La inesperada (e íntima) relación entre William S. Burroughs y la cienciología

Acaso inesperadamente, el legendario William S. Burroughs mantuvo una relación notablemente intensa con la cienciología, cuando esta todavía formaba parte de la corriente contracultural de los 60 y 70.



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En nuestra época la cienciología —esa polémica religión o secta que para muchos es un engaño o un negocio (o ambos)— se asocia sobre todo a nombres poco inspiradores como Tom Cruise o John Travolta, lo cierto es que entre sus integrantes hay otros personajes que gozan de mucha más estima por la calidad de su obra.

Uno de ellos es el legendario William S. Burroughs, el patriarca de la generación beat ampliamente celebrado y reconocido por su alcance intelectual expresado en novelas, poemas y ensayos que significaron uno de los momentos más importante en la historia de la literatura.

La relación entre Burroughs y la cienciología comienza en 1959, cuando el escritor se encontraba en Tánger, en compañía de su amigo y colaborador Brion Gysin, quien tenía un restaurante en dicha ciudad marroquí. Ahí Burroughs conoció a John y Mary Cooke, una pareja hippie —pero acaudalada— interesada en el misticismo, tan vivamente que al escritor le parecieron “hologramas”, como “si los estuviera viendo en otro medio”.

Los Cooke ya eran para la época fervientes cienciólogos, sin importar lo incipiente de su condición: John fue el primero en recibir el título de “Claro” [Clear] dentro de la agrupación e incluso parece que estuvo ligado con la fundación de la misma. En Marruecos John estaba empeñado en convertir a Gysin a la cienciología, pero inesperadamente fue el visitante ocasional, Burroughs quien terminó explorando la posibilidades de esta iglesia (al grado de que también fue nombrado “Claro” y estuvo a punto de convertirse en “Thetán Operante” [Operating Thetan].

Sin embargo, contrario a lo que podría pensarse o a lo usual en cierto temperamento de escritores —en quienes, a veces, un comportamiento extravagante se justifica como inquietud intelectual que después se convierte en materia prima de su obra—, en el autor de The Naked Luch la incorporación a la cienciología fue un asunto que abordó con suma seriedad, con algo que sin rubor podría denominarse verdadero compromiso espiritual.

En una carta de 1959 a Allen Ginsberg, Burroughs dejó entrever que el método de la cienciología le ayudaría, “sin hipnosis ni drogas”, a resistir el control social y borrar las imágenes negativas que él llamaba “enagramas”: “simplemente lleva la cinta atrás y adelante hasta que el trauma se borra”. En la obra de esta época, la cienciología se refleja sobre todo en las películas que filmó junto con Brion Gysin, entre los 60 y los 70. Véase, por ejemplo, Towers Open Fire, una cinta sin estructura evidente, una “pistola de orgasmos”, un niño en ropa interior, una Máquina de Sueños, un disparo a un hombre masturbándose y demás escenas que, según el biógrafo de Gysin, integran una especie de panfleto de la cienciología.

De acuerdo con su propio amigo, Burroughs fue quizá el primer adepto que hizo más por la iglesia que esta por él, en especial porque la pertenencia del escritor a esta moderna fe no fue en modo alguno cínica y, por el contrario, puede entenderse como una amalgama clara entre la voluntad contracultural del escritor y el contexto y los propósitos originalmente planteados de la cienciología.

Sin duda no es fácil juzgar esta arista biográfica de Burroughs, y quizá no tendríamos por qué hacerlo. En su tiempo Conan Doyle, junto con otros prestigiosos intelectuales, se vio seducido por el espiritismo y la labor de los médiums, doctrina que como la cienciología fue ampliamente rebatida y condenada. Un ejemplo de otros que podrían agregarse a una imaginaria lista de deslices intelectualmente espirituales.

Y quizá, en el fondo, ese sea el conflicto: que culturalmente estamos acostumbrados a considerar al escritor como un ser, si no infalible, sí incapaz de esos traspiés que lo precipiten del altar en el que lo tenemos. Pero la verdad es que, citando el célebre título de Nietzsche, el escritor es, también, humano, demasiado humano, como cualquiera de nosotros, y con todo lo que ello implica.

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