado en una esquina viendo quién viene, tú tienes ahí un desequilibrio entre lo que las opciones legítimas te dan y las opciones subterráneas te están ofreciendo.

LITERATURA MEXICANA
¿Cuál crees que ha sido el rol de la literatura mexicana en el tema de la violencia y el narco?

-La literatura funciona a una escala temporal o a unos plazos distintos que el periodismo y el ejercicio de los discursos gubernamentales. Hay una crítica muy cómoda que tiene que ver con qué es lo que se supone que las distintas expresiones artísticas hacen sobre los que tienen acceso a ellas. Lo más frecuente tiene que ver con la música. Se trata de atribuir a la gente que escribe corridos, específicamente que tratan sobre el narcotráfico, la responsabilidad de que muchos jóvenes se inclinen por la vida criminal. Eso me parece una estupidez. Uno de los peores criminales de los últimos tiempos es George Bush y no se hizo criminal por haber escuchado gangsta rap, sino por el tipo de amigos que tenía, por el tipo de gente con que se asociaba y por la clase de recursos que tenía para proceder impunemente. Uno no escucha un narcocorrido y de inmediato se va a comprar una AK47. Hay una crítica similar que se suele hacer a la literatura, no exactamente en los mismos términos, pero sí pretendiendo que la literatura romantiza la experiencia criminal.

¿Y no?
-Yo no creo que deba hablarse de una literatura del narcotráfico tan fácilmente, porque la literatura es algo muy complejo, y el hecho de que el narcotráfico esté presente en distintas obras responde a que está presente en la realidad a partir de la cual estamos escribiendo. La literatura, como todas las artes, no está para hacer feliz a nadie, ni para acompañar los discursos gubernamentales, ni para promover los buenos valores, sino justamente para mostrar la complejidad de la vida social. Creo que sería un error que se convirtiera en una réplica del discurso vanagloriador de los criminales. El mejor arte justamente es bueno porque no se rinde ante alguno de estos argumentos de las discusiones, sino porque registra las distintas emociones que existen respecto de algo, las distintas ideas, y crea un objeto distinto a los que circulan dentro de la esfera pública.

Dices que Bush es uno de los más grandes criminales. En otras entrevistas dijiste que la clase política se ha criminalizado. ¿A qué te refieres?
-Cuando tienes instituciones judiciales que no resuelven nada, lo que tienes que concluir ahí es que la impunidad no es un defecto, sino una norma, un sistema administrado racionalmente. Las instituciones no están enfrentándose al crimen, sino que lo están administrando. Cuando optas por una estrategia que a lo largo del tiempo ha fallado -porque tienes décadas de experiencia para saber que no funciona- estás tomando una decisión que evidentemente sólo beneficia al crimen y la violencia. Cuando uno habla de la clase política también tiene que hablar de la clase empresarial. El año pasado se firmó un convenio con el cual se acordó una serie de multas que ponía el gobierno de Estados Unidos a los bancos más grandes por lavar cientos de millones del narcotráfico mexicano. Pero el narcotráfico es un negocio de miles y millones de dólares. Esa clase de dinero no se esconde bajo el colchón. Esta clase de flujos de capital suceden con la complicidad de las grandes instituciones financieras y de los gobiernos. El narcotráfico, el crimen organizado, no es un negocio clandestino.

Entonces, el narcotráfico se ha institucionalizado
-Sí, o está en vías de institucionalizarse. En este momento estamos viviendo el doble discurso, esta aparente esquizofrenia en la cual hay una guerra brutal y por otro lado se toman una serie de medidas que benefician la prosperidad del negocio. Lo que importan son las estructuras que encabezan el negocio del cual son parte los individuos. A veces nos transmiten la idea de que si atraparan a estos diez o veinte capos, el mundo debería ser un lugar pacífico y armonioso, cuando en realidad esto es parte de ciertas dinámicas económicas, de una cultura en la cual las drogas son omnipresentes. Si algo ha demostrado el consumidor estadounidense es que van a hacer lo que sea por tener sus drogas.