El rap de Wagner y la sofisticación


Este 22 de mayo se cumplieron 199 años del nacimiento del compositor y director romántico alemán Richard Wagner. Leipzig, la ciudad que lo vio nacer (la misma que vio morir a Bach) alista –mediante su Ópera, coordinadamente con el Festival de Bayreuth y su directora, la bisnieta del músico, Katharina Wagner– los preparativos, una especie de precalentamiento de lo que será la celebración en grande, la de los bombos y platillos, la del bicentenario el próximo 2013.

Dicen de Wagner que, adelantado a su tiempo, concibió al cine sin la tecnología del cine, que inventó los leitmotivs, que sepultó la tonalidad, que con él se acabo la ópera y que sus obras abrieron un nuevo género conocido como drama wagneriano, o que sus talentos rebasaron con creces el terreno musical y se colaron en campos literarios y filosóficos. Fue un compositor complejo y sofisticado, qué duda cabe. Sin embargo hay quienes –con malicia– atribuyen su mayor talento a su manejo político, al influjo que ejerció sobre el ABC 1 del siglo XIX para que creyera a pie juntillas en sus mega ideas y, de paso, las financiaran. El joven rey Luis II de Baviera es el ejemplo vivo de esto, dicen. Él se hizo cargo de la representación de buena parte de sus gigantescas óperas (Tristán e Isolda, El anillo del Nibelungo, Los maestros cantores de Núremberg) y pagó las deudas que acogotaron al compositor. Dicho de otro modo, la sofisticación creativa de Wagner radicaría en su capacidad de embrujar a esta elite para que permaneciera incólume mientras se presentaban sus dramáticas, intensísimas y eternas óperas, hasta que después de 3, 4, 5 y hasta 6 horas los asistentes explotaban en llantos y aplausos. Y como contraparte, esa elite tenía la suficiente sofisticación para dejarse embrujar por Wagner: para detectar que con el arte wagneriano se trataba de algo importante, un arte extremadamente sofisticado.

En Chile la cosa es diferente. El lingüista Noam Chomsky elaboró un texto en el que enumera 10 técnicas de manipulación mediática que ejerce la elite; una de ellas, la Nº 8, resuena particularmente por estos lares, aunque acá parece ser más una convicción que una técnica: “Estimulan al público a ser complaciente con la mediocridad, promoviéndolo a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto”. El mundo de las galerías ABC 1 o centros culturales son una buena prueba. En sus dichos sobre sofisticación y estratos sociales, al arquitecto Cristián Boza esto se le fue. En el Chile de hoy, el ABC 1 es tanto o más inculto y poco sofisticado que el C2 y el C3. El Costanera Center, la estética de las casas de La Dehesa, la horrible facultad tipo supermercado que el mismo Boza chantó en la entrada de Bellavista, la fascinación por las 4×4, la presión que ejercen sobre sus hijos para que estudien unas carreras que les sirvan para ser gerentes de una isapre o una empresa de pollos dan cuenta -en parte- de esta falta completa de sofisticación, aunque presuman de lo contrario y crean o digan, por ejemplo, que el rap es una cosa y Wagner, otra. Mientras tanto, Katharina Wagner, junto al equipo del Festival de Bayreuth, quieren acercar al compositor a las nuevas generaciones, para lo cual convocaron a la invención de un rap que contenga el drama wagneriano.

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