El guardián de las ruinas

Vive en las bodegas de una fábrica abandonada al lado de La Legua. Choro, ha pasado por la cárcel, la calle y la droga. Ahora sólo lo acompañan una manada de perros y una decena de gatos.



Fotos: Alejandro Olivares

Juan se para justo al medio de la fábrica abandonada que es su casa y su responsabilidad, mira alrededor: para un lado la cordillera, para el otro Santa Rosa y la ferretería San Joaquín; se golpea el pecho y dice: Yo debería poner un cartel afuera, que dijera ‘No se aceptan angustiados ni putas. Adentro hay un hueón brígido’.

Lo dice bien en serio. “Yo tengo mi ficha en el pecho bien ganada, por eso camino con la frente en alto por donde sea. Todos saben quién soy”. Habla con la convicción del que hace bien su pega. En este caso, de alguien que ha logrado que durante los cinco años que lleva viviendo en las ruinas ha impedido que éstas se conviertan en el antro de drogadictos, vagabundos y borrachos, que parecen condenadas a ser en una ciudad como Santiago.
Este es su castillo. Grayskull lo bautizó, como la fortaleza calavera de He-Man. Y tiene un aire. Es una inmensa construcción a medio demoler en la esquina de Santa Rosa con Carlos Valdovinos, cerca de la municipalidad de San Joaquín; a un par de kilómetros de La Legua y al lado de la bencinera abandonada en que una patrulla de detectives baleó a un auto de Carabineros hace unos meses. Antes que Juan llegara a la fábrica, murieron allí tres personas: uno que se colgó, otro que apuñalaron, y otro que cayó de cabeza desde varios metros de altura mientras intentaba sacar las cañerías que quedaron abandonadas cuando la bodega ferretera que existía quebró. “Ese estuvo como tres días tirado, con la cabeza reventada”, amplía Juan.

Tres muertos en la fábrica que Juan vigila de noche. A él los muertos no le dan miedo, pero los vivos tampoco. “Cuando se mete un hijo de la perra lo saco a palos. Lo quiebro. ¡Cómo han salido arrancando de acá! ¡Si parecen saltamontes, todos quebrados a palos! Es impresionante verlos saltar el muro como si fueran medallistas olímpicos!”. Y sonríe, orgulloso. Y se pone serio otra vez: “no tengo compasión, tengo un problema sicológico, me enceguezco y si hay algo que me fascina es el sonido de un palo quebrando huesos. Yo les pego hasta que el palo queda caliente”.

Tras la dureza de Juan hay una historia que empezó hace 27 años. En ese tiempo, él sólo tenía un perro y no los casi veinte que ahora lo acompañan (aparte de la decena de gatos). Tampoco vivía en el castillo de Greyskull, sino en La Legua junto a su madre, sus hermanos y un tío carabinero, que perdió sus piernas por gangrena y al que los mismos carabineros regalaron un perro policial. El perro le destrozó la cara a Juan un día que él fue a comprar carne molida. Se la molió. Dos años al hospital.

De eso le quedó un tic nervioso. Juan es tartamudo. Metralleta con hipo, le decían sus compañeros en el colegio. Por eso se puso violento. “Me metí a boxear, y los masacraba”. Pasó por 15 colegios. Le recetaron remedios y los usó como drogas. Jalaba chicota. Se metió en la pasta base. Comenzó a delinquir.

Juan recorre el castillo, que es un laberinto. Entre pasillos, murallas caídas y otras con hoyos se conforman veintitantos ambientes dentro de la fábrica. Todos tapados en basura y escombros. Pero nada de botellas ni papelillos ni rastros de carrete. Ni ratones: los perros, los gatos, y algunas trampas los mantienen a raya aunque Juan cuenta que a veces salen unos más grandes que los perros.

Él enumera sus caídas a la cárcel, que en total acumulan poco menos de la mitad de su vida. Primero por un robo con sorpresa. Unos ray-ban. Le sumaron un montón de hurtos y estuvo tres años en la cárcel de San Miguel. Salió y se dedicó a robar autos, mercedes y BMW, principalmente. Con un amigo, los vendían a tres millones y él siempre le dejaba su mitad a su madre. Se quedaba lo suficiente para andar tapizado en Nike y volarse.

Un mal día dos traficantes en un auto lo confundieron con el Perro Juan. Él se equivocó, también. “Yo soy el Negro Juan, pero me confundí, estaba en volá de pasta, y levanté la cabeza, sacaron fierros y yo saqué los míos, era picao a choro, tenía dos 9 milímetros. Y se los descargué a los hijos de la perra”. Mató a los dos y se robó el auto. Lo pillaron los pacos. El auto tenía cinco kilos de pasta. Hizo diez años en la Penitenciaría.

“Al final les hice un favor a los hueones, saqué 5 kilos de las calles,” se queja él. Pasó los diez años volándose, viendo caricaturas, Tom y Jerry y el Conde Pátula, de preferencia, y tomando chicha casera a base de cáscaras de verdura, arroz, y agua.

Cuando salió de la cárcel se metió a trabajar en una desabolladuría, gracias a un amigo. Pero cuando a su amigo lo echaron, llegó otro jefe. Y echaron a Juan. “Por mis lindos y hermosos papeles me cagaron”. Para ese entonces, el campamento dónde vivía en el Paradero Uno de Santa Rosa fue echado abajo y Juan quedó en la calle. Entrando y saliendo de la cárcel por robos. La última vez le tocó pasar el terremoto adentro. “Se movía como una serpiente,” recuerda.

Entremedio, se le murieron dos hermanos y su padre; encontró a Dios; tuvo dos hijas y a su señora, Ely, le vino un cáncer al útero y se tuvo que ir al norte junto a su familia, donde aprovechó de rehabilitarse del alcoholismo, que la tenía con menos carne que la escoba, como le decía Juan. Eso lo quiebra. Y llora, a veces noches enteras. Por el frío, también. Y por las dos rodillas que tiene trizadas de un antiguo robo que salió mal y que sabe que tarde o temprano lo dejarán inválido. También llora cuando se le muere uno de sus adorados perros y gatos o cuando piensa en sus dos hijas y reza para que le salga el subsidio para una casa donde pueda poner su propio taller de desabolladuría. “Lo único que quiero es que tengan un futuro, me importa un pico que quieran ser doctoras o pacas, pero que ojalá nunca me critiquen porque fui ladrón o porque viví en la calle.

Todos los días me levanto a las 6 a hacerme las lucas vendiendo fierros o cañerías, que es lo que más me gusta, para llevarles todo lo que necesitan, además en la feria me regalan yogures y verduras, y así me doy vuelta”. Las niñas viven con la madre de Juan. Y no saben que su mamá está enferma y lejos. Eso lo derrumba a Juan. Eso, y saber que su castillo también está a punto de caerse, porque los dueños de la fábrica ya le avisaron que en poco más de un mes van a empezar a demolerlo. Van a construir edificios, cree Juan. Él jamás viviría en un departamento, no podría dejar botados a sus perros, dice mientras comparte un churrasco mayo con ellos.

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