Hagámosla corta. Si lo que constata la encuesta CEP es verdad, tendría que suceder algo muy inesperado para que Michelle Bachelet no vuelva a la presidencia. Los entrevistados lo dejaron en claro, y también su mayoritario desprecio por la Concertación. ¿En qué gobierno estará pensando la ungida, allá en Nueva York? La Michelle no es amiga ni regalona de la vieja aristocracia concertacionista. Esos están desesperados, porque desconocen lo que pretende esta señora. Especulan, mueven sus naipes y hacen planes, pero no tienen el sartén por el mango. Ella permanece en el más absoluto misterio incluso con quiénes habla. Todos repiten que su hombre de confianza es Rodrigo Peñailillo, y hasta ahí no más llega la historia. Lo demás es cuento. Su reto no es menor. Así como a las estrellas de rock, la multitud que los aclama desde lejos, es la misma que los destroza a tironeos cuando los tiene cerca. ¿Le darán ganas de volver a las pistas?

En la práctica, la pregunta perdió su interés. Se le acabó el plazo para decir que no. Sabe que no puede volver con el mismo equipo de antes, ni tampoco prescindir enteramente de él. ¿Se prestará, por ejemplo, para una foto de campaña con el ex alcalde Pinto? ¿La rodearán, a la hora de la proclamación, esos políticos que quienes la admiran no pueden ver ni en pinturas? Su figura encarna esperanzas paradójicas: de una parte el restablecimiento de cierto orden perdido, y por otra darle curso a las demandas liberadas. Deberá convencer a los empresarios que la apoyen de que hay cambios imprescindibles para garantizar la estabilidad, y a los que reclaman furiosos, de que nada bueno se consigue de golpe y porrazo. Si no se rodea de caras diferentes, le recordarán todo el tiempo su responsabilidad en las deudas acumuladas. En esta pasada, su mirada debiera inclinarse a sus hijos, más que a su padre asesinado.

El primer mandato lo terminó con un Museo de la Memoria, este segundo tendría que arrancar con los bocetos para una casa nueva. Hasta el presidente de la DC habla hoy de Asamblea Constituyente, y aunque nadie sepa explicar bien qué se entiende por eso, somos muchos lo que creemos que ya es hora de un nuevo acuerdo social. El actual gobierno no sólo tiene un bajo nivel de apoyo, sino que carga con un inmenso sentimiento de desconfianza. Últimamente han campeado las mentiras, el falseo de cifras, la triquiñuela miserable para mejorar la nota. Bachelet representa para muchos la recuperación de la confianza. Están proyectados en ella un montón de deseos dispersos. Es curioso el fenómeno, porque en el fondo, estamos ante una candidata imaginaria. Esta última encuesta terminó de consagrarla. Es como si ya fuera presidenta electa, antes de conocerse su plan de gobierno. Es raro el fenómeno, pero tiene aspectos interesantes. El capítulo que comienza se llama “La Conquista de Bachelet”. Ella es coqueta. Bailará con todos. Falta ver con quién se casa.