El Poetiso Caldera y el Pickle Quiroga son personajes de una novelita rasca que escribí el año pasado (me refiero a La Hediondez) y que siguen haciendo de las suyas fuera del relato. En términos teóricos podríamos decir la que conditio posmoderna le asignó a lo real cotidiano un estatuto textual. En este contexto epistemológico estos personajes adquieren una fascinante autonomía que podría constituir una continuación de la novela o al menos una apostilla. Quizás el autor, como en la nivola de Unamuno Niebla, decida matarlos como personajes. Difícil, porque al narrador a contrata le resulta fascinante contar con estos Bouvard y Pécuchet de la política. Se trata de dos tributarios de la vieja política, brutalmente torpes e ignorantes, como deben ser los postulantes a operadores políticos, mediocres y corruptos, sin escrúpulos y abusadores, como corresponde, pero brutalmente útiles para la política conspirativa. Ambos han optado por ocupar la estrategia cultural para lograr sus objetivos políticos, lo que los hace particularmente patéticos.

Los hechos: resulta que hace unos días se constituyó la corporación cultural que deberá administrar el Centro Cultural San Antonio (CCSA) y estos malditos presentaron sus organizaciones truchas para participar del directorio. Imagínese, querido lector, una especie de asamblea municipal, plagada de funcionarios y clientes del municipio, además de los empresarios poderosos del puerto, que deben blanquear imagen. Obviamente hubo acarreo de vejestorio para controlar la situación, la huevá fue tan ordinaria que la gente votó a mano alzada en un desorden patagüino y carnavalesco, en un contexto de seudo solemnidad que a cada rato se caía a pedazos. Al final el directorio de la cagá de corporación quedó a cargo del gerente del puerto y otros empresarios y de unas organizaciones de fachada que dirigen el Pickle y el Poetiso. Estos, además, en su ansiedad por obtener recursos participan de una fundación que arma Codelco para legitimar la instalación de estanques de ácido sulfúrico en medio de la ciudad.

Su característica principal, a nivel conductual, es la abyección. Son dos héroes que después de pasar por el filtro narrativo se autorizaron y decidieron actuar con autonomía, asumieron sin vergüenza ni escrúpulo alguno su voluntad de maldad, determinada por la ambición de poder, que no es otra cosa que la de instalarse en una superestructura y así mirarse en el espejo de la comunidad, es decir, ser funcionarios. Nada más tierno e ingenuo. La escritora Alejandra Costamagna me comentaba en una oportunidad que cuando el Poetiso la invitó a la Peor Feria del Libro que ellos realizan, se identificó como personaje de la novela La Hediondez, para mejor ser reconocido. Es probable que después de ser consignados y promovidos por la ficción, hayan asumido su rol pervertido con cierto placer. Alguna vez mi contador me advirtió que así como según Goya el sueño de la razón produce monstruos, las construcciones de la ficción producen criminales.

El mismo Poetiso es candidato a concejal por la perra Concertación y el Pickle Quiroga dice ser defensor del medio ambiente. Ambos están comprometidos con las peores prácticas de la política, de esas que denunciara cínicamente el precandidato Velasco.

Fue divertido verlos en esa ceremonia ridícula haciendo movidas de malulos para salir “gananciosos” de un acto ilegítimo. Era entretenido ver cómo se movían histéricas por todo el salón, cuchicheando y haciendo lobby con los cuequeros y con unas viejas amalditadas, entre las que estaba la Chabuca Blanda. Se cuenta que los culiados terminaron festejando en el Venus su incorporación a dicha institución, con la que engrosan su curriculum: además de apropiarse de la Biblioteca, ahora se instalan en el CCSA que queda al frente de la tía Adelina, un puterío clásico del barrio. Estamos todos contentos, porque la novela continúa. No se pierda los próximos capítulos.